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Opinión / Papel mojado

La mejor novela de Stephen King

Fecha: 02/10/2017 Juan José Millás
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Lunes. Si Merkel fuera hermana de mi madre, sería mi tía y yo habría ido a merendar a su casa muchas veces. No me imagino comiendo ni cenando en su casa, solo merendando. La tía Merkel me daría magdalenas con chocolate espeso. Está la barrera del idioma, pero la hermana real de mi madre, mi tía Ambrosia, hablaba español y no nos entendíamos. Mi madre no eligió bien a sus hermanas. No fue capaz de adivinar la influencia que llegaría a tener en el futuro Merkel ni lo bien que nos habría venido a sus hijos tenerla por tía. Estas cosas las ves o no las ves y en mi familia nunca hemos sido de anticiparnos al futuro. Yo mismo, habiendo asistido al nacimiento del bitcoin, me reí de él. ¿Cómo vas a invertir, me dije, en una moneda que, además de no existir, carece del respaldo de toda la banca oficial? Me parecía más seguro el euro, con el que no he llegado a ningún sitio. Si hubiera comprado unos cuantos bitcoins en su momento, ahora sería millonario y no necesitaría recurrir a la tía Merkel cuando tengo un apuro.

En este momento de mi monólogo, mi terapeuta señala que Merkel no es mi tía, pero eso ya se lo había dicho yo nada más tumbarme en el diván. El caso es que ahora mismo son más rentables las cosas que no existen (mi parentesco con la canciller o el bitcoin) que las que existen.

-El problema –digo– es que el mercado de lo inexistente está muy disperso.

-Tan disperso como usted –señala mi psicoanalista antes de dar por acabada la sesión.
Martes. Después de comer, me puse a imaginar cómo sería matar a alguien, desangrarlo en la bañera, descuartizarlo, y esconder sus trozos en una maleta. Antes de cerrar la maleta, ya me había quedado dormido en el sofá. La digestión es enemiga del relato, aunque ella, en sí misma, es una novela en la que intervienen personajes tan raros como el Bífidus Activo. Cuando me desperté, volví al relato y acabé de cerrar la maleta para abandonarla en el portal de mi casa. Al día siguiente vino a detenerme la policía, pero yo había escapado por el balcón. Al alcanzar la calle, corrí a pedir auxilio a tía Merkel, que es hermana de mi madre.

-¿Qué has hecho? –preguntó al ver mi agitación.

-He matado, desangrado y descuartizado a alguien.

-¿A quién?

Entonces caí en la cuenta de que no había elegido a una víctima concreta, sino a “alguien” en general, un ser sin rostro en tiempos en los que el rostro es fundamental. De hecho, el iPhone 10 se desbloquea cuando te lo ve. Todo el relato se me vino abajo de repente. Tomé nota para hablar de ello en el taller de escritura.
Miércoles. En el taller de escritura, cuando estoy a punto de señalar la importancia del rostro en los personajes, un alumno me interrumpe para decir que quiere escribir la mejor novela de Stephen King.

-¿Y por qué en lugar de escribir una novela de Stephen King no escribes una novela tuya?

-Porque Stephen King me gusta más que yo –responde.

Me viene a la memoria un falsificador húngaro, muy famoso y ya fallecido, de nombre Elmyr de Ory. Este hombre era capaz de imitar el estilo de Picasso, de Modigliani, de Degas. Pintaba perfectamente a la manera de muchos artistas, pero carecía de un estilo propio. Existe la sospecha de que muchos de los cuadros que cuelgan de las paredes de los museos de arte moderno del mundo, atribuidos a los pintores mencionados y a otros, eran en realidad suyos. Murió en Palma de Mallorca.

Le digo al alumno que quizá Stephen King ya ha escrito su mejor novela, pero él insiste en su propósito y pretende que yo le ayude a realizarlo. Le digo que bien, que vale, que escriba unas primera páginas describiendo el rostro de un descuartizador.

-Me parece estupendo –afirma tras reflexionar unos segundos.

El mundo está loco.
Jueves. El dentista me abre la encía, separa sus partes, luego alcanza el hueso y excava en él una especie de tumba en la que entierra un material biotecnológico que acabará formando parte de mí. O sea, un implante. Vuelvo a casa con la mitad del rostro y de la lengua insensibles. Me muerdo y no me siento. Podría autodevorarme sin problemas. | Sigue leyendo.

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