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Opinión / Papel mojado

La lengua como prótesis

Fecha: 08/01/2018 por Juan José Millás • Ilustración de Fernando Vicente
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Hay un tipo de crustáceo que se mete en la boca de un pez, se come su lengua y ocupa su lugar. A partir de entonces el pez utiliza al crustáceo como lengua.

Lunes. Pido la vez en la pescadería del barrio y cargo el peso del cuerpo primero en la pierna derecha y luego en la izquierda, para evitar desarrollar los músculos de un lado más que los del otro. Me lo ha recomendado el fisioterapeuta. Dice que nadie es completamente simétrico, pero que mi cuerpo se dirige hacia la asimetría a velocidades de vértigo, de ahí los dolores que atraviesan el centro de mi nalga izquierda. Mientras me balanceo de un lado a otro, se me acerca un anciano y me pregunta si estamos ya en Semana Santa. Estoy tentado de decirle que sí, pero le digo que no. El hombre me observa con extrañeza y enseguida se da la vuelta para dirigirse al puesto de variantes. Como la cola no avanza, fantaseo con la posibilidad de conquistar una simetría perfecta, una supersimetría. De súbito me viene a la memoria haber escuchado este término, supersimetría, en la radio. Saco el móvil y lo busco en la Wikipedia. Se trata de un concepto perteneciente a la física de partículas. Leo y leo sin entender nada, pero la espera se me hace más llevadera. Cuando quiero darme cuenta, es mi turno. Compro un gallo grande que me preparan en filetes y le digo que no tire la raspa ni la cabeza, pues hago con ellas un caldo que resucita a un muerto.

Martes. Malas fechas para corregir las pruebas de una novela, pero me pongo a ello y al cuarto de hora me olvido de que la novela es mía. Me atrapa como si no me la supiera de memoria hasta el punto de que debo ralentizar la velocidad de la lectura para que no se me escape ningún fallo. La novela se titula Que nadie duerma y saldrá en febrero, a finales. Sufrí y gocé mucho escribiéndola, todo a la vez. La gente no entiende esto: que el dolor y el placer puedan convivir hasta el punto de que no haya forma de destrenzar los hilos que pertenecen a uno y a otro. Quizá la escritura sea una de las múltiples experiencias que proporciona el masoquismo. En la lectura, sin embargo, solo encuentro placer, incluso en la lectura de mis propios textos, como me sucede ahora al corregir las primeras pruebas de Que nadie duerma. Sin embargo, cuando recuerdo que la he escrito yo, siento una especie de punzada en el estómago. Pero esta punzada, me parece, es de miedo. Haber escrito da más miedo que haber leído.

Miércoles. En la cafetería en la que desayuno hay una discusión que escucho mientras finjo leer el periódico. Los contendientes llevan chalecos reflectantes, como si trabajaran en una obra de los alrededores. Uno de ellos asegura que las drogas estarán siempre prohibidas y el otro que a no mucho tardar serán obligatorias.

–¿Obligatorias? –pregunta un tercero.

–Obligatorias. Si el mundo sigue así, serán obligatorias porque no habrá otro modo de soportar la realidad.

Vuelvo a casa dándole vueltas al asunto y llego a la conclusión de que llevaba razón el de la obligatoriedad. Seguramente solo falta decidir de qué tipo de drogas hablamos: ¿estimulantes, pasivizantes? Seguramente una mezcla de ambos. Estimulantes para la mañana y pasivizantes para la noche. Aunque aún no es mediodía, me tomo un ansiolítico para ver las cosas con mayor claridad.

Jueves. Llevo varios días enfrascado en la lectura de un libro fabuloso. Se titula Parásitos, su autor es Carl Zimmer y lo ha publicado Capitán Swing. Trata, como cabe deducir del título, del parasitismo, esa costumbre tan extendida en la naturaleza. A veces parece un cuento de hadas y a veces una novela de terror. Fíjense: hay un tipo de crustáceo que se mete en la boca de un pez, se come su lengua y ocupa su lugar. A partir de entonces el pez utiliza al crustáceo como lengua. Bueno, en realidad, no estamos muy seguros de quién utiliza a quién. Lo mejor de este caso es la simbología que esconde. ¿Cuántos no hablamos por lengua ajena? ¿Pelos de punta o no?

Viernes. Desde que leí la historia del crustáceo que se come la lengua del pez y ocupa su lugar, no hago más que tocarme la mía. La saco de la boca, la tomo entre los dedos índice y pulgar de la mano derecha y me pregunto si es propia o no. He de confesar que la mayoría de las veces me parece una prótesis. 

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