Una erección de origen dudoso
Fecha: 22/10/2010
Una erección de origen dudoso
Cuando mi psicoanalista me preguntó que de dónde me venía la afición a las pastillas, recordé una escena de infancia en la que mi madre le decía a una amiga que si en su tiempo hubiera habido pastillas anticonceptivas, no habría tenido ni la mitad de hijos que había traído al mundo. Hice cuentas y comprobé que yo pertenecía a la mitad maldita, lo que me hundió en una perplejidad indolora. Le conté el recuerdo a mi psicoanalista y luego añadí:
—Quizá me mato a base de pastillas para compensar la ausencia de aquella que habría evitado mi nacimiento.
A mi psicoanalista le pareció una asociación correcta, aunque algo retórica (a mí también).
—Pruebe otra cosa –dijo.
—Veamos –apunté ahora acomodándome en el diván–, tomo pastillas porque las pastillas son la versión farmacéutica y adulta de los elixires de los cuentos infantiles.
—¿Y para qué necesitaría usted un elixir?
—No sé, para volar, o para volverme invisible, o para adquirir algún otro tipo de poder.
–De modo –dijo ella– que de un lado toma usted pastillas para matarse, cumpliendo así el deseo de su madre de no haberle traído al mundo, y, de otro, las toma para convertirse en un ser casi omnipotente. ¿No tiene términos medios?
—Bueno –dije atónito–, a veces las tomo solo para el dolor de cabeza.
—Evite las obviedades, por favor, habíamos llegado a un punto interesante.
—¡Está bien, está bien! –concedí–, las tomo para una cosa y para su contraria. ¿Qué hay de raro en eso? ¿Acaso no nacemos para morir?
—¿Pero por qué se enfada?
—No me enfado, es mi carácter.
Permanecí en un silencio rencoroso durante unos minutos al cabo de los cuales le pregunté si me podía facilitar un vaso de agua para tomarme una pastilla.
—¿Qué clase de pastilla? –dijo ella.
—No sé, una cualquiera –dije yo–, llevo varias.
Eché mano al bolsillo y saqué un puñado de pastillas de diversos colores y tamaños.
—Antes –añadí– averiguaba para qué servían unas y otras, ahora me da igual, me echo a la boca la primera que pillo, sin saber si se trata de un somnífero o de un antiespasmódico. Es mejor no saber. Hago lo mismo con los libros.
—¿En qué sentido?
—Les he quitado las tapas, para no saber si lo que abro es una novela o un ensayo, ni de qué autor.
—Ya –dijo ella.
—¿Ya qué? –pregunté yo.
—Que no quiere usted saber ni lo que lee ni lo que toma.
—Así es.
—¿Y lo de no saber lo que lee guarda también alguna relación con su madre?
—Con mi padre más bien. A veces entraba en mi cuarto, cogía al azar uno de mis libros, lo abría por la mitad, leía tres o cuatro páginas y volvía a dejarlo donde estaba.
—¿Por qué cree que hacía eso?
—Para comunicarse conmigo. Pensaba que leyendo las cosas que había leído yo previamente me entendería mejor.
—¿Y le entendió mejor?
—No, pero se entendió mejor a sí mismo, porque a veces entraba y me decía: “Dame un libro cualquiera”, y yo le daba uno al azar. Empezó a encontrar en mis libros algo que le conectaba consigo mismo.
—¿Y usted cree que si lee los libros al azar le ocurrirá lo mismo que a su padre?
—Tal vez.
—¿Y que si toma las pastillas al azar a lo mejor adquiere superpoderes?
—O me muero, depende de lo que tome. Y de lo que lea.
Mi psicoanalista dijo que ya era la hora y me levanté preguntándole si me daba o no me daba el vaso de agua. Me dijo que no. Le pedí entonces que me prestara un libro cualquiera, pues tenía que hacer tiempo en una cafetería, y dijo que tampoco. De modo que salí, me metí en el bar de la esquina y pedí un gin-tonic con el que me tomé una pastilla rosada mientras leía un periódico atrasado. Al poco, tuve una erección, no sé si por la pastilla o por el periódico.






Comentarios recientes
Con relatos asi da gusto leer, gracias por hacerme reir, en una tarde tediosa
muchas gracias y sigue escribiendo asi aqui en el Pais, donde sea.
Comentario fuera de tono
maravilloso Millás, como siempre
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