Los testamentos que dejaron varios terroristas que se suicidaron en Leganés y otros que se fugaron revelan lo grave de su amenaza y su disposición a matar o morir en España. “La gente puede morir en la carretera o en cualquier otro sitio. Todo lo que viene de Alá, bienvenido. Muchos mueren consumiendo drogas..."
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“La gente puede morir en la carretera o en cualquier otro sitio. Todo lo que viene de Alá, bienvenido. Muchos mueren consumiendo drogas... No es el primero ni el último que se va a morir”. “Si no se muere, le van a matar, así que mejor que se mate a sí mismo”. Así hablan el mismo día del suicidio en Leganés de siete terroristas del 11-M varios familiares de Jamal Ahmidan, El Chino, incluida su propia madre, tras conocer que Jamal ha sido uno de los terroristas que se inmolaron. El 3 de abril de 2004, cercado por la policía en el piso de la calle Carmen Martín Gaite, de Leganés (Madrid), con los explosivos en la cintura, El Chino había llamado por teléfono a casa de su madre en Marruecos anunciando que se iba a matar.
La madre llamó poco después a otro de sus hijos que vive en Madrid, Mustafa Ahmidan. Eran las 21.25 –28 minutos después de la explosión suicida y televisada– y la conversación fue grabada por la policía, que buscaba a El Chino y sus colaboradores desde mediados de marzo. “Nos acaba de llamar Jamal y nos dijo que se va a estallar junto a otros”. La mujer llora y su otro hijo le responde: “A ver si puedo hablar con él y le digo que no haga tonterías. Si no, qué le vamos a hacer; vale, vale, no podemos hacer nada”.
Los terroristas hicieron explotar la dinamita y se llevaron por delante a uno de los geos que acudieron al piso de Leganés, el inspector Torronteras. A las doce y cuatro minutos de esa noche, otro pariente de El Chino instalado en Madrid, Rachid, recibe otra llamada: “Han hecho una salvajada: han alquilado un piso donde han estado escapados y cuando la policía descubrió el piso se inmolaron... Saben que si los cogen van a estar allí (en prisión) toda su vida. Si le detienen, se va a pudrir; si se muere, estará con Dios”.
A las 12.32 de la noche, Bilal Ahmidan habla con su familia en Marruecos. Su hermana le dice que a Jamal “le van a matar, así que mejor que se mate a sí mismo”. La madre se pone al teléfono y Bilal le dice que no llore mucho: “La gente puede morir en la carretera, en cualquier otro sitio. Todo lo que viene de Alá, bienvenido. Muchos se mueren consumiendo drogas”. Todos comparan la inmolación de su pariente, de quien no dudan que cometió la matanza del 11-M, con las víctimas del tráfico. Bilal asegura luego que El Chino “ha elegido morir de esa forma. Quizá no ha sido posible quitarle eso de la cabeza”.
Otro de los suicidas, Abdenabi Kounjaa, llamó a su hermano Abdelkader a las 19.17 del 3 de abril y le anunció sus intenciones:
—Voy a encontrarme con Dios.
—¡Qué dices, tonto!, ven, ven aquí.
—Estamos rodeados en una casa y vamos a estallar con ellos.
La respuesta de este familiar, que vive en Madrid, fue muy diferente a la de la familia Ahmidan. Trató de disuadirlo y tras colgar el teléfono llamó a la policía para avisarles de sus intenciones.
—Qué vas a hacer, qué es esto, qué haces, hermano. Ven, te digo, si eres de verdad mi hermano, de mi madre y de mi padre. Ven, por favor, ven a mi casa, te lo ruego y te lo suplico, ven a mi casa.
—Aquí hay helicópteros que nos rodean.
Es uno de los pocos casos de suicidio terrorista grabado y anunciado. Fuentes de la lucha antiterrorista explicaron que la amenaza sigue vigente. En Leganés, por ejemplo, se encontró también un inequívoco testamento, que de momento no tiene autor: “He elegido este camino por mi propia voluntad, el camino de los profetas y los enviados de Allah, pues el tiempo de la humillación y el deshonor ha llegado a su fin. Por Allah. Para mí es más digno morir honrado que vivir humillado viendo a mis hermanos siendo degollados y asesinados y detenidos en todos los rincones del mundo; al tiempo que nosotros nos alimentamos, nos refrescamos y vivimos como las bestias”.
