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Opinión / La parrilla de España
Hoy: Marta Rovira

Quiero ser presidenta

Fecha: 04/12/2017 por Ramón de España • Ilustración de Carlos Rodríguez Casado
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La imagen de Marta Rovira como mujer pétrea se tambaleó un poco después del desastre republicano. Pero enseguida volvió a la carga, a ser quién se supone que es.

Se había salido de rositas de la charlotada independentista. No se le había acusado de nada. No se le había llamado a declarar ante el juez. Con el beato Junqueras en prisión provisional (y con su bendición apostólica) se le abría el camino hacia la presidencia de la Generalitat. Sí, todo pintaba la mar de bien para Marta Rovira (Vic, 1977) hasta que la Guardia Civil empezó a interesarse por ella gracias a unas conversaciones telefónicas intervenidas y las declaraciones de un par de informáticos, que la situaban en el núcleo duro de la conspiración. ¡Vaya por Dios, qué contrariedad, con lo bien que iba todo! Si algo no necesita Esquerra Republicana es otra presidiaria en sus listas; de hecho, los compañeros de partido que están entre rejas parecen dispuestos a renunciar a Satanás, a sus pompas y a sus glorias con tal de recuperar la libertad (aunque en sus solicitudes incluyan precisiones como que acatan el 155 a disgusto y que seguirán pensando lo mismo que antes de entrar en prisión, tristes intentos de salvar la cara y evitar ser acusados de traidores por la turba procesista).

Marta Rovira lo veía todo tan bien que iba tremendamente suelta de lengua. Para disimular el ridículo de la declaración de independencia que nunca se implementó –sus propios responsables confiaban tan poco en lo que habían hecho que ninguno de ellos se acordó de retirar la bandera española del palacio de la Generalitat antes de irse todos en masa de fin de semana, confiando en que la república se implementara sola–, la señora Rovira se sacó de la manga una supuesta represión brutal a cargo de los españoles que habría llenado de muertos las calles catalanas. Podría haber dado más datos, decirnos quién la había amenazado con semejante cosa, pero no lo hizo, limitándose a unas amenazas de origen incierto que había que creerse por una cuestión de fe. Es lo que hicieron los de la CUP. Y Lluís Llach, que está dispuesto a creerse cualquier cosa mientras le dejen marcharse al Senegal cuanto antes. Y Puigdemont, que así se presenta como un estadista de una gran humanidad que, ante el previsible baño de sangre, optó por no resistirse y darse el piro a Bélgica. Aparte de estos crédulos en busca de cualquier explicación que disimule su grotesca participación en el sainete independentista, nadie ha dado mucho crédito a las declaraciones de la señora Rovira, pero ella se mantiene en sus trece, pues es consciente de que solo predica para los conversos y puede que para Pablo Iglesias, siempre deseoso de reunir pruebas de cargo contra el abominable régimen del 78.

Ante estas declaraciones ha sucedido eso tan español de que nadie demanda a nadie. Si Rovira tiene pruebas de lo que dice, debería intentar empapelar a quienes la amenazaron. Y si todo es una patraña, los acusados de manera difusa (o sea, el gobierno), podría emprender acciones legales contra ella. Pero no sucede ni una cosa ni la otra. Algo muy propio de nuestros grandes profesionales de la política.

Como tantos otros colegas suyos, Marta Rovira apenas tiene vida profesional antes de apuntarse a ERC en el año 2005. Sabemos que se licenció en Derecho y en Ciencias Políticas. Y que, entre 2003 y 2007, dio clases de Derecho Administrativo en la escuela de la policía catalana. Tras unos años de medrar en el partido, entre 2012 y 2015 ejerce como portavoz. Y ya nos la encontramos de número dos del beato Junqueras, fabricándose un personaje a su sombra que le resulta muy conveniente cara a la militancia: el de la mujer fuerte y decidida que, si hay que dar la cara, la da; algo que en el caso de Junqueras permite albergar ciertas dudas, pues tiene fama de no ser muy audaz y nadie se lo imagina saliendo al balcón de la Generalitat a declarar la independencia. Se va creando así una especie de ERC bicéfala, con un jefe que se pasa la vida en misa o diciendo a quien quiera oírle que él es muy buena persona y solo le mueve el amor a sus semejantes (a los que no se le asemejan, que los vayan zurciendo) y una secuaz de armas tomar, dispuesta a llegar donde el beato Junqueras no se atreve.

Nada gusta más a Oriol Junqueras que presentarse como un sentimental al que no le cabe el corazón en el pecho. Es un hombre que no tiene empacho en lanzarse a gimotear en los momentos más intempestivos, o a fabular con que el malvado Estado español le va a quitar a sus hijos (cosa improbable si han salido a él, pues deben comer como limas y a ver quién es el guapo que carga con ellos sin arruinarse). Esta tendencia al melodrama lacrimógeno la ha mantenido nuestro hombre entre rejas, como se deduce de los mensajes enviados desde Estremera. Mi favorito es uno en que les dice a sus leales que, en las elecciones del 21 de diciembre, hagan todo lo posible para que el Bien se imponga al Mal. Pero también hay material de mérito en las cartas que ha enviado, con citas de Cesare Pavese y nuevas afirmaciones de su carácter bondadoso. Lástima que en uno de esos mensajes señalara a Marta Rovira como personaje fundamental en la preparación del referéndum del 1 de octubre, dato que no ha pasado inadvertido a la Guardia Civil y que puede contribuir a buscarle la ruina a la persona a la que, teóricamente, Junqueras pretendía rendir justo homenaje (aunque, dado lo jesuítico que es el amigo Oriol, no es descartable que se tratara del típico beso de Judas: se comenta que se está pensando mejor lo de cederle la posible presidencia de la Generalitat a la señora Rovira, pese a haber dicho que la república (¿a qué república se referirá?) tiene nombre de mujer.

La imagen de Marta Rovira como mujer pétrea se tambaleó un poco después del desastre republicano. Hubo unos días en los que se marcó algún conato de autocrítica. Y hasta se echó a llorar en un par de ocasiones, puede que en homenaje a su sensible jefe enchironado. Pero enseguida volvió a la carga, a ser quién se supone que es, a interpretar el papel de mujer dura y decidida a la que sus fans creían capaz de todo. De un día para otro, se acabaron las lagrimitas y la autocrítica y emergió el baño de sangre motivado por la salvaje represión española. Gimoteando y reconociendo errores no se llega muy lejos, y esta mujer ya se ve de presidenta de la Generalitat.

Mientras escribo esto, puede que el beato Junqueras esté a punto de salir del trullo. Y una vez en libertad, ¿intentará recuperar su categoría de presidenciable? ¿Y si Rovira se resiste? En ese caso, tendrá que echarse a llorar e insistir en que es una buena persona, truco viejo, pero de probada eficacia.

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