Opinión / Papel mojado

El jefe de recursos humanos y la mariposa

Fecha: 08/01/2007 Juan José Millás
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El pobre hombre creía que se había derrumbado el mundo, pero sólo se había derrumbado su pensamiento. Se lo dijo el médico de la empresa, al que acudió por insistencia de su esposa:

—El mundo sigue ahí, soportando las embestidas de la realidad. Pero algo fundamental se ha roto dentro de ti y te has quedado sin defensas. Toda tu red de certidumbres se ha venido abajo como la vela cuando se rompe el mástil.

—¿Pero por qué? –preguntó el pobre hombre.

—No lo sabemos todavía –respondió el médico de empresa–. Pueden ser las neuronas, los neurotransmisores, la sinapsis. Tenemos que investigar, hacer análisis. Pero no debemos descartar un problema de tipo emocional, a cuyo servicio están normalmente las neuronas. Quizá has dado la espalda a la realidad por razones sentimentales que sólo tú conoces.

—Y yo que creí que el mundo se estaba acabando.

—Eres tú el que se acaba.

En ese instante una hormiga atravesó el tablero de la mesa que separaba al doctor del jefe de recursos humanos.

—Mira esta hormiga –dijo el médico–. ¿Te provoca curiosidad?

—¿Por qué habría de hacerlo?

—Porque estamos en invierno. Lo normal es que permaneciera en el hormiguero. Además, está sola, lo que entre las hormigas resulta excepcional. Una hormiga sola es como un dedo suelto. Ellas no conocen otro cuerpo que el social. Se trata, pues, de una hormiga rara, que ha escapado, seguramente sin darse cuenta, de la dimensión que le es propia y ha aparecido en ésta, donde tú y yo discutimos acerca de si el mundo se acaba o no. Está, literalmente hablando, en Marte.

—Mátala –dijo el paciente.

—¿Es lo que harías tú desde la concepción de la vida propia de un jefe de recursos humanos?

—Sí, es lo que haría. Matarla. No sirve para nada. Si aprende a hablar, te pedirá una indemnización.

—Pero no va a aprender a hablar.

—¿Cómo lo sabes? De acuerdo con el Apocalipsis, el fin del mundo se caracterizará por la confusión de lenguas y por la aparición de prodigios inexplicables.

—Ya te he dicho que esto no es el fin del mundo, sino el tuyo. De momento, te vas a tomar esas pastillas.

El jefe de recursos humanos fichó y se fue a casa. Abrió la puerta de manera furtiva, para que no le oyeran entrar. Hacía tiempo que se movía entre su mujer y sus hijos como una sombra entre una familia de bultos. Se deslizó por el pasillo, buscó el cuarto de baño y se refugió en él como un insecto en una grieta de la pared. ¿Qué hacer? Si el mundo no se acababa, no se podía permitir el lujo de bajar la guardia. Tendría que aparentar que continuaba vivo, que comprendía las necesidades de la empresa, que todavía era capaz de hacer planes de jubilación anticipada y todo eso que le parecía tan antiguo. En esto sonó el móvil que llevaba el bolsillo interior de la chaqueta. Era su mujer. Le hizo creer que todavía se encontraba en la oficina.

—Pues cuando vuelvas –le dijo– pasa por el tinte y recoge el traje de fiesta de la niña.

Era evidente que al mundo no le afectaba en absoluto su estado de ánimo. Si su mujer era capaz de pedirle que pasara por el tinte al salir de la oficina, era porque el absurdo continuaba instalado en la realidad y gozaba de mejor salud que nunca.

Salió a escondidas del cuarto de baño, deshizo el camino sigilosamente, bajó a la calle y se dirigió al tinte.

—¿No ha traído usted la papeleta? –le preguntaron.

—Estoy yo como para papeletas –respondió con tal cara de agotamiento que el empleado de la tintorería le dio el traje sin necesidad de más trámites.

De vuelta a casa, se cruzó en su camino una mariposa. Parecía imposible, porque hacía un frío del diablo y habían anunciado nieve en cotas superiores a los 300 metros. La mariposa se detuvo en el tronco de un árbol y movió las alas de manera armoniosa, como las palas de un fuelle. El jefe de recursos humanos le dio un manotazo haciéndola caer al suelo, donde la remató con la puntera del zapato. Esa noche, cuando comenzaban a cenar, se dirigió a su familia y dijo: “He matado una mariposa”. La frase, pese a su sencillez le provocó un golpe de emoción que le hizo llorar a él, que en el último año había despedido a treinta trabajadores de la empresa sin mover un músculo. Realmente, se dijo frente a las miradas de espanto de su familia, el mundo se acaba.

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