Esther Arroyo, ‘Miss Mira quién baila’
Fecha: 12/02/2007Se fía de la brújula del corazón, que es una cosa que ya no se lleva, y se viene echando, desde siempre, novios morenos de verde luna.
Está ahora Esther Arroyo de bailarina en esa verbena de la tele de Anne Igartiburu. Hablo de Mira quién baila. Yo sé que a Esther estas cosas del baile le gustan, porque hemos coincidido, antaño, en garitos del chachachá de la noche latina, en Madrid, y porque he estado después en su boda venezolana, y allí también se movía mucho la cintura de sabrosura gaditana, que es la suya. O sea, que Esther baila porque le va el baile, además de que siempre mola sacarse un pico largo de euros de oro en un reality de la coreografía como el que nos ocupa.
Lo tengo escrito por ahí: lo difícil no es llegar a miss sino llegar a más. Quiero decir que misses hay muchas, acaso demasiadas, pero misses que hayan pasado de miss a más ya hay menos. Muchas menos. Esther engrosa y prestigia esta tribu de elegidas, donde estánRaquel Revuelta, María José Suárez, María Reyes, Eva González y pocas más. Ahora es Miss Mira quién baila.
Fue Esther coronada Miss España hace muchos años, y después de hacer la gira correspondiente del reinado, según obligan el título y el contrato inmediato, trepó a las pasarelas, caminó con el zigzag de las mejores y se hizo un hueco alto entre las Alicias primeras del país de las maravillas del glamur y la moda. Logró seria carrera como modelo, sí, y luego se dispersó en programas de la tele, más o menos veraniegos, que presentaba poniéndole al tema toda su salud andaluza y su risa achampañada. Hasta tuvo un hijo rubio y guapo, Fran, fruto de la relación con un odontólogo, que ya es olvido, o casi. Luego tuvo amores con José Faría, Míster Venezuela, y con él se casó, en la isla de Aruba, en una ceremonia breve y secreta que se celebró en una capilla sacada de un relato de Gabriel García Márquez. Allí estuve yo, y algunos otros amigos contados de Esther y José, durante unos días de playa nupcial y noches de ron, o sea, una juerga. El matrimonio fue bello mientras duró. Sé que a Esther no le gusta mucho que cuente o cante estas cosas, pero escribir es recordar, y la memoria es cruel, como cruel es el mes de abril, según el poeta. En su currículum sentimental también asoma el nombre de Carlos Bardem y luego el de algunos golfos buenos de la noche de Madrid. Esther ha bailado mucho, ya ven, aunque no siempre en lo de la Igartiburu.
Esther encarna a la tía con voluntad, ideas y decisión, que entiende rápido que los días hay que llenarlos de vida, y no al contrario. Al trabajo del modeleo, como dicen en el gremio, ella sumó luego el trabajo de actriz en series como Periodistas, donde hacía el papel de reportera de cultura y sociedad, o sea, como yo mismo, o tantos como yo mismo, sólo que con mejor cintura, un escote homicida y unas piernas memorables. Hasta pronunciaba con un suave deje sureño, que es el suyo, y le quedaba creíble y bien. Por lo demás, soporta la fama con chupa de cuero, baila en las discos como una groupie, se fía de la brújula del corazón, que es una cosa que ya no se lleva, y se viene echando, desde siempre, novios morenos de verde luna por los que no sé si, cuando le dicen “ven” lo dejaría todo, pero sí dejaría demasiado. Una tarde, de vuelta en taxi de una fiesta de diáspora, cuando pasaba una racha no demasiado radiante, o sea, que tenía el ánimo hecho una braga tanga, le pregunté bajo la media voz de la confidencia: —A ti, Esther, ¿qué te hubiera gustado ser? —Camionera. Mi auténtica vocación es ser camionera. Así es Esther Arroyo. Cuando otras quieren subirse al carro rápido de la fama presentando un concursito, ella está loca por pillar el volante de un camión Ebro. Para perderse. Lo hará en cuanto pasen los cuatro tangos de sus bailes de tele. No hay quien la enmiende. Por suerte.

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