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Opinión / Papel mojado

Lorca y la Thermomix

Fecha: 16/10/2017 Juan José Millás. Ilustración de Fernando Vicente.

Hay gente que nace de perfil y vive de perfil y de perfil muere. Deberían enterrarlos de perfil, en un ataúd estrecho. Digo yo.

Lunes. Por las tardes, cuando llevo una hora leyendo, más o menos, entro en una especie de trance que se parece al sueño, aunque jamás me duermo. Desde ese estado continúo leyendo sin perder el hilo del texto, pero como si lo hiciera desde otra dimensión de la realidad. A veces me desdoblo y me veo inclinado sobre el libro, como si mi cuerpo astral (en el caso de que eso exista) se hubiera separado del físico. Me veo ahí, en el sillón, con la mirada sobre el volumen, tratando de comprender lo que leo, que no siempre es accesible. Pero si parpadeo, cosa que he de hacer cada cinco o seis segundos, el cuerpo astral regresa asustado al físico y despierto del trance.

Martes. Hay gente que nace de perfil y vive de perfil y de perfil muere. Deberían enterrarlos de perfil, en un ataúd estrecho. Digo yo.

Miércoles. Voy por la calle sin meterme con nadie cuando se me acerca un individuo en chándal y me pregunta si quiero una pistola.

-¿Para qué necesito yo una pistola? –pregunto cortésmente, pues la calle está un poco desierta y el tipo me da miedo.

-Es buena –dice–, sin antecedentes. Por solo cincuenta euros.

-Es que yo soy escritor –le explico, no necesito una pistola–. Necesito una idea

-Muy gracioso –dice–, pero piénseselo, tiene todavía unos segundos. Por cincuenta euros, no me diga que no se va a animar a tener una pistola en la mesilla de noche. Si quiere se la vendo sin munición.

-¿Y para qué sirve una pistola sin munición?

-Pues para lo mismo que una estilográfica sin tinta. 

En ese instante pasa por la calzada un coche de la policía y aprovecho para alejarme del tipo, que huye en dirección contraria a la mía. En realidad, los dos huimos. Ya en casa, no hago otra cosa que pensar en la pistola. Casi puedo sentir su peso en mi mano derecha. Tal vez debería haberla comprado. Aunque fuera sin munición, lo que es casi como renunciar a escribir.

Jueves. En la fiesta de cumpleaños de mi hermano Ricardo irrumpe su exmujer, que no ha sido invitada. Llevan seis meses separados, pero no han llegado todavía a un acuerdo sobre el reparto de bienes de los que carecen. La situación es muy violenta para los presentes.

-¿Qué haces aquí? –le pregunta mi hermano.

-He venido a por la Thermomix –dice ella.

-La Thermomix la compré yo con mi dinero.

-Tu dinero era mi dinero porque vivíamos en régimen de gananciales.

-Pero tú no la querías. Me reprochaste que la comprara.

-Pero ahora no sé vivir sin ella. No te pediré otra cosa, pero la Thermomix es mía.

Los invitados, incrédulos ante lo escuchado, vamos retirándonos hacia los extremos del salón para que discutan sin testigos. Todos fingimos hablar, pero parloteamos sin sentido para disimular la vergüenza que sentimos por Ricardo y mi excuñada. Al final, tras un forcejeo verbal de diez minutos, mi hermano entra en la cocina y vuelve con la Thermomix, que le entrega de mala manera a su exmujer. Se trata de un aparato voluminoso y pesado, por lo que la exesposa abandona la casa un poco encorvada, como un muñeco de guiñol cuyo marionetista se duerme poco a poco. Tras una pausa, mi hermano se vuelve a los invitados y dice casi con lágrimas en los ojos:

-Ayer vino a por las obras completas de Lorca encuadernadas en piel.

La mezcla entre la Thermomix y Lorca me deja algo confuso. A partir de ese momento la fiesta languidece hasta que decidimos sacar la tarta y cantar el cumpleaños feliz.

Jueves. Se muere un viejo amigo en Granada. Consigo milagrosamente sacar una reserva para esta tarde, en el AVE de las 17,35. Me siento en el vagón enfadado. No se debería haber muerto aún. Teníamos planes para él. Para nosotros con él. En fin, no es que se vayan los mejores, es que se van de forma inoportuna. ¿Cómo me iré yo?

Llego a la estación del AVE con tiempo para tomarme un agua con gas. Voy triste, como un viudo. Observo a la gente de la barra tratando de deducir, por su expresión, a los que acuden a un entierro. Cuando voy a pagar los dos euros de mi consumición, la camarera me retira uno.

-Este para usted –dice–, es la hora feliz. 

Vaya –se me ocurre a mí.

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