Opinión / Papel mojado

Va a llover

Fecha: 07/05/2010
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Salí a pasear cuando el cielo anunciaba tormenta. La tarde había adquirido un color que me sobrecogió al pisar la calle. Estuve a punto de volver a casa, pero algo me empujó a seguir adelante. Recorrí unos metros con la impresión de que estaba sucediendo algo extraño fuera, pero también dentro de mí, pues era capaz de percibir sucesos que en situaciones normales nos pasan inadvertidos. Así, me pareció que en la conmoción de las hojas de los árboles, impulsadas por el viento, había alguna intención. Quizá llevaban días esperando una tormenta de aire para manifestarse. El viento funcionaba al modo de una garganta prestada. Como no tenían ni idea de cuánto iba a durar, los árboles se decían las cosas de forma apresurada, quitándose la palabra unos a otros. Las ramas se agitaban espantadas, como si se anunciara una catástrofe.

Continué caminando. A cada paso que daba aumentaba mi nivel de conciencia, como si hubiera ingerido alguna droga. La droga era la tormenta, era el color del cielo, era el viento, eran las ramas de los árboles. Mi percepción había alcanzado tal categoría que podía reparar al mismo tiempo en el pájaro del poste telefónico y en la señora que retiraba la ropa de la terraza por miedo a que lloviera. Al poco pasé junto a un coche bien aparcado en cuyo interior había una señora que parecía muerta. Se encontraba en el asiento del conductor, con la ventanilla bajada; tenía la boca completamente abierta y el rostro exangüe. Di una vuelta a la manzana, para pasar por el mismo sitio, y esta vez me pareció que estaba dormida. Pensé (de manera retórica) que quizá yo había entrado en una dimensión en la que las cosas podían suceder y no suceder, es decir, que tal vez la mujer estuviera muerta y viva de forma simultánea. En una de las vueltas a la manzana escuché el zumbido de una ambulancia que se detuvo junto al coche, del que los camilleros sacaron el cadáver de la mujer. La siguiente vez que pasé junto al automóvil continuaba sin embargo dormida.

escapar de aquella especie de bucle, cambié de acera, enderecé mi recorrido y di a parar en una calle que no conocía, pese a encontrarse en mi barrio. Era muy hermosa, como si estuviera pintada. La tormenta de aire se manifestaba en ella en forma de pequeños remolinos que agrupaban junto a las ruedas de los coches aparcados las hojas desprendidas de los árboles. Aquellas hojas parecían restos de una conversación rota. Habían muerto, como el que dice, hablando. Todavía, impulsadas por el aire, giraban sobre sí mismas como lenguas que no se resignaban a callar. ¡Qué intensidad tenía todo!

En la primera esquina de aquella calle había uno de esos muebles urbanos que contienen bolsas de plástico para recoger las cacas de los perros. Y junto al mueble había una anciana sin perro extrayendo una bolsa detrás de otra. Lo hacía sin prisas, pues encontraba cierto placer en alisarlas antes de colocarlas junto a las ya obtenidas. Pensé al principio en un acto incívico, pero advertí enseguida que la anciana creía haber dado con un objeto mágico que proporcionaba de manera incansable pequeñas bolsas de plástico negras a los viandantes. Me detuve a contemplarla y me invitó a que yo mismo tomara una bolsa, cosa que hice.
—Parece magia –dije.
—Es magia –dijo ella–. Ya lo ve, gratis.

tenía esa edad en la que se asocia lo gratuito con lo mágico. Guardé la bolsa mágica en el bolsillo del pantalón y continué andando. Entre tanto, el viento había agrupado sobre nuestras cabezas unas nubes cuya expresión, me pareció, era de mal humor. Jamás hasta ese día había sido capaz de percibir el estado de ánimo de las nubes. Creía que eran neutras, pero no. A estas que digo les había ocurrido algo. Decidí tomar el camino de casa, por si las cosas se pusieran feas, y pasé junto a una adolescente muy menuda, muy frágil, que tenía el aspecto de una libélula. Llevaba de la correa a un perro diminuto, perfectamente adaptado a su tamaño, que me ladró al pasar. La adolescente me sonrió con gesto de disculpa.
—No hace nada –dijo.

No podía hacer nada, ya digo que se trataba de una miniatura de perro que se aplacó cuando me agaché para acariciarlo. Mientras lo acariciaba hizo una caca que recogí con la bolsa mágica que había guardado en el bolsillo, pues la chica no tenía. Le di la bolsa mágica, para que hiciera con ella lo que quisiera, y continué mi camino. Al entrar en casa mi mujer me preguntó que qué tal y le dije que bien. Va a llover, apuntó ella.

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Comentarios recientes

  • jimena 13/05/2010 19:39

    bueno bueno

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  • angeloibz 13/05/2010 18:11

    Sr. Millás, me gustan mucho la mayoría de sus artículos. Por otro lado, me podría decir qué fuma?

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  • Maite Pérez 13/05/2010 11:03

    Es un placer leer a este escritor.

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  • Juan José 10/05/2010 18:50

    Mi tocayo Millás ha escrito un artículo fantástico: qué habilidad la suya para hacer literatura de lo más trivial y sencillo. Genial.

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