Opinión / Por la cara

Elogio estival del escote

Fecha: 02/08/2010 Ángel- Antonio Herrero
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Leo por estos días que una tal Sheyla Hershey, brasileña y bailarina, se operó, por colocarse los senos más grandes del mundo, y casi palma la criatura. Aquello no podía ser, y sobrevino una infección severa. Salvó la vida de milagro, tras retirarle en el quirófano aquellos senos de giganta, que venían a pesar tres kilos y medio cada uno. La tal Sheyla figura en el Libro Guinness de los récords de su país, donde, por cierto, la dosis de silicona la decide la compradora, por encima del consejo de los médicos. Traigo este relato aquí para avalarme en que las tetas tamaño Dolly Parton ya no se llevan, y además son imposibles, que diría un torero y cualquier cirujano plástico cabal. Quería uno escribir aquí el elogio del escote, por encima del toples, incluso, tan practicado por estas fechas, y se me ha cruzado de pronto lo de la tal Sheyla, que me empieza el tema al revés, como toples imposible, como escote imposible. Esas tetas que le han quitado eran para no enseñarlas, la verdad. Ramón Gómez de la Serna, en un libro al respecto, escribió una cosa memorable: “Los senos son las dos lágrimas que llora la belleza por ser tan efímera”. Las muchachas llevan, por estos días, sus dos lágrimas al aire, en las playas, y luego salen, en la noche, con un trapo de nada, por sobre los senos, y ahí empieza el morbo o el misterio o la tentación. O todo junto. Y ahí quería yo llegar. La mujer, en verano, queda más desnuda cuando va más vestida. El toples, o el desnudo, en la playa, se ha vuelto banal o venial, por populosamente practicado, pero luego hay un toples nocturno, social, que consiste en enseñar ocultando.

Quiero decir que los pechos es mejor imaginarlos. Y la imaginación, que va a su aire, lo mismo se pone a pensar en Angelina Jolie o en Penélope Cruz o incluso en Marilyn Monroe, que era todo un toples con mucho wonderbrá, aún antes del wonderbrá. El toples es costumbre playera, ya casi como la sangría, o la gamba, y tiene gancho de sorpresa o susto de lujuria cuando es un descuido, como bien sabe esta revista, hemeroteca gloriosa del desnudo, y como bien sabía el poeta: “La mujer es un instante entre dos camisas”. Al toples espontáneo, de calle, le acaba ganando en erotismo el escote, y volvemos a lo que íbamos. Erotismo es sofisticación, y ya me dirán ustedes cómo se trabaja la sofisticación yendo en bolas. Las tres actrices ya citadas practican el escote profundo y elocuente, y a estas magníficas podríamos sumar a Kate Winslet o Halle Berry o Salma Hayek. El escote es un arte. Un estilo. Se consagra por insistencia. Ahí van dos elogiables ejemplos nacionales, en verano o en invierno: Anabel Alonso y Pilar Rubio.

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