Mi compañera de mesa
Fecha: 21/02/2011
Lunes. Suena el teléfono a las 10.00 am. Es Fermín, un compañero de colegio con el que tropecé hace poco en la calle, al salir de la consulta de mi psicoanalista, y que logró sacarme, en un momento de debilidad, el número de teléfono.
—Para avisarte cuando haya una comida de la asociación de antiguos alumnos –dijo.
Por fortuna, no me llama para comer. Dice que se ha muerto Ricardo Otero Sandoval (nombre supuesto) y que su cuerpo estará a partir de la 1.00 pm en el tanatorio de la M-30. Le digo que no sé quién es Ricardo Otero Sandoval y me refresca la memoria.
—¿Ese hijo de perra? –pregunto cuando logro recordar la cara del interfecto.
—A esas edades –dice Fermín conciliador– no se es ni malo ni bueno, se es un niño a secas.
—Hay hijos de perra desde los siete años, incluso antes, y Ricardo Otero Sandoval era uno de ellos.
—Además –añade–, y esto que quede entre nosotros, se ha suicidado. Su familia está hecha polvo.
Ricardo Otero Sandoval fue un psicópata desde su más tierna infancia. Tenía razones para suicidarse, lo raro, y lo malo para la humanidad, es que no lo hubiera hecho antes. De todos modos, no deja de sorprenderme que mi odio permanezca intacto después de tantos años. No he perdonado nada de lo que me hizo aquel cabrón. Por supuesto, no acudo al tanatorio.
Martes. Dedico la sesión de psicoanálisis a Ricardo Otero Sandoval, que en el infierno esté. Creo que ya dije que había abandonado el diván. Ahora hablo desde un sillón viendo la cara de mi psicoanalista, que también ve la mía. Le cuento el día en el que Otero Sandoval, en un campamento de verano, orinó sobre mi litera, para decir luego a todos que me meaba en la cama. Era verdad, me meaba en la cama, por eso me pasé la semana del campamento sin dormir, vigilando mi vejiga. Tanto esfuerzo para que aquel hijo de perra pusiera al descubierto mi debilidad. Casi se me saltan las lágrimas de rabia al recordarlo.
—¿Por qué le duele tanto todavía? –pregunta mi psicoanalista.
Me parece advertir en la pregunta un tono de censura, como si el hecho de no haber superado aquel episodio (y otros que me reservo) revelara que he madurado poco. Admito que soy poco maduro, digo, pero esta es mi condición, la toma usted o la deja. Odio a todos los cabrones del tipo de Otero Sandoval, los odio todo el rato y con idéntica intensidad. Nací odiándolos y me moriré odiándolos. Y si hay vida más allá, Dios no lo quiera, seguiré odiándolos si me encuentro con ellos. Mi psicoanalista calla. Yo también callo. Pasamos el resto de la sesión en silencio, hasta que ella dice: “Es la hora”. Me levanto y me voy y me meto en un bar y pido un gin-tonic y con el gin-tonic me tomo un ansiolítico muy suave, una especie de inductor del buen rollo. Al poco, la rabia comienza a desvanecerse de mi pecho como un tumor que se diluyera. Respiro mejor. El odio a los demás me hace más daño a mí que a ellos, pero no puedo remediarlo. Cuando odio, odio.
Miércoles. Acudo a una comida de gente de la profesión. La peña está deprimida por la falta de horizonte. Se comentan los últimos despidos de este medio o de este otro. Se mencionan nombres de periodistas conocidos que se han quedado en el paro. En el segundo plato, como la cabra tira al monte, aparece la política, se comentan las últimas encuestas y se habla de Egipto. A mi lado hay una mujer de unos cuarenta años con la que he coincidido en otras ocasiones, pero no sé muy bien quién es ni para qué medio trabaja. En un momento en el que el resto de los comensales se encuentra enfrascado en una discusión para mí incomprensible sobre el “mundo árabe”, ella hace un aparte y me pregunta qué pienso de la amniocentesis. Al observar mi gesto de sorpresa, explica que se trata de un método de diagnóstico prenatal. Le digo que sé lo que es, pero que no tengo opinión. Me informa de que está embarazada, su primer embarazo, y de alto riesgo, por la edad. No sé qué decir. Entonces ella me pide perdón y nos incorporamos a la conversación general. Vuelvo a casa con sentimiento de culpa, conmovido por el problema de mi compañera de mesa.






Comentarios recientes
A mí me pasó algo parecido. A través de la red social, los antiguos alumnos del colegio organizaron una comida, y entre ellos apareció un gilipollas que aborrezco, era y creo que es un cabrón, que espero que se haya arruinado en sus negocios (está arruinado). No pude remediarlo, y no fuí. Cual fue mi sorpresa cuando quedo para comer con no ex-alumno, si no amigo de verdad. Y me comenta, yo pasé de ir a esa cena. Que alivio...dije para mis adentros. Otra vez será...
Comentario fuera de tono
Casi es mi biografía. Y con lo de las redes sociales te topas con ellos, a veces queriendo en un chapucero intento de creerte tú mismo que sí has superado esas historias de colegio. Pero no, están grabadas a fuego en tu alma, y acabas comprobando que quien te hacía la puñeta entonces te la sigue haciendo igual. Lo curioso son las dinámicas de grupo, se vuelven a reproducir veinte años después.
Comentario fuera de tono