Dudas morales
Fecha: 08/08/2005Si quieren que les diga la verdad, me enternece la historia de esa mujer alemana que mataba a sus bebés y los enterraba en macetas. Creo que le descubrieron nueve cadáveres como nueve geranios, cada uno en su tiesto. La noticia no decía si los regaba o los dejaba de regar, pero lo cierto es que, habiendo podido desprenderse de ellos, los tenía alineados en la terraza. Y los bebés crecían hacia dentro, hacia el interior de sí mismos, y quizá hacia el de ella. Tú te asomabas a los tiestos y no veías una sola rama porque los bebés no producían más que raíces, un laberinto de raíces repleto de nudos; una red mortal. Tú te asomabas a los tiestos y no veías una sola hoja, un solo brote, pero es que esa mujer cultivaba pensamientos. Los pétalos de los pensamientos son invisibles, frágiles, se deshacen con nada.
Esa mujer estaba loca y hay que agradecérselo, porque matar a nueve hijos recién paridos y meterlos en la tierra de una maceta como el que entierra un bulbo debe ser muy difícil. Sólo puedes hacerlo con una perturbación muy grande que, en cierto modo, hace resaltar nuestra cordura. Ni usted ni yo haríamos nada parecido porque usted y yo estamos bien de salud mental. Distinguimos una aberración de una trastada. Y mantenemos intacta nuestra capacidad para horrorizarnos frente a sucesos como el que nos ocupa, que, por fortuna, ha sucedido en Alemania, donde se hace de noche muy pronto. Hay días del invierno en los que a las cuatro ya empieza a oscurecer, con lo que se te pone el ánimo por los suelos. No digo que la longitud de los días justifique una atrocidad semejante, pero vas sumando una cosa y otra y al final te cuadran las cuentas.
El problema, ya digo, es hacer estas cosas completamente cuerdo, al sol, como el que planta una buganvilla. Tomemos a Bush, sin ir más lejos, un ejemplo de cordura universal, un hombre que ha llegado a la cima más alta de la civilización (por lo menos es el que más manda) a base de talento y votos. Porque no es que haya dado un golpe de Estado ni nada parecido, sino que se ha presentado a unas lecciones, ha hecho una campaña y ha ganado. Todo ello a base de disciplina, de cordura, de trabajo. Pues bien, este señor firmó, cuando era gobernador de Texas, 152 condenas a muerte. Imagínense 152 muertos juntos, cada uno con sus dos riñones, con su hígado, con su par de pulmones, con su páncreas y su aparato digestivo. A mí me impresionan más 152 muertos adultos, ejecutados fríamente, que nueve bebés amorosamente cultivados en nueve tiestos por una demente alemana, un país sin sol, etcétera.
Pero Bush no está loco. Firmó esas sentencias de muerte y procuró que se ejecutaran porque tenía razones para hacerlo. No estamos hablando de un dictador ni de un monarca absoluto, ya digo, sino del presidente de una potencia democrática que actuaba con las leyes en la mano. Y que ordenaba matar porque tenía razones para hacerlo. Aunque razones para hacerlo las tiene todo el mundo. Los locos también. La sinrazón es una razón, quizá la más poderosa, para dar rienda suelta a los instintos. Todo lo cual nos sume en un desasosiego sin salida porque no hay forma de saber si está mal el mundo o estamos mal nosotros.
Me acerco al confesionario, le digo al cura que tengo un problema y me dice que se lo cuente:
—El caso –le explico– es que me siento más próximo a la mujer alemana que ha matado a sus nueve hijos y los ha convertido en geranios que a Bush, que firmó en pleno uso de sus facultades mentales (las que tenga, que eso no lo sabemos) 152 penas de muerte, es decir, que es el responsable de la existencia de 152 cadáveres, cada uno de ellos con sus riñones y su páncreas y su aparato circulatorio...
—No es necesario que lo describas de ese modo, hijo, ya me hago cargo.
—¿Y qué es más saludable desde el punto de vista moral, identificarse con la filicida alemana o con el presidente de Estados Unidos?
El cura duda y duda. Se ve que no es cura de extrema derecha. Finalmente, argumenta que Bush ordenó matar con las leyes en la mano, mientras que la mujer alemana actuó por su cuenta. “Por cuenta de su locura”, añado yo. El cura confiesa, valga la redundancia, que el asunto le sobrepasa. Está especializado en adolescentes que se masturban. Me recomienda el nombre de un colega al que no acudo por pereza. Me meto en la cama con fiebre. A medida que sube la fiebre, crece la estatura moral de la mujer alemana y decrece la Bush. ¿Qué hacer?

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