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Opinión / La parrilla de España
Hoy: Nigel Farage

Lo peor de Inglaterra

Fecha: 02/06/2014 Ramón de España / Ilustración: Javier Muñoz

En casi todas las fotografías que se han publicado recientemente de Nigel Farage, líder del Partido para la Independencia del Reino Unido (UKIP, en sus siglas en inglés), el hombre aparece en un pub de los de toda la vida, sonriente y agarrado a una pinta de cerveza que se apresta a deglutir con fruición. ¿Una imagen de lo más normal? No exactamente. Si uno sabe leer entre líneas, verá una clara declaración de intenciones: nuestro hombre está en un pub –o sea, que no está en un restaurante francés ni, mucho menos, en un tandoori– y bebe cerveza –es decir, nada de vino, bebida muy del agrado de los continentales que en Inglaterra, como todo el mundo sabe, solo consumen los maricas–. Lo de entrar en un pub para beberse una birra es algo que solo hacemos sin segunda intención las personas normales como usted y yo.
 

Nigel Farage brilla con luz propia entre la pandilla de fascistas que se acaba de colar en el Parlamento europeo con la malévola intención de llevárselo por delante. David Cameron no ha puesto la cara de espanto de Manuel Valls ante los gloriosos resultados obtenidos por Marine Le Pen, pero le ha faltado poco. Lo del holandés Geert Wilders tampoco ha tenido ninguna gracia, y hasta de Finlandia y Dinamarca ha embarcado hacia Bruselas un cargamento de fachas francamente notable. De hecho, da la impresión de que los únicos europeos que han votado como un solo hombre han sido los partidarios de reventar Europa y convertir su respectivo país en la aldea de Astérix, rodeada de enemigos a los que combatir sin tregua (incluyo ahí a los eurodiputados de Bildu y ERC, aunque digan que son de izquierdas, cosa que ya no se cree casi nadie). Solo cabe confiar en la tradicional enemistad franco-británica para impedir la unión del Front National y el United Kingdom Independence Party, pues como Marine y Nigel se lleven a partir un piñón, vamos a pringar.

A sus cincuenta años (el peso de la patria le hace aparentar diez o quince más), Nigel Farage aspira a la independencia de su país, pues, según él, se encuentra en manos de una pandilla de malévolos burócratas continentales que le hacen la vida imposible a Inglaterra, en general, y a él, en particular. Abandonado a los cinco años por un padre alcohólico dedicado a la Bolsa, nuestro hombre, sin duda necesitado de orden, se apuntó jovencísimo al partido conservador, donde militó hasta 1992, cuando John Major cometió el error –¡o la traición!– de firmar el tratado de Maastricht. En ese momento, Farage –apellido, por cierto, de origen hugonote– se trasladó al UKIP, que hasta entonces era un partido de chichinabo dirigido habitualmente por aristócratas apolillados, y se hizo el amo. Bajo su férula, el UKIP revivió, y lo único que tuvo que hacer Farage fue agitar los espantajos de siempre: la chusma corrupta de Bruselas –que la hay–, la mierda del euro, los parásitos extranjeros que vienen a quitarle el trabajo a los nacionales, los arrogantes continentales que se creen con derecho a decirles a los británicos lo que tienen que hacer… Las chorradas habituales que llevan funcionando desde los años treinta y que tanto sirven para el UKIP y el FN como para los trogloditas de Alba Dorada. La novedad que aporta el señor Farage es que su país no había dado un personaje semejante desde los tiempos del baronet Oswald Mosley (1896-1980), líder fascista exiliado en París tras un breve paso por el trullo en 1940, admirador de Hitler con tropas de asalto incluidas (sus Blasckshirts, Camisas Negras) y objeto de mofa para P. G. Wodehouse, que lo rebautizó como Sir Roderick Spode en algunas de sus novelas, insistiendo machaconamente en que nunca había que fiarse de un baronet.

De todos modos, la principal diferencia entre Mosley y Farage radica en que el primero era un intelectual –chiflado, pero con una mente brillante que, en sus últimos tiempos, le llevó a promover la conversión de Europa en un solo país– y el segundo no parece andar sobrado de luces. Por eso le van mejor las cosas, porque sus simplezas las entiende cualquier borracho de pub convencido de que está en el paro porque su puesto lo ocupa un polaco, mientras que el discurso de Mosley era a veces tan alambicado que su audiencia natural, las bestias pardas de barrio deprimido, se quedaban en la inopia.

El 6 de mayo de 2000, Nigel Farage volaba en un biplaza con la bandera del UKIP al viento cuando el aparato se fue abajo. Nadie le creyó cuando dijo que el piloto había intentado matarlo. Pero cuando este lo volvió a intentar, hubo que rendirse a la evidencia de que así había sido: catalogado de perturbado mental, el piloto fue encerrado en una institución psiquiátrica. Y Farage se colgó la medalla del atentado, sin la que ningún líder providencial puede aspirar a nada.

Aunque detesta a los extranjeros, nuestro líder está casado en segundas nupcias con la alemana Kirsten Mehr, a la que ha convertido en su secretaria personal con un buen sueldo a cargo del erario público. Según él, no hay nadie más capacitado para el puesto, y puede que tenga razón, ya que esa coyuntura le permite ser el primer político que se acuesta con su secretaria sin engañar a su mujer. No he leído sus dos autobiografías, Fighting bull (Toro de pelea, 2010) y Flying free (Volando libre, 2011), pero tampoco he leído Mein Kampf y, ya puestos, creo que debería empezar por el principio. Y además, si me pongo clasista, Nigel Farage me parece un chisgarabís carente del siniestro glamur que distinguía a los Grandes Perturbados de Antaño como Hitler, Mussolini o el propio Mosley, que lucía el bigote mejor recortado de Europa. Solo es un alumno no excesivamente aventajado de Margaret Thatcher, un fascista mediocre vestido en Marks & Spencer, un inglés orgulloso de serlo porque sí, porque fuera hablan unas cosas incomprensibles, un infeliz con mala baba que en vez de irse a Bruselas debería optar por Benidorm, donde siempre hace sol, la pinta de Heineken cuesta un euro y no hay ni que tratarse con los locales, esos infraseres.

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