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Opinión / La parrilla de España
Hoy: Carmen Franco

La hija del dictador

Fecha: 08/01/2018 por Ramón de España • Ilustración de Carlos Rodríguez Casado

En el momento de su fallecimiento, Carmencita ostentaba la presidencia honorífica de la Fundación Francisco Franco, peculiar asociación de fans del Caudillo que, en otro país, estaría prohibida, pero que en el nuestro recibe hasta subvenciones.

Mis padres eran muy fans de Franco. Nunca he descartado la posibilidad de que lo quisieran más que a mí, pero tampoco se lo voy a echar en cara ahora, cuando ambos llevan varios años criando malvas. Lo consideraban un hombre providencial que había salvado a España del comunismo y siempre se referían a él, en tono reverencial, como el Caudillo y el Generalísimo. Recuerdo un desfile al que me llevó mi progenitor, en el que cuando el Líder Máximo pasó ante donde estábamos –rodeados de barceloneses obligados a tragárselo, como sostienen los nacionalistas–, el autor de mis días me dijo: “Míralo bien, hijo mío, que tardarás mucho en volver a ver a un hombre como éste”. Podría haberle respondido: “Eso espero”, pero era pequeño, no había desarrollado mi sentido del humor y, sobre todo, me habría llevado un sopapo de los que nunca se olvidan.

Si Franco era el Caudillo o el Generalísimo, su esposa era doña Carmen, y no la Collares, como se la conocía en las casas de los rojos, masones y separatistas por su afición al brilli-brilli. Su hija era Carmencita, aunque en la intimidad familiar uniera a ese apelativo los de Nenuca, Carmelilla, Cotota y Morita. Pasaban los años y Carmencita seguía siendo Carmencita, aunque cada día estuviese más mayor. Era como si, para los adeptos al régimen, se hubiese quedado congelada en aquella filmación, involuntariamente cómica, en la que se la ve deseando lo mejor a los niños del mundo junto a su madre y bajo la atenta mirada de su padre, que mima sus palabras con los labios como si, de repente, hubiese decidido ejercer de apuntador o de ventrílocuo. Carmencita (Oviedo, 1926 – Madrid, 2017) siguió siendo Carmencita hasta cuando se casó con Cristóbal Martínez-Bordiú, marqués de Villaverde y cirujano, en 1950. Y siguió siéndolo toda su vida, que consistió, básicamente, en encajar estoicamente las infidelidades del señor marqués, vivir de rentas, formar parte de algunos consejos de administración y tener siete hijos.

Los españoles se adhirieron al franquismo, o lo soportaron, durante más de tres décadas, convenientemente sobornados por el trabajo fijo, el Seat 600 y el apartamento en la playa. En general no puede decirse que nos matáramos para alcanzar la democracia, pero, eso sí, nos dedicábamos a hacer chistes a costa del régimen. Cuando la boda de Carmencita, corrieron por Madrid unas coplillas sarcásticas y anónimas (¡a ver quién se atrevía a firmarlas!) que decían así: “La niña quería un marido, la mamá quería un marqués, el marqués quería dinero, ¡ya están contentos los tres!” Parece que la Collares se pirraba por la aristocracia, como volvió a demostrar años después casando a su nieta Carmen con Alfonso de Borbón, al que muchos franquistas preferían como rey al que acabaría siendo Juan Carlos I. Yo creo que doña Carmen también acariciaba esa posibilidad, pues así vería a su niña de reina de España y ella podría ejercer como de reina madre a la británica, pero sin la botella de Beefeater asomando del bolso. Lamentablemente, la cosa no salió muy bien: Carmen se divorció de don Alfonso en 1982, éste falleció unos años después y la niña inició una vida que a sus abuelos debió de parecerles un pelín promiscua (se casó con un anticuario francés, y luego con un sujeto con cara de gañán cuyo nombre he olvidado, dedicándose además a ejercer de celebrity en programas de televisión de baja estofa). Los demás nietos tampoco proporcionaron muchas alegrías: María del Mar, alias Merry, una chica muy atractiva, con pinta de hippy californiana y permanente expresión de estupor ante la familia que le había tocado, se casó con Jimmy Giménez Arnau, se divorció, se fue a Estados Unidos, se casó con un gringo, se volvió a divorciar y no se deja ver o fotografiar ni que la maten; Cristóbal se metió en el ejército, llegó a teniente y se salió (su madre y su abuela, desplazadas a Zaragoza para su graduación, tuvieron que ser evacuadas en 1979 del hotel Corona de Aragón por culpa de un incendio); Francis se dedicó a los negocios y a mantener el patrimonio familiar –de unos 500 millones de euros, como se dijo tras la muerte de Carmencita, lo cual pone en duda la legendaria austeridad del Caudillo–, sin dar muchos problemas; a Jaime le gustaban las drogas, protagonizó algunas broncas espectaculares y se casó con la guapísima presentadora Jose Toledo, de la que acabaría divorciándose; poco se sabe de Mariola y Arantxa, aparte de que ambas tienen marido, hijos y un trabajo y que mantienen un perfil bajo.

