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Opinión / La parrilla de España
Hoy: Esperanza Aguirre

Me llamo Espe y soy de traca

Fecha: 14/04/2014 Ramón de España / Ilustración: Javier Muñoz
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El calificativo de marquesona suele aplicarse a esas mujeres de una cierta edad –a veces insoportables, a menudo entrañables y casi siempre desesperantes– que van por el mundo como si todos estuviésemos obligados a darles la razón. Su principal seña de identidad es el desinterés absoluto que experimentan por todo lo que no sean ellas mismas. ¿Quién no se ha cruzado jamás con alguna? En la barra de un bar ocupan tres taburetes: uno para su trasero, otro para la chaqueta y un tercero para el bolso. ¡Y pobre de ti como se te ocurra pedirles educadamente que te despejen uno! En la mesa de un restaurante, son de las que al irse se ponen el abrigo lanzándolo al vuelo e introducen grácilmente los brazos en las mangas tras haberse llevado por delante varios vasos, algunos cubiertos y el bisoñé del camarero. A continuación, muy dignas y sin coscarse de nada, echan a andar hacia la salida.
 

Esas mujeres, cuando algo no sale a su completa satisfacción, se muestran muy contrariadas. Lo pudimos comprobar no hace mucho con el entremés cómico protagonizado por Esperanza Aguirre y dos guardias urbanos madrileños que intentaron, ¡pobres desgraciados!, amargarle el día a esta gran mujer por un quítame allá ese aparcamiento chungo. Realmente, hace falta valor para tomarla con Esperanza Aguirre. Dos guardias con más luces, nada más identificarla, se habrían cuadrado, deshecho en sonrisas, pedido disculpas y huido, pies para qué os quiero. Pero a estos dos fenómenos no se les ocurrió nada mejor que cantarle las cuarenta y pedirle la documentación. ¡A ella, que sobrevivió en 2005 a la caída de un helicóptero en la plaza de toros de Móstoles y en 2008 a un ataque terrorista en un hotel de Bombay… (del que salió en chancletas y dejando a la delegación que presidía que se las compusiera como pudiera)! ¿De verdad creían tener alguna posibilidad esos dos infelices? Y además, ¿qué había hecho la señora Aguirre? Pues lo que hace todo español cuando tiene que sacar dinero del cajero automático: aparcar donde le sale del níspero y ponerse borde con el guripa que intenta multarle. Como ya he dicho, las marquesonas se muestran muy contrariadas cuando algo interrumpe lo que ellas consideran el curso natural de los acontecimientos. Y si la marquesona en cuestión viene de familia ilustre, es condesa consorte y ha sido ministra de Educación y Cultura (1996-1999) y presidenta de la Comunidad de Madrid (2003-2012), lo más normal es que envíe al carajo a los guindillas, le tumbe la moto a uno de ellos (¡haberla dejado en otro lado, tío pamplinas!) y se dé el piro. Luego, cuando se le pidan explicaciones, a la marquesona le bastará con decir que apreció cierto machismo en los guardias, mordiéndose la lengua para no añadir: “¡Bastante hice absteniéndome de atropellarlos a ambos!”.

Puede que de haber tenido lugar el incidente en mi ciudad natal, Barcelona, la cosa hubiese acabado de otro modo, pues ya conocemos el peculiar método de los mossos d’esquadra a la hora de calmar a un energúmeno: consiste, básicamente, en tirarlo al suelo, sentársele encima en un número no inferior a ocho agentes y esperar pacientemente a que deponga su actitud, momento que acostumbra a coincidir con su fallecimiento por asfixia o ataque cardiaco. Pongo esta información en conocimiento de la señora Aguirre por si un día se le ocurre recurrir a un cajero automático de mi ciudad tras dejar el coche tirado de cualquier manera. De nada, guapa.

Es posible que rifarse a un par de guardias no sea la mejor manera de llegar a alcaldesa de Madrid, como se han propulsado a sugerir las señoras Cospedal y Sáenz de Santamaría mientras, fuera de cuadro, Ruiz-Gallardón bailaba una jota ante la perspectiva de perder definitivamente de vista a su némesis, pero yo de ellos no echaría aún las campanas al vuelo. Esperanza es mucha Esperanza. Y además, con el partido lleno de corruptos, de aburridos, de zoquetes incapaces de hacer la o con un canuto, de sicofantes y de trepas, dudo mucho que se pueda prescindir del tronío de la señora Aguirre. Personalmente –a diferencia de la mayoría de sus compañeros–, cuando la veo aparecer por televisión siempre la escucho con agrado. No por lo que dice, que no suele interesarme lo más mínimo, si no por cómo lo dice. En Esperanza Aguirre el medio es el mensaje.

Me gusta su peinado, que tanto me recuerda al que solía lucir Doris Day en aquellas comedias tan cucas que rodaba con Rock Hudson. Me gusta su ropa, anterior a esta era vulgar de franquicias y repeticiones, y que ya solo se encuentra en ciertas boutiques de Madrid a nombre de algún diseñador al que nadie conoce, pero al que se le acumulan las marquesonas en la puerta. Y me gusta, sobre todo, su sonrisa, que es como la versión pija de la de Mahmud Ahmadineyad. Todos esos elementos confluyen en un personaje insólito en la política española: alguien que, aunque su modelo sea Margaret Thatcher, se acaba pareciendo más a la excéntrica tía Agatha de Bertie Wooster, el personaje de P. G. Wodehouse, o a una mezcla de Jessica Fletcher y la señorita Marple. Por eso será en su edad provecta cuando el personaje alcance definitivamente la gloria (abriéndose paso en la panadería a bastonazos, por ejemplo).

Como le decía Holmes a su fiel Watson, una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, es la verdad. En el caso que nos ocupa, es evidente que esta mujer no se metió en política para trincar porque ya era rica por origen y matrimonio. Así pues, lo único que queda, por inverosímil que resulte, es su deseo de construir una sociedad mejor. A su manera marquesonil, eso sí, potenciando la urbanidad y los buenos modales, riñendo a quien se porta mal, perdonando la vida a los zafios y groseros… Todo ello desde el convencimiento de que todo iría mejor si la chusma respetara a las personas de postín y no se cruzara en su camino, ya sea para poner multas, reclamar un taburete que no le corresponde o recuperar un bisoñé que más habría valido llevar pegado al cráneo con engrudo.

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