Opinión / Por la cara

Rebecca Loos, una superviviente de peluquería

Fecha: 09/07/2007 Ángel-Antonio HERRERA
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Gasta nombre de espía, pero ha resultado una heroína erótica que escribe sin escribir las memorias del rubio más deseado

Rebeca Loos resultó el fichaje galáctico que nunca tuvo previsto Florentino Pérez. De vez en cuando, se queda corta la plantilla en el Bernabéu, pero no paran de crecer las alegres rubias que hacen la carrera del Madrid la nuit a toda braga. Primero estuvo Rebecca de secretaria con don de lenguas de David Beckham, si ustedes recuerdan, y luego se echó al monte de la telerrosa, contando en claro castellano lo suyo, hasta llegar a la isla de los famosos, que es en lo que está, porque ella ya es famosa y lo de la isla es un empleo de oro, oigan. Ni comparación con cumplir de azafata sin horario o groupie para todo de un futbolista, que es en lo que más o menos andaba cuando la conocimos.

A mí, en principio, me pareció una guapita más de las que se prometen vivir bajo la sombra benéf ca del nombre de un famoso o un ilustre, pero poco a poco me fue ganando su carácter mundano, su proceder desabrochado, su pansexualismo de boca carnívora y su belleza difícil, que queda a tope en lencería barroca y negra, como vimos por un reportaje apoteósico de interviú. Vamos, que enseguida me moló mucho más que Victoria Adams, que es una superviviente del barrio de Salamanca. Victoria Adams no nos ha dado mucho juego en las fiestas del Madrid la nuit, pero Rebecca es la chica de la fiesta de cada día, en la tele y fuera de la tele, desde que supimos, por su propia boca, que no es lo mismo ejercer de traductora que abusar del don de lenguas. O sea, que no escatimaba esta guapa en horas extra, por explicarlo de otro modo.

Rebecca gasta nombre de espía o musa, pero ha resultado una heroína erótica que escribe sin escribir las memorias inconfesables del rubio más deseado del momento, con fresas adúlteras de por medio. Nos contó que David juega como nadie sin balón, y a otra cosa, porque quien juega o dice que juega sin balón con algún pelotero de Porsche acaba teniendo tajo de oro en los platós de peluquería, que son todos o casi todos. Algunos apuntaron, en su día, que Rebecca montó todo su número como venganza contra Victoria Adams, que la cesó en su oficio. Otros sugirieron que en su caso no había más amor que el amor al euro, que anda muy alto en la cotización de la Bolsa de las exclusivas. Como Rebecca, de cualquier modo, devolvió a Beckham a las portadas de la infidelidad, con fundamento o sin fundamento, Victoria tuvo que trepar urgente a los titulares y decirlo claro: “El chico es mío. Viva el matrimonio”.

Alguien del entorno de Beckham contrató a un detective, eso sí, un tal Moshe Buller, que puso Madrid patas arribas, quizá para sacar en claro que en el foro quien ligaba al galope era Ronaldo. Pero Rebecca estaba ahí. Vaya que si estaba. Y ahí está. Algún amigo de esta guapa, con lengua de diablo, llegó a arriesgar que si a Rebecca la enviaran a una isla desierta, no preferiría a Beckham por compañía, sino a Xuxa, esa dorada cantante brasileña de los niños. Lo que pasa con los amigos es que a veces no lo son tanto. Total, que a estas alturas de la liga de las estrellas, en general, y de la liga del colorín o vaginismo pe- riodístico, en particular, no tenemos claro, lo que se dice claro, sino que en el vestuario del Real Madrid Rebecca estuvo peor vista que Ronaldinho, y que quizá por su culpa Beckham se rapó al cero, que es como menos les gusta a todas a las que les gusta, que son todas, o casi todas. Dice un sabio machista que la mujer lo arregla todo en la vida yendo a la peluquería. Beckham también lo suele arreglar todo yendo a la peluquería, que no deja de ser un modo de no arreglar nunca nada. Rebecca acabó cortando orejas y rabo, en sus sucesivas faenas de convidada en las salsas rosas, y Beckham se cortó la coleta.

Rebecca salió una asistente cara, pero no cara porque tuviera nómina de oro, que a lo mejor sí, sino porque cara, y mucha, hay que tener para plantarse en una tele a hablar del amor entre las sábanas, que es asunto sagrado. Victoria Adams, que suele orinar Moët & Chandon, pero que escupe salfumán si hace falta, la llamó “vaca mentirosa”. Pero la “vaca mentirosa” está de sílfide con morbo en una playa de prime time y no hay quien la pare. Es una superviviente de las peluquerías pijas de Madrid y de fuera de Madrid. Mañana se la disputarán como fichaje estrella los que tengan olfato para la alineación mejor de la liga de las galas del verano.

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