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Opinión / Papel mojado

La cubertería de mi madre

Fecha: 04/12/2017 por Juan José Millás • Ilustración de Fernando Vicente
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Descubro que cuando tenía 4 años, Uri Geller fue derribado por una luz muy fuerte procedente del cielo, que lo dejó aturdido. Ese mismo día se le dobló la cuchara y se le cayó la sopa.

Lunes. Se han parado todos los relojes de la casa, los analógicos y los digitales. Nos damos cuenta a media mañana y ahora, a las diez de la noche, aún no hemos salido de nuestro asombro. Me he pasado el día dando cuerda y cambiando pilas bajo la mirada poco amistosa de mi mujer, que sospecha que es cosa mía. Yo he tratado de explicarle que podemos haber sido víctimas de un campo magnético móvil, que ha atravesado nuestro hogar, pero no he logrado más que aumentar sus recelos.

-Haces cosas muy raras últimamente –concluye.

Martes. Ayer, ya en la cama, me acordé de un tipo que salía en la tele hace años, Uri Geller. Doblaba cucharas y paraba o adelantaba relojes gracias a unos supuestos poderes paranormales. Entro en la Wikipedia para ver qué ha sido de él y resulta que vive en una finca excelente, junto al Támesis, disfrutando de la fortuna que amasó con las cucharas. En la comida, se lo comento a mi mujer.

-¿Te acuerdas de Uri Geller?

-Sí, doblaba cucharas.

-Y paraba relojes.

Ella me mira con expresión de paciencia y cambia de conversación. Algo no va bien.

Miércoles. Sigo investigando a Uri Geller y descubro que cuando tenía 4 años fue derribado por una luz muy fuerte, procedente del cielo, que lo dejó aturdido. Ese mismo día, cuando tomaba un plato de sopa que su madre le acababa de servir, se le dobló la cuchara y se le cayó la sopa. Ahí empezó su extraña relación con las cucharas, de las que más tarde viviría. Los marcianos, si todo esto es atribuible a los marcianos, tienen un modo un poco raro de relacionarse con nosotros. Inquieto, voy de un lado a otro de la casa sin ser capaz de concentrarme en nada. Finalmente acabo en la cocina, donde abro el cajón de los cubiertos y me quedo observando a esos extraños seres: las cucharas, las palas de pescado, los tenedores, los cuchillos. En esto, sin que yo me dé cuenta, entra mi mujer a prepararse un café y me sorprende en pleno examen.

-¿Qué haces? –dice.

-Nada –digo yo–, repasaba la cubertería. No encuentro unas piezas que me regaló mi madre.

-No te las regaló exactamente. Fueron su única herencia. Las guardaste en tu estudio porque te parecían muy valiosas.

Es verdad. No es que fueran valiosas en sí, pero sirvieron fielmente a la familia durante toda la vida, aunque había que limpiarlas muy bien porque formaban cardenillo, un veneno muy eficaz en la época del cobre. Creo que las escondí por miedo a un accidente, pero no recuerdo dónde.

Jueves. Le digo a mi psicoanalista que mi mujer piensa que me estoy volviendo loco y le explico todo el proceso de los días pasados.

-¿Y usted qué piensa? –dice ella.

-Me da envidia que alguien se hiciera millonario parando relojes y doblando cucharas. Es ridículo.

Permanecemos en silencio un buen rato y luego le hablo del cardenillo.

-¿Qué es el cardenillo? –pregunta.

-Una mezcla mortal de acetatos de cobre. Pero no me pregunte qué son los acetatos de cobre porque no tengo ni idea.

-Le veo obsesionado con el envenenamiento. ¿Tuvo alguna vez, de pequeño, la fantasía de que su madre quería envenenarle?

-La verdad, no. Tuve la fantasía de envenenarla yo a ella con aquellas cucharas que criaban una especie de materia verdosa. Pensaba que si me quedaba huérfano me adoptaría otra familia.-¿Le habría gustado ser adoptado?

-Por unos príncipes suecos, sí –respondo.

-¿Y qué sabía usted de los príncipes suecos?

-Nada, creo que lo saqué de un cuento.

Continuamos dándole vueltas al asunto sin alcanzar conclusión alguna cuando ella se da cuenta de que se nos ha pasado la hora porque se le ha parado el reloj.

-¡Qué extraño! –dice levantándose.

-¡Qué extraño, sí! –corroboro yo.

Ya en casa le cuento lo sucedido en la consulta a mi mujer y dice que pare ya con los relojes y con las cucharas, que llevo toda la semana con el tema.

-Perdona, no me había dado cuenta –me disculpo.

Viernes. Como fuera de casa, en un restaurante, con un amigo que pide sopa de primero. No logro atender a su conversación pendiente como estoy de si se le dobla la cuchara.

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