Opinión / Papel mojado

Nos pegan lo normal

Fecha: 02/11/2009 Juan José Millás
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Uno. Ese señor de Barcelona, Millet, ¿tendría conciencia de haberse corrompido o habría llegado a la conclusión

emocional de que su formación y su pertenencia a una buena familia le eximían del cumplimiento de las normas a las que está sujeta la generalidad (no confundir con la Generalitat)? Vaya usted a saber. Igual nos presentan al tal Millet en una cena y nos cae estupendamente por educado, por atento, por sencillo. Lo ves salir del juzgado un poco cargado de hombros, con las manos a la espalda y esa sonrisa de yo no fui y hasta te da un poco de lástima el sujeto. Quizá él mismo se pregunte cómo ha llegado a la actual situación. Por ejemplo, cuando liquidó las facturas de las bodas de sus hijas con un dinero que no era suyo, ¿sería consciente de que estaba robando? Tal vez, no, eh, tal vez el hombre había entrado en una dimensión diferente a aquella en la que vivimos el resto de los mortales donde la frontera entre lo tuyo y lo mío se había borrado a favor de lo mío. En caso contrario, ¿por qué iba a robar tanto dinero? No es que lo robara, es que tenía la impresión de que le pertenecía.

Dos. Cuando la corrupción es un ingrediente más de la atmósfera, resulta muy difícil detectarla. O sea, que viene un tipo, te regala unos trajes y te parece normal que te los regale porque al fin y al cabo tú eres presidente de esto o secretario de aquello. Y por eso mismo te regalan también un reloj de 20.000 euros. Es que a lo mejor llega un momento en el que si no te lo regalan te cabreas. Pero bueno, ¿esta gente no se ha dado cuenta de que soy subsecretario?

—Tenga usted este bolso de Louis Vuitton.

—Ya era hora, amigo.

Tres. Si fuera cierto que los corruptos no tuvieran conciencia de haber estando haciendo algo feo, su sorpresa, al verse imputados, tiene que resultar mayúscula.

—Pero si yo he hecho lo normal, señor juez.

Póngase usted en la piel de un corrupto ingenuo que al que de repente colocan unas esposas y comprenderá lo que tratamos de decir. Menos mal que en estos casos suele funcionar la solidaridad de clase. Quiere decirse que si usted ha robado sin darse mucha cuenta de que robaba y tiene la suerte de pertenecer a la misma clase social que el juez al que le ha tocado su expediente, este magistrado buscará el modo de que no vaya usted a la cárcel, o de retrasarlo al menos. Enhorabuena, Millet.

Cuatro. Por eso mismo, para que todos estuviéramos en igualdad de condiciones frente a la ley, debería haber jueces pobres, de clase media y ricos. Nos consta la existencia de jueces de clase media y ricos, pero no de jueces pobres, lo que coloca en inferioridad de condiciones, frente a la justicia, a la población más desfavorecida. Si usted es un indigente y roba una lata de anchoas, tiene muchas probabilidades de ir a la cárcel sin fianza. ¿Por qué? Porque los jueces no se identifican con usted con la facilidad con que se identifican, por ejemplo, con Camps o con Millet. Al contrario, lo ven a usted como una amenaza porque no viste como ellos ni se peina como ellos ni lleva el perfume que llevan ellos. En cambio, esos mismos jueces que le mandarían a usted a la trena sin dudar, se encuentran frente a un semejante, es decir, frente al alguien vestido por el mismo sastre que ellos y que come en los mismos restaurantes que ellos frecuentan, y se dicen: ¡ostras, tú, somos iguales! Y ahí es donde aparece la solidaridad de clase. Por eso, insistimos, debería haber jueces pobres y jueces indigentes para juzgar a los ladrones indigentes y pobres. Es una cuestión de justicia.

Cinco. Por otra parte, lo cierto es que la corrupción, cuando el ambiente no está limpio, resulta casi imposible de detectar. Por ejemplo, ¿es corrupción el espectáculo al que llevamos asistiendo desde hace meses en torno a Caja Madrid? Quizá sí, porque no se puede armar ese lío para buscar a un señor o a una señora que presida esa institución. En una atmósfera limpia, ese asunto echaría para atrás a cualquiera con un olfato un poco sensible. El espectáculo de ese grupo de personas que se pelean por la Caja como por una herencia, mientras sus beneficios caen en picado y los impositores huyen en tropel, es un espectáculo de corrupción total. Pero no lo percibimos, mire usted, porque la atmósfera está irrespirable. Es como aquella señora que estaba convencida de que su marido la pegaba lo normal. Pues eso, que a los ciudadanos corrientes y molientes nos vienen pegando lo normal desde hace ya mucho tiempo. Iríamos al juzgado de guardia, para poner una denuncia, pero quizá no nos tocara un juez de nuestra clase.

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