Quiero ser obispo, por ejemplo
Fecha: 26/08/2010
Ilustración: Gustavo Otero
Necesito, se dijo, que suene el teléfono ahora mismo y que me den una buena noticia. Alfredo, así se llamaba, por ejemplo, había pasado una muy mala noche, de las peores de su vida (habiéndolas habido atroces), una noche llena de pesadillas cortas y sucesivas, como uno de esos libros de cuentos de terror en el que el final de cada uno te empuja a leer el siguiente. Por alguna razón, al despertar pensó que era viernes (el día, para él, menos doloroso de la semana), cuando en realidad era domingo (el que más daño le hacía). No se dio cuenta de que era domingo hasta que llegó a la marquesina del autobús y la encontró vacía. Apenas había gente por la calle, y ningún coche circulando a esa hora, por lo general, de tráfico intenso. Tuvo el típico pensamiento de la explosión nuclear que no destruye los edificios ni las calles, la bomba que mata a las personas, pero que respeta la arquitectura. Quizá él y los escasos transeúntes eran los únicos supervivientes de aquel ataque.
Rechazó enseguida la idea, por tópica. Después hizo memoria, hizo cuentas y advirtió que era domingo. Los domingos se levantaba muy tarde, para acortar la jornada, pero había saltado de la cama a las 6.45 de la mañana, como cualquier día laborable, y apenas eran las ocho. Estaba duchado, afeitado, despierto, estaba tan Alfredo como una jornada cualquiera de trabajo. La perspectiva resultaba insoportable. Regresó a casa, se desnudó (no podía desducharse ni desafeitarse) y volvió a meterse en la cama con resultados catastróficos. No sólo no podía dormirse, sino que estaba despierto de un modo extraño. Estaba, podríamos decir, hiperdespierto, lo que proporcionaba a sus sentidos una sensibilidad también exagerada. Vio que todo era inútil, que aquella habitación era inútil, que su vida era inútil. ¿Pero inútil comparado con qué?, se preguntó a sí mismo.
La angustia lo arrancó de la cama. Puso la televisión, pero la apagó enseguida porque le pareció un aparato emisor de ansiedad, lo mismo que la radio, la tostadora o el microondas. Pensó que no había salvación sin saber muy bien tampoco en qué habría consistido salvarse. Fue entonces, en medio del salón de su casa, mientras sujetaba el mando de la tele como un suicida habría sostenido una pistola, cuando le vino a la cabeza la idea de que todo se arreglaría si recibiera en ese instante una buena noticia. Una buena noticia le compensaría de la atroz sensación de vacío dominical.
Desvió la vista hacia el teléfono diciéndose va a sonar, va a sonar, va a sonar ahora mismo y alguien va a preguntarme si soy Alfredo Gómez Sanchís, yo le voy a contestar que sí, y la voz, desde el otro lado de la línea, me va a comunicar que me han otorgado el premio Nobel de Química. Pero si tú no eres químico, se decía Alfredo a sí mismo. No importa, se respondía, qué más da, por qué no hacer una excepción. El teléfono continuaba mudo. Entonces, rebajando la exigencia anterior, se dijo: va a sonar y alguien me va a informar de que soy, por fin, obispo. Pero si ni siquiera eres sacerdote. ¿Y por qué ha de ser todo tan rígido, por qué tanto escalafón y tanta historia? Además, ¿no creemos en los milagros? ¿Qué mejor milagro que el que yo sea obispo? Y tampoco. Está bien, está bien, entonces va a sonar el teléfono y me van a notificar que acabo de ser abuelo. Pero si no tienes hijos, etcétera.
Y así Alfredo fue imaginando las buenas noticias que era capaz de concebir, cada una de distinta naturaleza. Primero las imaginó de pie, después sentado en el sofá, donde se quedó milagrosamente dormido. Despertó al mediodía y se dijo: Bueno, ya queda menos domingo por atravesar, menos desierto por consumir. Entonces percibió algo extraño en el ambiente. Quizá los ruidos de las casas vecinas, tal vez el ajetreo que llegaba de la calle. La atmósfera, en general, no era de domingo. No parece domingo, se dijo desconcertado. Fue a la cocina, estudió el calendario y descubrió que era viernes, su día preferido. ¿Qué hago en casa entonces? ¿Por qué rayos no estoy en el trabajo? ¿Qué me pasa?
Llamó a la oficina para pedir disculpas. Luego se vistió a toda prisa y salió corriendo a la calle, en busca de un taxi que halló enseguida. Mientras se dirigía al despacho observando el tráfico de aquel día laborable intentaba, por un lado, averiguar qué le había ocurrido para tener aquel despiste; por otro, imaginaba nuevas excusas para justificar ante sus superiores aquella anomalía. No advirtió, en su atolondramiento, que la buena noticia que había esperado con desesperación se había hecho realidad: por fin era viernes.


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