Opinión / Papel mojado

Parálisis faríngea

Fecha: 26/01/2012 Texto: Juan José Millás
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Ilustración: Gustavo Otero Ilustración: Gustavo Otero

Lunes. Deduzco, leyendo un libro de física, que la materia apareció cuando la energía no podía más. Una especie de apretón intestinal, en fin; un estallido neurótico, si lo prefieren. Quizá, mejor, un brote psicótico. Me gusta esto: la materia como la versión loca de la energía, de ahí nuestros trastornos de carácter. Aquí el universo y aquí un amigo. Pienso, durante el insomnio, en las relaciones entre la energía y la materia e imagino a los planetas como gigantescas cagadas de una energía con problemas de estreñimiento. Estreñimiento me remite a extrañamiento y desde el extrañamiento viajo a la Luna, donde pongo pie a eso de las tres de la madrugada, hora española. En la Luna es el momento del crepúsculo. Me adormezco.

Martes. Solo en casa, suena el teléfono. Lo cojo.
—Diga –digo.
—Usted perdone –dice una mujer al otro lado–. Le voy a pedir un favor: no me cuelgue enseguida.
—¿Qué vende? –le pregunto.
—No vendo nada, es que estaba aquí, angustiada y sola, y no tenía a quién llamar. He marcado su número al azar.
Un concurso televisivo, pienso, quizá un programa de radio, pero no cuelgo, que es lo que hago habitualmente. Hay en la voz de la mujer un toque de ansiedad difícil de fingir.
—¿Qué puedo hacer por usted? –digo.
—Nada –dice ella–, estar ahí. Mientras usted siga ahí no me pasará nada.
—¿Y qué le ocurriría si me voy?
—Que regresaría el síntoma.
—¿Qué síntoma?
—Verá, solo me ocurre cada cuatro o cinco meses, pero es muy angustioso. Estoy tan tranquila, viendo la tele, cocinando o limpiando, da lo mismo, y me ataca la sensación de que se me ha paralizado la faringe y que no puedo hacer con ella el movimiento de tragar. La saliva se me acumula en la garganta y he de abrir mucho la boca, para respirar. Pero si hablo con alguien se me va pasando poco a poco.
—¿Ha ido al médico? ¿Qué le han dicho?
—No lo saben, no tienen ni idea de qué es.
Cuando estoy empezando, por identificación, a tener problemas para tragar saliva, ella dice que bueno, que ya se encuentra más tranquila, que quizá pueda colgar y dejar de molestarme. Le digo que no, que ahora soy el que necesita de sus servicios, de modo que seguimos hablando un rato y resulta que es guardia civil.
—¿Guardia civil? –pregunto perplejo.
—Sí, qué pasa –responde un poco molesta.
—Nada, mujer, que no es fácil imaginar una guardia civil con un ataque de ansiedad.
—Pues los tenemos.
—Vale.
—Vale.
—Adiós.
—Adiós.
Cuando cuelgo se me ha pasado el síntoma, pero se queda uno con el miedo al síntoma. Parálisis faríngea, como si yo necesitara ideas para sufrir.

Miércoles. Como fuera de casa, con un amigo, y tras el postre me apetece un café (normalmente tomo una infusión). Pido un descafeinado e insisto al camarero en que sea descafeinado. Si a la poca calidad de mi sueño le añado un café después de comer, esa noche no pego ojo. Lo cierto es que me lo tomo con aprensión y cuando me meto en la cama parece que me he tomado un estimulante. Me cago en el café. Tras viajar tres o cuatro veces de forma imaginaria a la Luna y vuelta, a eso de las tres de la madrugada, me enchufo a la radio. Un hombre que acaba de llamar al programa está contando que un día, en el duermevela, vio a tres o cuatro personas cuchicheando a los pies de su cama. En un momento dado, una de ellas se acercó y le metió una palabra en la cabeza. Eso ocurrió hace años y nunca ha conseguido recordar de qué palabra se trataba, pero asegura que a partir de entonces ha gozado siempre de una paz interior enorme. Una palabra tuya bastará para sanarlo, le dijo un centurión, cuyo criado estaba enfermo, a Cristo. Es al menos lo que recuerdo de mi lectura de los Evangelios, hace mil años. Lo que no recuerdo es si Cristo se la dio o no, ni de qué palabra se trataba. En todo caso, hay palabras que sanan y palabras que matan. Seguramente, hay también palabras que duermen, pero no sé cuál me dormiría a mí, de modo que me levanto y me tomo un somnífero del que me arrepentiré mañana, cuando me sienta torpe y no sea capaz de juntar una palabra con otra.

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