Opinión / Por la cara

‘Catherine Tramell’ en Madrid

Fecha: 25/06/2012 Texto: Ángel-Antonio Herrera
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Ha estado en Madrid Sharon Stone, y se ha hospedado en el Palace, bajo el nombre de Catherine Tramell, la rubia sin bragas de Instinto básico. Yo no sé si esto es un truco para que no te localicen o para que te localicen, porque ya me dirán ustedes si no es un morbo de tentación que una habitación se reserve con ese nombre. No sé cómo no hubo cola de romería a la puerta de su suite. De modo que la Stone no se ha olvidado de Tramell, y nosotros tampoco. Sé que cenó en El Paraguas, un fino restaurante recoleto que a mí me descubrió Terelu Campos, y luego se plantó, al alegre copeo, en una terraza vip de la plaza de Santa Ana, donde el personal flipaba. Llevó escueto trapo negro de esos que parece que se han echado el dorado desnudo por encima. Si yo me entero en su momento, me pasó por allí con Luis Eduardo Aute, porque somos enamorados de esta bigarda. Me ha dicho el triunfante Jorge Javier Vázquez que él no estuvo ahí, porque le han señalado de anfitrión, pero yo, en su caso, no habría desmentido nunca que no pasé una noche con la Stone, aunque la noche durara solo un cubata, y no fuera en el Palace. Sharon Stone fue Catherine Tramell, cuando aquello de Instinto básico, y luego se ha encumbrado como la Stone, una pulcra alfarería de más de medio siglo que reaúpa el modelo de la distinción femenina de la escuela eterna, entre Audrey Hepburn y Grace Kelly, pero con más tetas, aunque no muchas.
 

No resulta irónico para ella el galardón de rubia de Hollywood, sino quizá todo lo contrario. Ha acertado insolentemente con el pelo corto, despeinado de sofisticación. Esos vestidos de noche que se enfunda son un lujo de firmas diversas, desde Cavalli a Ungaro, pero siempre parecen una túnica cortada por el mismo modisto, porque la Stone siempre va de ella misma, entre una Gilda sueca y el ligue mejor del gánster. No la visten, se viste. Jorge Javier la llevó a la tele, y luego la dejó suelta por Madrid, porque vino sin novio, ese apolo argentino de 30 años, Martín Mica, que acaba de fichar. Cuando era solo Catherine no le mirábamos tanto a los ojos, pero ahora sí, porque el tiempo ha reacuñado su cabeza, una cabeza dorada, majestuosa y fascinante, y porque los ojos han cuajado en ella una maldad de alhaja viva, como esas joyas que va anunciando por el mundo, pero más. Su belleza se ha ido reinventando en celebridad. No se añora en ella a la guapa que fue, sino a la hermosa que será mañana, cuando se lo monte de nuevo de esplendorosa por las alfombras de Cannes. Era jodido reinar de elegante después de pasar a la historia del cine por no llevar bragas. Y lo ha conseguido, la tía. Aunque a menudo se nos pase por la cabeza si gasta o no gasta lencería cuando viene a Madrid. Cuando se va.

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