Opinión / Papel mojado

La tabla de multiplicar

Fecha: 23/07/2010 Juan José Millás
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Gustavo Otero

En la mesa de al lado, un individuo pelirrojo confesó a una mujer rubia que a él le había costado más trabajo dejar de creer en Dios que dejar de fumar.
—Son cosas distintas –señaló la rubia.
—Bueno –respondió el pelirrojo–, Dios tiene también su nicotina y sus alquitranes, o sea, que crea dependencia.
En esto llegó mi gin-tonic de media tarde, cuyo primer sorbo puso en marcha los neurotransmisores adormecidos por el calor. La comparación entre Dios y el tabaco resultaba, desde luego, sorprendente, pero estimulante también, de modo que pegué el oído a la conversación entre el hombre y la mujer.
—A veces –decía ahora el pelirrojo–, del mismo modo que doy una calada furtiva a un cigarrillo, creo en Dios un momento y luego lo dejo.
—¿Pero cómo vas a creer en Dios a ratos? Eso es un disparate –protestó la mujer.
—Hay gente que solo cree en Santa Bárbara cuando truena –arguyó el hombre.
—Eso no es más que un refrán –dijo ella.
—Yo es que no me he quitado todavía de los refranes –dijo él–. Ni de los refranes, ni del café, y eso que el médico me ha dicho que deje cuanto antes las dos cosas.

Con el segundo sorbo a mi gin-tonic, comprendí que se trataba de un hombre que se estaba quitando progresivamente de todo (quizá un día se quitara de la vida), lo que no me pareció mal. Hasta un momento de la existencia (pongamos que hasta los 50), uno va acumulando hábitos, vicios, conocimientos, manías y años. Luego los va perdiendo. Lo que no se deja por voluntad propia, te abandona (los perros, por ejemplo, se mueren mucho antes que sus dueños). Total, que empezamos por el tabaco, seguimos por las grasas saturadas y luego dejamos de trasnochar o de tomar copas. O de creer en Dios, como el pelirrojo de la mesa de al lado… Hemos mencionado solo las cosas más evidentes. Pero se dejan también otras más difíciles de cuantificar. Yo, por ejemplo, ya no sé lo que he sabido. Se lo dije un día a mi psicoanalista:
—Daría cualquier cosa por saber lo que he sabido.
—¿Qué cosas que ha sabido ha dejado de saber? –preguntó ella.
—La lista de los reyes godos, por ejemplo –dije yo.
Recuerdo que me eché a llorar como un idiota en el diván al darme cuenta de que me había retirado de la lista de los reyes godos como me había retirado del tabaco. Sentí una nostalgia enorme de la lista, y de los cigarrillos.
—No llorará usted por los reyes godos –dijo mi psicoanalista.
—Por los reyes godos, no, por lo que representan.
—¿Y qué representan? –preguntó alargándome un pañuelo de papel para las lágrimas.
Dios mío, me pregunté, ¿qué representaba la lista de los reyes godos? Me acordé de otras listas igualmente importantes en mi vida. La de la compra, por ejemplo. Mi madre hacía unas listas de la compra que parecían poemas. Todavía las conservo. A veces, por la mañana, antes de ponerme a escribir, leo una o dos, para entrar en el estado de concentración adecuado. El día que pierda las listas esenciales no sé qué va a ser de mí.
—La lista de los reyes godos –dije al fin– representa un orden inmutable, como la tabla de multiplicar o el alfabeto

Mi psicoanalista se limitó a decir que había llegado la hora y salí a la calle conteniéndome las lágrimas, para no llamar la atención. El pelirrojo y la rubia de la mesa de al lado estaban logrando activar, como se ve, el recuerdo de algunos conflictos emocionales propios. Por cierto, que el pelirrojo, tras apurar el último sorbo de su whisky, dijo a la rubia:
—Ahora voy a intentar quitarme de ti.
—¿Te vas a quitar de mí como te has quitado del tabaco? –preguntó ella.
—Más o menos, aunque sin parches de nicotina –dijo él.
—¿Qué clase de parches utilizarás entonces? –añadió ella con un tono peligrosamente seductor.
—No hay parche capaz de sustituir la sustancia que tú me proporcionas –respondió él desesperado.
—Entonces –dijo ella–, vámonos al apartamento.
Pagaron, se levantaron y salieron. Calculé que el pelirrojo, tras lo sucedido, había vuelto a creer en Dios y que después de echar un polvo con la rubia volvería a encender un cigarrillo. Por mi parte, pedí otro gin-tonic y me puse a recitar mentalmente todas las listas que aún conservaba en la memoria. Me atasqué en la de las mujeres que no me habían querido.

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Comentarios recientes

  • abigail 23/09/2010 3:48

    no le entedi soy linda

    Comentario fuera de tono

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