¿Cómo debía ser la experiencia de ser la hija de Franco? Los historiadores Jesús Palacios y Stanley Payne intentaron averiguarlo en su libro Franco, mi padre, aunque no lo consiguieron del todo. Yo me imagino a esa niña que duerme apaciblemente mientras papá, en su despacho iluminado por la mítica lucecita del Pardo, firma unas sentencias de muerte antes de irse a la cama. Dicen que el dictador la quería con locura, aunque cuesta imaginar a Franco poseído por nada mínimamente parecido al entusiasmo. Un hombre cuya idea de una velada perfecta consistía en zamparse un bocadillo de sobrasada ante el televisor no parece el tipo más divertido y chispeante del mundo. De hecho, su gran logro fue imponer su visión gris y deprimente de la existencia a toda una nación. No sé ni por qué se molestaba en invitar a Lola Flores para que le montara juergas flamencas, que el hombre debía soportar con resignación cristiana mientras echaba de menos el bocata y el programa de Franz Joham. No tuvo ni el detalle de concederle a la Faraona el marquesado de Torres Morenas, título nobiliario inventado por la propia Lola, que se quedó con las ganas de ser marquesa toda su vida. ¿Tanto le costaba a ese hombre gris y aburrido hacer feliz a una mujer que tanta alegría había traído al mundo?

En el momento de su fallecimiento, Carmencita ostentaba la presidencia honorífica de la Fundación Francisco Franco, peculiar asociación de fans del Caudillo que, en otro país, estaría prohibida, pero que en el nuestro hasta recibe subvenciones. Entre la derecha y la izquierda, en este bendito país no hay manera de librarse del Caudillo, aunque ya no quede prácticamente nada de su influencia (más allá de los cuatro fachas de rigor y algunos miembros del PP). Es lo malo de ser dictador. Mientras estás vivo, eres el puto amo, pero, en cuanto la diñas, te ponen verde, te quitan las calles que tú mismo pusiste a tu nombre y el de tus compadres y te arrojan al basurero de la historia (de donde te saca de vez en cuando la izquierda más cerril para usarte de espantajo).

La muerte de Carmencita pasó prácticamente desapercibida. Gabriel Rufián emitió un tuit mezquino de los suyos. Las televisiones sacaron cuatro imágenes del entierro. Era como si nadie, aparte de Rufián, tuviese nada que decir. En las escenas televisivas que yo vi, destacaba Pocholo Martínez-Bordiú, sobrino del marqués de Villaverde, y me pareció que ese hombre era un resumen perfecto de lo que queda de aquella larga época en la que mis padres fueron tan felices: sin mochila, con traje, corbata y las greñas habituales, miraba a derecha e izquierda como si buscara el bar más cercano. Pensé que la última imagen del franquismo era un chiste, y me congratulé por ello. 

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