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Opinión / Por la cara

Una cátedra de la rebeldía

Fecha: 25/01/2018 Ángel Antonio Herrera

Yo llegué a interviú hace siglos, allá por el verano del 84, o del 85, quizá, en un verano clamoroso de la revista, y propio, porque interviú, en verano, era un show, y uno tenía veintipocos años de novio de la vida airada. Yo estaba, entonces, en la milicia de la noche y la golfemia, y quería vivir de contar aquello, con lo que me presenté en la redacción de la revista, que era una mítica gruta salvaje en la calle Potosí, en Madrid, y me ofrecí al tajo. interviú era el sitio. interviú era un alegrón. Me ofrecí al tajo, y me lo dieron. Recuerdo que al publicar un primer texto, sobre Elvis Presley, llamé a mi padre por teléfono, como quien va a anunciar que le ha tocado la lotería. Y hasta hoy.

Por aquella redacción libérrima vivaqueaban los maestros mayores del cronismo, o del columnismo. Francisco Umbral hacía una prosa que era una discoteca, Raúl del Pozo le daba al naipe en un bar vecino, mientras los forajidos de la redacción tomaban albóndigas con whisky, o algo así. Yo creo que ya entonces escribía también en este papel Adolfo Marsillach, y Cela, y Emilio Romero, y Montalbán. O habían escrito, quizá, o iban a escribir. Barajo nombres sólo por orientar, entre la nostalgia y la apoteosis, porque interviú era una fiesta de los reportajes palabrones, una orgía del dato incómodo, un mambo del desacato de la Santa Transición, pegando cada lunes un susto en el quiosco. O bien el susto de una famosa sin bragas, o bien el susto de una investigación insólita. O los dos sustos, porque interviú ha sido una exquisitez del exceso. Hice aquí, enseguida, mi parvulario de la picaresca mejor del oficio, y ahí aprendí, en dos ratos, lo que nunca enseña la universidad en una carrera entera. De modo que ingresé en el tinglado por la vía rápida, y más peligrosa, que era ejerciendo. Umbral me lo dijo un día: “Con el carnet de interviú llegas más lejos que con el deneí”. Hice de todo aquí. Reportajes, entrevistas, artículos diversos, y le pillé vicio a la crónica social, donde podía incluir actrices y metáforas, dos de mis pasiones primeras, y últimas. 

Era un premio escribir en aquellas olivettis de plomo de la redacción, que trotaban como ametralladoras, sobre un papel doble de calco. Qué tiempos, coño. Qué apasionantes y apasionados tiempos. Yo escribía lo que me echaran, y pronto logré hacerme un profesional de la mujer, porque le puse folio a desnudos anónimos, o famosos, y también un profesional de la poesía de la mala leche, porque la revista era una cátedra de la rebeldía. Lo ha sido. Es. Ya sabemos todos que, al final, nos quedamos en pura hemeroteca, pero esa hemeroteca cuajó de biblia al detalle de la vida española de más de cuatro décadas, con sus chicas desabrochadas, sus políticos corruptos, y sus chorizos fraternos. interviú estaba allí. Y uno, a ratos, también.

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