Opinión / Papel mojado

Ya es la hora

Fecha: 21/06/2010 Juan José Millás
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Ilustración: Gustavo Otero

Le cuento a mi psicoanalista el caso de una mujer, Myriam Reynolds, que ha alquilado su útero a otra que no podía tener hijos. La propietaria de la matriz arrendada muestra, en una entrevista, su pesadumbre por el avance de la expresión madre de alquiler. A ella le gusta más gestante subrogada. Me recuerda un chiste en el que alguien se lamentaba de que dijéramos pilícula pudiendo decir flim. El periódico donde he leído la noticia trae la foto de la gestante subrogada, que es guapa y un poco gordita. Parece feliz junto a su marido, un tipo atractivo también, muy alto y, en apariencia, cariñoso. Tienen dos hijos propios y ella ha subrogado ya en un par de ocasiones su útero. La subrogación, como ustedes saben, consiste en introducir en la matriz de la madre falsa un óvulo, previamente fecundado en una probeta, de la madre verdadera. La herencia genética del bebé resultante es la de la madre y el padre biológicos.

Me suena raro decir madre verdadera para referirme a la dueña del óvulo. ¿Es más madre la que aporta la semilla que la que pone el útero? Mi psicoanalista calla. En la entrevista, Myriam Reynolds afirma que ella no se subroga por dinero, aunque tampoco lo haría gratis. ¿Se trata de una respuesta simplemente astuta o hay en ella algo digno de ser escuchado? “El dinero –añade enseguida–, ayuda, da claridad a la relación con los padres”. Me gusta esta respuesta. El dinero establece, en cierto modo, las reglas del juego. Coloca a cada uno en su sitio. El dinero otorga a quien paga el estatus de padre o madre. Soy la madre de este niño porque pagué por el útero en el que se desarrolló. Imaginemos el caso contrario: una mujer compra en el mercado un óvulo de otra, previamente fecundado también, y se lo implanta en su propio útero. ¿Quién es la madre ahí? La del útero, desde luego. Para eso ha hecho un desembolso.

La crisis contamina todas las secciones del periódico. Da igual que estés en Cultura o en Necrológicas que en Mercados. Como una mancha de humedad, la crisis aparece en los lugares más insospechados de la vida. Me demoré en la entrevista con la madre de alquiler porque no se mencionaba en ella la crisis. En cierto modo, era un oasis dentro del diario. Un oasis raro, desde luego, un oasis biológico, podríamos decir. De súbito, tengo la certidumbre de que convivimos con los temas clásicos de la ciencia ficción sin ser conscientes de ello. En el momento de la entrevista, Myriam y su marido se encuentran en España para asistir a unos seminarios sobre gestación subrogada. Quiere decirse que se trata de un asunto que ha entrado ya en la existencia cotidiana. Se podría escribir con él una novela realista, incluso costumbrista. Mi psicoanalista continúa callada. ¿Se habrá dormido?

Las tarifas de los úteros de alquiler, continúo, oscilan entre los 15.000 y los 21.000 euros. Tiene uno la tentación de dividir estas cantidades entre los nueve meses que dura el embarazo, para compararlas con el precio de un apartamento. Yo viví hace años en un apartamento que acabó adquiriendo las características de un útero. Entré en él como un tipo neutro, ingenuo, confiado, y salí como un hombre maduro. Me hice mayor, en el peor sentido de la palabra. Se trataba de un apartamento muy pequeño, con las paredes húmedas. Dado que estaba abuhardillado, solo podía permanecer de pie en la parte central. Viví por tanto muchas horas en posición fetal, notando cómo mis células mentales se dividían y se especializaban. Pasé de embrión a feto y de feto a hombre en los dos años escasos en los que lo ocupé. Y yo pagaba el alquiler con el sudor de mi frente. Quiere decirse que el padre de aquel engendro en el que me convertí era yo. Se lo digo a mi psicoanalista.

—Yo también viví en un útero de alquiler.
—¿Y eso? –dice ella.
Le explico lo del apartamento, lo de la posición fetal, lo de mi transformación.
—En realidad –añado–, la vida consiste en pasar de un útero a otro.
Ella no dice nada. Permanecemos en silencio los dos. Este diván, me digo, es otra matriz. Me gusta utilizar matriz como sinónimo de útero. La matriz, además de una víscera hueca, es un molde. La vida entera es un molde al que nos vamos adaptando. El diván de mi psicoanalista es un útero de alquiler donde me cuezo a fuego lento. Un día seré expulsado de él convertido en otro.
—Pienso en usted como una madre subrogada –digo.
—No sé lo que quiere decir –añade ella–, pero me lo explicará el jueves que viene, porque ya es la hora.

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