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Opinión / Papel mojado

La mujer me guiña un ojo

Fecha: 30/12/2017 por Juan José Millás • Ilustración de Fernando Vicente

Una profecía es un ‘spoiler’. La lectura del genoma, que permite decir al médico a qué edad tendrás un infarto, es asimismo una variedad de lo mismo. 

Lunes. El término spoiler se ha instalado entre nosotros como si hasta su llegada no hubiéramos tenido un equivalente en español. Eso no significa que no hubiera destripadores que te contaban el final de la película que pensabas ver. Pero nadie decía “no me hagas un destripe”. El término destripar, en un país tan violento como el nuestro, solo tiene un sentido. Hemos ido demasiado al mercado, hemos visto como se eviscera un pescado o un cabrito. Hemos pasado una guerra civil en la que se pegaban tiros en la tripa. De ahí el éxito de spoiler, una palabra nueva, limpia, sin connotar, que no sabemos lo que significa en inglés, pero sí en español. Curioso.

Martes. A vueltas aún con el término spoiler, se me ocurre que a lo que se dedicaban los profetas en la antigüedad era precisamente a destriparnos el futuro. Una profecía es un spoiler. La lectura del genoma, que permite decir al médico a qué edad tendrás un infarto, es asimismo una variedad de lo mismo.

-El médico me ha hecho un spoiler. Moriré a los cincuenta, de un infarto, como mi padre, si no me tomo estas pastillas.

Las estaninas, en cierto modo, son remedios contra el spoiler de carácter clínico. No es más, en fin, que una cuestión de tiempo que la RAE incluya esta palabra en nuestro diccionario. Acabamos de hacer una profecía, un destripe, un spoiler.

Miércoles. Dijo el Papa que el diablo era una persona muy educada, de maneras suaves, seductoras. Parecía que estaba hablando de sí mismo. Precisamente estoy dándole vueltas a una obra de teatro cuyos protagonistas principales son Dios y Lucifer. Resulta que se reúnen en un apartamento para llegar a acuerdos sobre la marcha del mundo y Lucifer se comporta como Dios y Dios como el Lucifer. Tienen unos problemas de identidad enormes, de modo que se pasan la primera media hora de la obra intentando establecer quién es uno y quién el otro. Tuve en el colegio dos compañeros gemelos que discutían por ver quién era quién. Se llamaban Pedro y Ricardo, pero Ricardo quería ser Pedro y viceversa. ¿Dios y Lucifer son gemelos? ¿Es eso lo que nos quiso decir el Papa?

Jueves. Me escribe un lector de interviú pidiéndome un prólogo. ¿Un prólogo para qué?, le pregunto. Un prólogo en general, me responde. No ha escrito ningún libro ni tiene en perspectiva hacerlo, pero le gustaría disponer de un prólogo mío que sirviera indistintamente para cualquier género. Le digo que me gustan más los epílogos y responde que bueno, que se conforma con el epílogo. Le mando un padrenuestro y no vuelvo a saber nada de él.

Viernes. Me acerco a dar una vuelta por el tanatorio que tengo cerca de casa. Hacía tiempo que no iba. Al principio me resultaba excitante mezclarme con los deudos, pero se cansa uno de todo. De ahí la interrupción. Las capillas ardientes se encontraban a rebosar de vivos. El muerto, ya se sabe, permanece aislado, solo, aunque rodeado de coronas de flores, al otro lado de un cristal. Los vivos bullían, se abrazaban y se mezclaban entre sí como larvas en una gusanera. El 70 por ciento de los difuntos eran hombres, porque ese día habían muerto más hombres que mujeres, claro. Mientras iba de un lado a otro tomando nota mentalmente de los asuntos más interesantes, se me acercó una señora de negro.

-Hacía tiempo que no le veía por aquí –dijo tendiéndome la mano.

-Pues sí –dije yo respondiendo amablemente a su gesto.

A continuación me explicó que tampoco a ella se le había muerto nadie, pero que le gustaba la atmósfera de tranquilidad que se respira en esos lugares.

-¿Y cómo sabe que no se me ha muerto nadie? –pregunté.

-Hombre, eso se nota.

A continuación, me señaló a cinco o seis personas que estaban allí por gusto. Me dejó hecho polvo, pues siempre creí que era el único intruso. Al volver a casa, mi mujer me preguntó que de dónde venía.

-Del tanatorio –le dije.

-¿Has visto a algún conocido? –dijo ella.

-La verdad, no –dije yo.

Sábado. Se muere un amigo, lo que me obliga a volver al tanatorio. Nada más entrar tropiezo con la mujer de ayer, que me guiña un ojo en señal de complicidad.

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