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Opinión / La parrilla de España
Hoy: Inés Arrimadas

Sola ante los indepes

Fecha: 30/12/2017 por Ramón de España • Ilustración de Carlos Rodríguez Casado

Los nacionalistas se han esforzado tanto en crear un ambiente irrespirable en Cataluña para quienes no sean de los suyos, que al final mucha gente de izquierdas ha acabado votando a un partido que cada día es más de derechas.

Ciudadanos ganó las últimas elecciones catalanas, pero no le sirvió de gran cosa: los votos sumados por los independentistas les garantizaban la mayoría absoluta, con lo que la matraca nacionalista podrá seguir en pleno funcionamiento, aunque con las lógicas trabas del Estado de Derecho, que ya ha llevado al talego o a la fuga a algunos de los principales responsables de esa declaración de independencia que luego no hubo manera de implementar (aunque ellos anuncian que lo seguirán intentando).

Fueron unas elecciones raras. Para empezar, el eje tradicional (y necesario, diría yo) entre izquierda y derecha se vio sustituido por el eje patriótico. De repente, ser progresista o reaccionario daba lo mismo. El paisito aparecía dividido entre los que querían seguir siendo españoles y los que solo querían ser catalanes. La campaña giró casi exclusivamente en torno a ese asunto –aunque Iceta y Domènech insistieran en la cosa social, como se les supone a quienes se declaran de izquierdas–, y cualquier otro se dejó para más adelante. Los catalanes hemos conseguido dividirnos en dos comunidades enfrentadas que empezaron ignorándose y despreciándose y han acabado odiándose. A un lado y a otro solo encontramos ciudadanos que se sienten humillados y ofendidos, cual personajes de Dostoievski, y todos piensan en machacar al contrario, que hace tiempo que ha dejado de ser un adversario para convertirse en un enemigo. Al principio, los únicos que iban de humillados y ofendidos eran los independentistas, pero desde que éstos optaron por el matonismo hacia el que no pensaba como ellos y declararon la independencia obedeciendo a un mandato popular que solo existía en su imaginación, los otros también se sintieron humillados y ofendidos por una gente que les negaba su condición de catalanes por el simple hecho de no querer romper con España ni con Europa.

En las elecciones del 21 de diciembre se impuso, en ambos frentes, el voto del odio. La cosa no estaba para sutilezas. La batalla era entre separatistas y unionistas. Y así se perdieron los matices, como demuestran los tristes resultados obtenidos por el PSC y Catalunya en Comú. En privado, mucha gente te reconocía que Iceta le gustaba como presidente, pero que, tal como estaba el patio, votaría por Arrimadas. Es lo que acabé haciendo yo mismo, aunque estuve hasta el último minuto dudando entre ésta y el señor Iceta, que me cae bien y me parece una persona de lo más razonable que intentaba evitar, en la medida de lo posible, un frentismo, una división entre bloques, que es lo que finalmente se ha impuesto. Los nacionalistas se han esforzado tanto en crear un ambiente irrespirable en Cataluña para quienes no sean de los suyos, que al final mucha gente de izquierdas ha acabado votando por un partido, Ciudadanos, que cada día es más de derechas y al que, probablemente, nunca votarán en unas elecciones generales. Se trataba de jorobar a Puigdemont y a Junqueras y a sus miles de partidarios. Y así fue cómo ganó las elecciones, aunque no le sirviera para mucho, Inés Arrimadas García (Jerez de la Frontera, 1981), hija de Rufino e Inés, naturales ambos de Salmoral, Salamanca, ex policía y abogado él; ama de casa ella (y madre de cinco hijos).

Inés Arrimadas se vino a vivir a Barcelona en 2006 para trabajar en lo suyo, de abogada (estudió Derecho en la universidad de Sevilla). Su familia había vivido en Barcelona en los 60 y ella arrastraba una extraña nostalgia por una época no vivida, hasta el punto de que en el colegio recibió clases de catalán de una amiga con orígenes en la tierra que ha acabado siendo la suya (aunque la insufrible y racista Núria de Gispert le haya sugerido vía Twitter que se vuelva a Jerez de la Frontera). También era ya del Barça cuando se instaló en Barcelona. En 2010, una amiga la llevó a un mitin de Ciutadans y ella ingresó en el partido al año siguiente. Desde entonces, ha dedicado su vida a la política, se ha casado con un ex convergente llamado Xavier Cima y se ha convertido en el personaje más odiado, despreciado y vilipendiado por los independentistas, superando con creces el asco que les inspiraba Montilla, el primer presidente charnego en la historia de la Generalitat, que ya era considerable.

La pobre Inés se ha contagiado también del asco que Ciutadans lleva generando desde sus inicios, cuando era un partido socialdemócrata fundado y compuesto por rebotados del PSC, hartos de la ambigüedad de los socialistas ante el nacionalismo, cuando no el seguidismo de sus planteamientos, desde un síndrome de Estocolmo de tamaño natural (no olvidemos que las cosas empezaron a ponerse realmente negras para los constitucionalistas catalanes con Pasqual Maragall, un tipo en el que muchos habíamos confiado para que revirtiera la situación creada por Jordi Pujol y al que no se le ocurrió otra cosa que sacarse de la manga un estatuto de autonomía que nadie le había pedido). Yo diría que ningún partido ha nacido con tanta hostilidad alrededor como Ciutadans. Los indepes lo odiaban. Pero los supuestos progresistas, también. Y en esos tiempos no era el partido cada día más escorado a la derecha que es en la actualidad. El odio le caía a Ciutadans por haber dicho en voz alta cosas que hasta entonces nadie se había atrevido a proclamar. Hizo lo que todos esperábamos que hiciera el PSC y nunca hizo. La prensa progre, que ahora solo tiene buenas palabras para Rivera y los suyos, también echó pestes de Ciutadans. Y enseguida empezó a correr la voz de que aquello era un partido de extrema derecha, una pandilla de fachas. Hasta que se convirtió en un lugar común. Curiosamente, había surgido una fuerza que sacaba de quicio a todo el mundo. Hubo unanimidad en que aquello sería flor de un día, que el partido se acabaría disolviendo más pronto que tarde. Cuando sacaron sus primeros tres diputados en el parlamento catalán, se certificó su inminente fallecimiento, pero, en vez de eso, el crecimiento elección a elección fue exponencial, hasta llegar a los 36 diputados de la última consulta.

Aunque los indepes insistan en que Arrimadas es un ser robótico, un títere de Rivera con pocos argumentos, la chica de Jerez ha conseguido que un millón cien mil catalanes la voten. Puede que haya sido a costa de otros partidos, pero eso es lo que hay. Nos guste o no, ahora, en Cataluña, el único partido que puede plantar cara a los separatistas es Ciutadans. Muchos quisiéramos volver a la disyuntiva tradicional entre izquierda y derecha, pero los soberanistas nos han marcado la agenda a todos y han impuesto un único tema de discusión. Y ahí estamos, en pleno siglo XXI, encerrados con un solo juguete del siglo XVIII.

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