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Colabora con Gogora, el Instituto de la Memoria, la Convivencia y los Derechos humanos

Alberto Muñagorri, víctima de ETA: “Decían que yo era un daño colateral”

Fecha: 14/07/2017 Carlos Barrio ico favoritos Añadir a favoritos
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Tenía diez años cuando la fatalidad quiso que le estallara al lado un paquete-bomba que ETA había dejado junto a la sede de Iberduero, la actual Iberdrola, en Rentería (Guipúzcoa). Era el 26 de junio de 1982 y la vida de Alberto Muñagorri quedó marcada para siempre. Hoy, con 45 años, mutilado, con parte de la metralla aún dentro de su cuerpo y despojado de rencor, colabora con Gogora, el Instituto de la Memoria, la Convivencia y los Derechos humanos. | Sigue leyendo.

La cita es en una cafetería cercana a su casa, a la hora del desayuno. Tiene día de médicos, una rutina más en la vida de Alberto. Hoy toca que le traten un dolor de espalda, –“un esfuerzo que no calculé y me dejó seco”–, un problema de salud más entre los muchísimos que ha tenido en los últimos treinta y cinco años. Se cumplieron el pasado 26 de junio. Ese mismo día de 1982, a las 12 en punto de la mañana, el niño Alberto sufrió en sus inocentes carnes la explosión de un paquete bomba que ETA había dejado junto a la sede de la eléctrica Iberduero (hoy Iberdrola), en su localidad natal de Rentería (Guipúzcoa).
¿Qué recuerda de aquel momento?
Sentía frío, pero no me desmayé. No recuerdo que le diera una patada al paquete, como se ha dicho tantas veces. La explosión me amputó la pierna izquierda, la que estaba más cerca al artefacto, y yo soy diestro. Explotó a las doce de la mañana, justo cuando yo pasaba por allí, pero por lo que se averiguó después, debería haber explotado a las doce de la noche anterior.
Sin olvidar que quien puso la bomba fue ETA, ¿hubo algún tipo de negligencia policial?
El paquete había sido localizado horas antes. Sabían de su existencia tanto la policía local como la nacional, y quizá también algún empleado de Iberduero. Sé que alguien llegó a echar agua a la bolsa y moverla sin que pasara nada. Y dejaron de acordonar el lugar, en un plaza céntrica del pueblo, la de Aralar. Cuando pasé por allí, estalló. Por todo ello, me dieron una indemnización del Estado, como responsable civil subsidiario.
¿Qué secuelas le han quedado?
Perdí la pierna izquierda y la visión del ojo derecho. Sufrí perforación de los tímpanos y daños en cara, tórax y abdomen. Al principio me salían plásticos negros con cables de una herida que tenía en el muslo, restos de la bomba. Y aún me queda algo de metralla dentro del cuerpo, como una memoria imborrable de aquel día.
¿Cómo consiguió rehacer su vida?
Pasé trece días en la UVI y dos meses y pico en el hospital. Fue fundamental el trabajo de los médicos, mi espíritu de superación y el apoyo incondicional de mi madre. Volví a clase, con muletas. Recuerdo las primeras prótesis, nada que ver con esta actual de fibra de carbono. Y luego hice vida normal. He estado trabajando durante 21 años en una empresa, hasta hace cuatro. Ahora ya no trabajo, cobro la pensión de víctima del terrorismo y practico deporte habitualmente. Soy miembro del club deportivo Kemen para personas con discapacidad.
¿Sigue pasando por el lugar de la explosión?
Está en el centro del pueblo y paso muchos días por ahí. Ese era mi camino al colegio, y a casa de mi abuela. Tardaron dos años en tapar el boquete que dejó la bomba.
¿Se ha sentido apoyado como víctima?
Siempre pienso que la sociedad, y las víctimas, vamos por delante de las instituciones. Hace años tuve incluso problemas para que me ayudaran con la prótesis. O para que no me descontaran la indemnización que recibí por la negligencia policial cuando se aprobó la última ley de víctimas del terrorismo. Llegué a interponer una demanda por vía judicial contra el Estado. Y me dieron la razón. Actualmente, el apoyo del Gobierno vasco es enorme, pero no puedo decir lo mismo del Gobierno central.
¿Cómo le trataron desde el otro lado, desde los que de alguna u otra forma apoyaban a ETA?
Me ha pasado de todo. Desde los que me decían que al menos me habían dado una buena indemnización y que ya podía vivir tranquilo, o los que comentaban que era un daño colateral. Y yo les decía que les cambiaba la mitad de lo que me pasaba por el doble de la indemnización. También sentí el vacío. Durante años, hubo mucha gente que no me saludaba por el mero hecho de ser víctima. Recibía más comprensión de la gente de fuera de Rentería. Pero tampoco me he acobardado. Si había una manifestación para pedir el acercamiento de los presos, yo no cambiaba la ruta. Todo ha mejorado mucho desde el anuncio del cese definitivo de las armas.
¿Guarda rencor?
En absoluto. Nunca he sentido odio hacia nadie. Intento eliminar la palabra ellos de mi vocabulario cuando me refiero a la izquierda abertzale o su entorno. Creo que todos deberíamos respetar el derecho a la vida. Y aprender a respetarnos. Hace ya tiempo que colaboro, ofreciendo mi testimonio, con el instituto Gogora de la Memoria, la Convivencia y los Derechos Humanos. Hay mucho trabajo por hacer. Gestos como el de Julen Mendoza, el alcalde bildutarra de Rentería, promoviendo el homenaje a las víctimas de ETA, me parecen muy importantes. Como el hecho de que haya sido consensuado por todas las fuerzas políticas. El consenso es fundamental para avanzar.
¿Le gustaría encontrarse con el que puso aquel paquete bomba que le cambió la vida?
En el pueblo corría el rumor de quién o quiénes pudieron poner la bomba. Tendría que ser él el que diera el paso de acercarse a mí, y siempre y cuando mostrara arrepentimiento, respeto y una actitud constructiva. Por más que hubo negligencias en la custodia del artefacto, tengo muy claro que la culpable fue ETA y quienes la apoyaban. Ha habido quienes han querido reescribir la historia. El autor de una tesis doctoral llegó a apuntar a la responsabilidad de mis padres, por permitirme ir solo por la calle con diez años y no vigilarme. Todo esto es inadmisible.
¿Cree en la reconciliación?
Tenemos que vivir. Es una pena que se hayan perdido tantos años y que se haya generado tanto dolor y sufrimiento. Vas ahora a San Sebastián y ves cómo aumenta día a día el turismo. Esto, hace diez años, era impensable. Hay que trabajar para que esto sea una realidad en toda Euskadi, que no vuelva a haber cristales rotos. Pero ojo, que no se resuma todo en películas como Ocho apellidos vascos.
¿No le gustó la película?
Parece que hemos pasado de no hablar a reírnos y pensar que todo está solucionado. Y no es así. Queda mucho por hablar, por comprender y por educar. Aún hay que escribir el relato de la verdad de todo lo acontecido. Solo de esta forma podremos pasar página y quizá, algún día, hasta bromear. Eso demostraría que hemos aprendido por fin a respetarnos.
¿Cuál es su próximo proyecto?
Quiero escribir un libro con el testimonio de lo que me ocurrió y de cómo he vivido estos años, por si le puede servir a otros y siempre con la vista puesta en el respeto y la reconciliación. | | Sigue leyendo.

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