Opinión / Papel mojado

El hombre invisible

Fecha: 06/02/2012 Texto: Juan José Millás
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Invisible Ilustración: Gustavo Otero

Lunes. Un hombre se dirige en el metro a la oficina en plena hora punta. Viaja de pie, ceñido por cuerpos como el suyo a cuya fricción ya está acostumbrado. De súbito, comienza a sentir un raro malestar en el pecho, al modo de una bola de angustia que crece en todas las direcciones. Allá por donde pasa la angustia, el cuerpo del hombre se queda hueco. De hecho, ya no tiene corazón, ni bronquios, ni pulmones, por lo que el aire que le entra por la boca, al carecer de la canalización adecuada, llega a su pecho como una corriente en una habitación vacía, agitando el polvo y las telarañas. Por un momento piensa que se va a desmayar, pero los cuerpos de los que permanece rodeado lo sujetan manteniéndolo en posición vertical. Acaban de esfumarse, por abajo, el estómago y los intestinos y está a punto de perder, por arriba, el cerebro. El malestar, tras alcanzar un punto insoportable con la desaparición del cerebro, desaparece de golpe, siendo sustituido por una sensación de paz inédita en su existencia. Ahora ha dejado de sentir la presión de los otros cuerpos y se percibe a sí mismo como si careciera de materia, lo que le arranca una sonrisa idiota. Entonces cae en la cuenta de que se ha vuelto invisible, ha desaparecido, sí, como desaparece una pompa de jabón al estallar en el aire, lo que provoca entre quienes le rodeaban un movimiento de extrañeza del que se recuperan enseguida. Además de invisible, se ha vuelto sutil, por lo que puede atravesar sin problemas todos los obstáculos, incluidos los cuerpos del resto de los viajeros. Alcanzado su destino, abandona el vagón y sale a la calle sin ser visto por nadie. Poco antes de llegar a la oficina, recupera la visibilidad provocando entre los transeúntes un breve movimiento de perplejidad. ¿De dónde ha salido éste? Lo anterior es el principio un relato que he comenzado a escribir esta madrugada y sobre el que he decidido llevar un diario de navegación. El diario de navegación de un relato viene a ser como el diario de a bordo de un buque. Cuando el relato se hunde, el diario se hunde con él, pero cuando el relato sale adelante, su diario es mejor que él.

Martes. Acabo de estrenar un ordenador nuevo, que es como cambiar de algo, pero no sé de qué, quizá de dentadura, o de ojos, en la medida en que los ojos y la dentadura son también prótesis, prótesis naturales, de acuerdo pero ortopedia al fin. El cuerpo entero es una ortopedia, igual que la escritura y el habla y teléfono móvil. Yo soy la ortopedia de mi ordenador, que ahora está intentando educarme, reeducarme más bien porque mis dedos van con frecuencia a la tecla que no es creando desajustes entre el disco duro de mi cabeza y el del aparato. Escribo palabras que no son, que no existen y he de volver atrás continuamente y borrar y sobreescribir, qué le vamos a hacer. Lo de la existencia de las palabras es un tema, un temazo, que diría un guionista de la tele, porque habría que preguntarse en qué consiste existir. Si existir pasa por el significado, una palabra cualquiera (bucafo, por ejemplo) no existe porque carece de él. Ahí tienen, pues, a la pobre bucafo, con una presencia tan buena (suena bien, eso no podemos negarlo) y sin embargo inexistente, qué paradoja. Si exigiéramos a las personas la condición que para existir les ponemos a las palabras, muchas personas que ahora existen dejarían de existir porque no significan nada. Se dice con frecuencia de este o aquel que son individuos insignificantes porque carecen de sentido y están los pobres entre la existencia y la no existencia, al modo de los muertos vivientes. Las palabras vacías de sentido serían palabras muertas por un lado, aunque vivas por otro, palabras zombis podríamos decir. Recorrerían las pantallas de los ordenadores intentando chupar la sangre a las palabras vivas, que huirían de ellas como del diablo.

Miércoles. La socialización se aprende, la soledad se desprende. Pero con la socialización ocurre lo que con los idiomas, que a partir de cierta edad no entran en la cabeza, por más que uno se esfuerce. Todos somos expertos en soledad, perra vida.

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