Las mismas fuentes admiten que “se escaparon al menos cuatro terroristas de primera fila” dentro del comando del 11-M, dispuestos a suicidarse. “Alguno como Mohamed Afalah puede haber muerto en Irak, pero de otros como Said Berraj no sabemos nada”, añaden. Berraj, alias El Mensajero, es un personaje clave. Estuvo en Afganistán en 2000 y recibió preparación militar e instrucción en el manejo de explosivos.
De vuelta a Madrid, trabajó en el mercado de Chamberí como repartidor. Luego pasó a ser mensajero y dentro de su área de trabajo llegó a entregar varios paquetes en la sede central del Partido Popular, en la calle Génova. Su último trabajo conocido fue como conserje o portero de un edificio en la calle Alfredo Marquerie, de donde se despidió el 9-M diciendo que se había muerto su hermana. Los últimos datos de la policía han permitido descubrir que en Madrid vivió también su hermano Ahmed Berraj, integrista radical que también continúa fugado y que trabajó varios meses antes de los atentados como empleado de una empresa de alquiler de coches dentro de la misma estación de Atocha. La policía española sospecha que los Berraj pudieron ayudar al comando a preparar los atentados y, como mandan los manuales de Al Qaeda, desaparecer poco antes de la matanza.
En la última casa que vivió Said Berraj, en la calle Virgen de Rocafort, se encontró otro testamento. “Allah, estás llamando a sus fieles para que ayuden a sus hermanos musulmanes, que les están torturando, maltratando, humillando y degollando en todo el mundo...Os lo juro por Dios que me he hartado de esta vida miserable... Nos dan miedo los tiranos, los servicios secretos, América y Rusia y nos da miedo el castigo de Dios (es mejor tener miedo a Dios). Si nos amenazan con la cárcel y con torturarnos, el castigo de Dios es peor, y su infierno quema más. No debéis dejar la lucha, la yihad. Tener fe en Dios es la única forma de lograr la victoria”. El informe de la policía que consta en el sumario del 11-M incide en el “gran paralelismo” entre ese testamento y el de Mohamed Atta, jefe de los suicidas de las Torres Gemelas.
Uno de los investigadores del 11-M, que comparecerá en el juicio para explicar las pesquisas, no es muy optimista. Insiste en la importancia de que en el último mensaje de Al Qaeda, el número dos de Bin Laden reclamaba ya Ceuta y Melilla como “territorios ocupados”. Y en que la pasada semana, varios grupos terroristas –algunos con implantación en España, como el GSPC argelino– se fusionaron y tomaron el nombre de Al Qaeda del Magreb. “Mientras tanto, aquí estamos discutiendo entre nitroglicol y nitrogliceri- na; entre Acebes y Rubalcaba, la Guardia Civil o la policía, Bin Laden o ‘Txeroki’. Y ellos siguen su camino. Viajan y vuelven a Irak (lo llaman “tomar el taxi”), algunos se “casan” (se suicidan) o mueren, pero otros vuelven a España”.
Fuentes antiterroristas añaden que algunos acusados están “eufóricos” en sus prisiones por los avances de la “teoría de la conspiración”, una amalgama que duda de la autoría islámica de los atentados e incluso de los suicidios de Leganés. Las mismas fuentes subrayan que algunos de los acusados “siguen los periódicos y se alegran de que la gente dé credibilidad a cualquier cosa que distraiga de lo principal. Si hay confusión, ellos ganan”, y añaden que algunos de los reclusos “se burlan de los españoles” en sus conversaciones por la división y la lucha fratricida sobre lo que rodea la masacre.
Fue un suicidio
Los seguidores más apasionados de la conspiración dudan hasta del suicidio de siete terroristas. Además de los testimonios de los policías y de los vecinos, de las grabaciones telefónicas..., en el sumario figura un amplio informe médico forense firmado por los doctores Prieto, Bedate y Conejero el 17 de abril de 2004, ampliado con tres informes posteriores. Las imágenes de los cuerpos, incluidas en el sumario, son brutales. Varios aparecen decapitados y con forma casi no humana: trozos de pies, fragmentos de manos, masas de carne y sangre, ropa pegada a lo que queda de cuerpo. Sólo cuatro parecen un cadáver, el resto son 113 trozos de personas que tuvieron que recomponerse como un puzle. Las conclusiones de los doctores del Instituto Anatómico Forense de la Comunidad de Madrid no dejan lugar a dudas: “La causa [de la muerte] es de etiología médico legal suicida”. Varios llamaron a sus familiares para explicarles por qué lo hacían y otros lo dejaron por escrito.







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