El dedo de mi nieto
Fecha: 04/02/2011
Lunes. Me escribe mi hija desde Australia. Lleva allí cinco años y durante ese tiempo ni yo he ido a verla ni ella ha venido a verme. Nos vamos alejando de manera insensible, como la Luna y la Tierra, y a medida que nos alejamos nuestra constelación se enfría. El caso es que su hijo de cuatro años, mi nieto, ha tenido en el parque un accidente a consecuencia del cual le han amputado el dedo meñique de la mano izquierda. Aunque no conozco a mi nieto (sólo he visto algunas fotografías suyas), tengo por él un afecto difuso y raro, pero de una intensidad grande. Por eso me duele tanto la pérdida de ese dedo. Durante la siesta –la cabezada de después de comer, quiero decir– sueño algo relacionado con los dedos y me despierto aturdido. Paso el resto de la tarde intentando concentrarme, sin conseguirlo, en la lectura. A última hora me siento frente al ordenador y le arranco dolorosamente estas líneas.
Martes. Salí de la cama a las tres de la madrugada, empujado por una sed cuya intensidad desconocía. No sólo procedía de la boca, de la garganta, que es de donde normalmente viene la sed, sino de las entrañas, de las vísceras, de las médulas. Tenían sed mis huesos, mi estómago, mis intestinos. Nunca había sentido nada semejante. Bebí a morro, del grifo del cuarto de baño, y después me quedé extrañamente despierto. Algo está pasando en mi cerebro, pensé. O está apareciendo un circuito nuevo o se está rompiendo uno antiguo. Consciente de que durante la noche esos espacios de la casa no me pertenecen (como un intruso, pues), me dirigí al salón. Desde la ventana, la Luna parecía una hostia. Cerré los ojos e imaginé que la hostia era guiada hacia mi boca por una mano invisible. Entreabrí los labios, saqué un poco la lengua, y la hostia fue depositada en ella. La tragué con devoción y fui a mirarme en el espejo del aparador. De mis ojos salía una luz solar en medio de la noche. Alrededor de mis labios y de mis oídos se había formado una pequeña nube. Estaba observando el fenómeno, cuando me desmayé sobre la alfombra. Desperté al amanecer y me sentí bien, como después de un sueño reparador. Apunté la expresión sueño reparador en un cuaderno en el que colecciono este tipo de construcciones hechas. Me vino a la cabeza el término ictus, pero no le hice caso.
Miércoles. Mi hija australiana me envía a través del correo electrónico una foto de la mano de mi nieto, con el dedo amputado. La observo sin opinión alguna, con el juicio suspendido. ¿Por qué me envía esto? Sólo se me ocurre que para hacerme sentir culpable. Y lo consigue. No culpable de un modo dramático, pero sí de un modo sutil, como si yo fuera responsable de su vida y de la de su hijo. Supongo que también de los hijos de sus hijos, cuando lleguen. Por lo demás, la mano es muy pequeña y tiene más líneas que un mapa. De tratarse de un mapa, ¿qué territorio representaría?
Jueves. No sé si se ha escrito una historia del sentido, me parece que no, pero si alguien se pusiera a ello le saldría una enciclopedia del absurdo.
Viernes. Pereza. Me siento frente al ordenador, pero tecleo sin ganas. Estoy como a la espera de algo. Llevo toda la vida a la espera de algo, aunque hay épocas en la que esta sensación se acentúa. Echo la silla hacia atrás, apoyo la nuca en el respaldo y permanezco observando el techo. Ahora va a sonar el teléfono, me digo, y no suena. Al contrario, el silencio resulta casi ensordecedor. ¿Y si fuera este silencio lo que espero? De joven, cuando pasaba hambre (hambre de todo) y me levantaba cada día pensando que ni tenía dinero ni sabía inglés, me atacaba con frecuencia una fantasía en la que ganaba una gran suma de dinero en el casino. Poco a poco fui construyendo con esa historia una novela de la que jamás escribí una línea. Está dentro de mi cabeza, entera, con sus tapas y sus páginas de cortesía. Lo del dinero, con el tiempo, se arregló. Lo del inglés, no. Aunque ayer, en el cine, viendo una película norteamericana, cacé una expresión (I must be off: he de irme) y me pareció un milagro. I must be off. No dejo de repetírmelo. ¿Pero de dónde debo irme?






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