El debate como producto
Fecha: 15/11/2011Desde que Nixon se negó a ser maquillado en las presidenciales USA de 1960, y JFK le ganó el primer debate televisado de la historia, y también las elecciones, nadie se atreve a jugar con la magia catódica. Tanto es así, que en España, después de más de tres décadas de democracia, solo se han celebrado debates en tres convocatorias y en cinco entregas. Por razones diversas, los miedos se apoderan de los candidatos con posibilidades de ganar y se apoderan más de las mentes a veces no muy preclaras de sus asesores. El debate se ha convertido así en una entelequia, totalmente descafeinada y alejada de su principio: debatir. No se debate, se expone; no se discute en esencia, se intercambian pequeñas fintas dialécticas dirigidas a públicos diana muy concretos. Así, el pasado lunes 7 de noviembre, Rajoy buscó, por omisión, no defraudar a sus votantes más extremos y esperanzar a los más centrados. Rubalcaba se dirigió en exclusiva a sus votantes más escépticos para que el día 20 le depositen su confianza. Es el debate como producto, igual que un cartel, una cuña de radio o un spot: muy lejos de la pugna dialéctica elegante que a muchos nos gustaría ver.


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