Opinión / Papel mojado

Sólo me identifico con las desgracias

Fecha: 20/08/2010 Juan José Millás
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Ilustración: Gustavo Otero Ilustración: Gustavo Otero Ilustración: Gustavo Otero

Me mata esta tendencia patológica a ponerme en el lugar del otro. La empatía, como el colesterol, tiene dos índices, uno bueno y otro malo. Y deben estar equilibrados. Yo sufro un exceso de empatía mala. Leo, por ejemplo, que Sarah Ferguson está en la ruina, y al rato, sin comerlo ni beberlo, me he convertido en ella. Ahí estoy, mírenme, dándole vueltas a cómo salir de la miseria. Debo más de seis millones de euros y estoy poniendo en un compromiso, con mis actuaciones, a la monarquía británica. Dirá usted que qué me importa a mí esa monarquía, pero si el futuro de sus hijos dependiera de la buena marcha de la corona inglesa, también a usted le daría vergüenza haberse comportado como una choriza durante los últimos años. En la medida en la que soy Sarah Ferguson, me odio. Estoy rodeada de lujos, sí, y puedo ir cuando me dé la gana a La noria para sacar una pasta. Pero con la pasta que le saco yo a Jordi González no pago ni el 3 por ciento de los intereses de los seis millones de euros.

De súbito, caigo en la cuenta de que Sarah Ferguson habla consigo misma en inglés, mientras que yo lo estoy haciendo en español. Mis conocimientos de inglés no me permiten mantener un monólogo complejo en la lengua de Shakespeare, así que no sirvo ni para Sarah Ferguson. Si no sirvo para ser una nuera de mierda, con perdón, de la reina de Inglaterra, es que no sirvo para nada, ni para ser Juan José Millás, que no tiene deudas, pero que está lleno de conflictos existenciales. Para sufrir determinados conflictos existenciales hay que poseer cierto talento, y saber idiomas. Entonces imagino que sigo siendo Sarah Ferguson, pero que no sé inglés. ¿En qué otro idioma podría hablar consigo misma la ex del príncipe? Ni idea. La situación, como ven, se complica a medida que la empatía mala crece. Y lo cierto es que crece, pues cuantas más dificultades mentales se me plantean para ser Sarah Ferguson, más me empeño en ello.

En esto, el teléfono me saca de la situación. Es mi psicoanalista, para suspender la sesión de esta tarde por razones que no me explica. Cuelgo e imagino, sin venir a cuento, que un hijo suyo ha caído enfermo y lo han tenido que llevar al hospital. Casi sin darme cuenta, me pongo en la piel de mi psicoanalista y me veo acudiendo al sanatorio para permanecer al lado de mi hijo moribundo. He de pasar la noche entera allí, vigilando el nivel de los líquidos de las botellas a las que permanece enchufado. En la cama de al lado agoniza, presa de unos dolores espantosos, una chica joven a la que administran morfina cada dos horas. La morfina le entra a través del suero, de modo que a eso de las cuatro de la madrugada desenchufo el catéter de su vena y lo aplico durante unos segundos a la mía. La morfina me hace efecto enseguida y comienzo a contemplarlo todo con más distancia. Me doy cuenta, en fin, de que no soy mi psicoanalista, pero tampoco me acuerdo muy bien de quién soy en realidad. Haciendo un esfuerzo, caigo en la cuenta de que era, hasta hace un rato, Sarah Ferguson, la ex nuera de la reina de Inglaterra, lo que me tranquiliza por unos instantes. Tengo una deuda grande, sí, pero conozco a personas influyentes que me echarán una mano.

Ahora bien, si soy Sarah Ferguson, ¿no debería ser una mujer? ¿Por qué entonces soy un hombre? Porque no eres Sarah Ferguson, imbécil, eres Juan José Millás, me dice una voz interior. ¿Y quién es Juan José Millás?, pregunto. Tú sabrás, dice la voz. El desconcierto me hace volver a la realidad a cien por hora. En efecto, soy Juan José Millás, es martes, y estoy en mi cuarto de trabajo, leyendo la prensa. En las páginas de Sociedad he tropezado con la noticia de la Ferguson y he caído, víctima de la empatía mala, en un movimiento de identificación que me ha hecho perder la noción del tiempo y del espacio. Recuerdo vagamente que en algún momento de esa vida sonó el teléfono. Era mi psicoanalista, para suspender la sesión de esa tarde. Pero no estoy seguro de que el teléfono haya sonado en realidad. O quizá era la psicoanalista de Sarah Ferguson. En tal caso, debo acudir a sesión, como todos los martes. Es lo que hago. Cojo el coche, lo aparco, por suerte, a la puerta misma de donde atiende, abro el portal, entro, tomo el ascensor, llamo al timbre una vez, dos veces, tres… Espero y no aparece nadie. Vuelvo a la calle desalentado, me meto en el coche y conjeturo que quien llamó para suspender la sesión fue mi psicoanalista y no la de la Ferguson. Arranco, enciendo la radio y están diciendo que Julia Roberts va a recibir el Premio Donostia de este año. Intento ponerme en su lugar, pero no me sale porque sólo me identifico con las desgracias.

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