Ahogadas tras la revuelta
Fecha: 26/01/2012La euforia inicial por la revolución de la plaza Tahrir se ha transformado en desolación para millones de mujeres egipcias, que observan preocupadas cómo el auge electoral del fundamentalismo empieza a afectar gravemente a sus vidas. Cada retrato muestra el fiasco de una revuelta
Sin cara, sin nombre No dice cómo se llama por miedo a las represalias. Ella no solo habla de mutilación física: “A las mujeres se nos mutila el cuerpo y la mente”.
Un año después de las protestas de la plaza Tahrir que convulsionaron al mundo y que consiguieron abatir al dictador Hosni Mubarak, las primeras elecciones democráticas egipcias después de 30 años han dejado como vencedores absolutos a los partidos islamistas: los Hermanos Musulmanes obtuvieron el 47 por ciento de los escaños, y los ultraconservadores salafistas de Al Nur, el 24 por ciento. Panorama negro para la mujeres de Egipto.
Hace menos de cinco años, en la ciudad más cosmopolita de África –con sus 22 millones de almas y su efervescente sector turístico– las mujeres se jactaban de ser cada vez más libres. Creían que poco a poco podrían cambiar esta sociedad donde la desigualdad de derechos entre hombre y mujeres es inmensa. Nada más lejos de la realidad. En las calles el panorama es desolador. El porcentaje de ablaciones ha aumentado, así como la imposición del velo. Las mujeres son una vez más las víctimas, y sus testimonios son la prueba de su sufrimiento.
Junto a la famosa plaza hay enormes escaparates con todo tipo de lencería. Los atrevidos diseños invaden las aceras mientras un hormiguero de mujeres desfila delante de las tiendas. Mujeres completamente tapadas de pies a cabeza, incluido el rostro, se paran en escaparates donde se muestran las transparencias más sensuales, tangas provocativos, incluso algún sujetador con correajes. “Aunque nos veas así vestidas en la calle, en casa tenemos que agradar a nuestro hombre; si no lo cuidamos, podría marcharse con otra”, afirma una mujer a la que solo podemos ver los ojos.
“Esto no lo dice el Corán –señala Nagwa Shoeb, directora general del SWIPM, la ONG que dirigía la mujer de Mubarak–. Esto es un reflejo del auge de un fundamentalismo que es ajeno a nuestra cultura”. Los abusos no terminan en la vestimenta: “Dentro del hogar hay además maltrato físico, violaciones y hasta mutilación genital. La ablación, a pesar de estar prohibida legalmente, se sigue practicando ante la permisividad de la sociedad”, según afirma la directora.
En un café repleto de jóvenes, las mujeres ahogan su libertad bajo los chadores negros. Ellos, en cambio, lucen pantalones chinos y camisas de marca. Cae la noche en la capital y al otro lado de la ciudad los bares de copas se llenan de muchachos de alta clase social; los precios son prohibitivos para los demás egipcios. Los altavoces vierten música techno y ellos y ellas bailan vestidos a la última moda occidental, el asunto del fundamentalismo parece no marcar mucho las vidas de estos jóvenes.







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