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Amor y anatomía

Fecha: 04/08/2014 Texto: Juán José Millás. Ilustración: Gabriel Moreno. ico favoritos Añadir a favoritos
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Orgía en el círculo de la castidad. Millás hace que la sorpresa salte en una reunión de jóvenes comprometidos con la abstinencia sexual. Y fue que descubrieron el gozoso misterio espiritual de lo venéreo. | Descarga la revista en PDF.

Julio tenía 17 años y formaba parte de un grupo de jóvenes católicos que se reunía los sábados en el local de la parroquia para hablar de la castidad. Las sesiones duraban un par de horas, que dedicaban a enumerar las ventajas de no masturbarse ni de “yacer en el lecho” (así lo expresaban) con el novio o la novia. Luego se iban a tomar unos refrescos con burbujas o no, según el grado de pureza que hubiera alcanzado cada cual. Como pocas cosas excitan más que hablar acerca de la castidad, lo normal es que esa noche se masturbaran todos los que habían asistido a la reunión, que eran unos quince. Cada uno en la soledad de su cuarto, ocultándoselo a sí mismo, como el alcohólico que bebe detrás de las puertas o debajo de las camas. 

Un día, mientras una chica del grupo hablaba de lo maravilloso que era no acariciarse el clítoris, Julio se excitó tanto que se bajó los pantalones y los calzoncillos mostrando su verga a la concurrencia. Los chicos y las chicas retiraron al principio la vista del órgano inflamable. Pero el magnetismo de la polla de Julio era tal que sus miradas regresaron enseguida allí de donde habían venido. Sucedía algo curioso, y es que el miembro del chico no tenía el carácter realista que habían visto en las fotos que les mostraban en los ejercicios espirituales para que cogieran asco a la carne. No parecía en fin un suceso biológico, sino espiritual. Puro espíritu era la cabeza húmeda de su pene, a la que llamaban glande. El glande aquel, henchido como un buñuelo, no daba, sorprendentemente, asco. Al contrario, era tal su plasticidad, tales sus urgencias amorosas que uno se extasiaba ante su visión. Convendría añadir que el modo en que Julio blandía su verga, delicadamente apuntalada por la mano derecha, no proporcionaba sensación alguna de violencia, sino de necesidad. Resultaba casi imposible no atender a sus demandas, fueran cuales fuesen.

Al poco, y mientras Julio daba la vuelta al ruedo con expresión de éxtasis, mostrando sus volúmenes a los compañeros y compañeras del taller de castidad, Ramona, una de las chicas del círculo se irguió y, tras desabrocharse la blusa con un recato enorme, mostró sus senos aprisionados en un hermoso sujetador “de castigo”. Así lo llamó ella. El castigo al parecer lo provocaban unos hilillos dorados que atravesaban la copa de la sutil prenda interior, provocando una presión dolorosa en los pechos en general y en los pezones en particular.

—Mirad el cilicio que llevo –dijo– para recordar que debo ser casta.

Ocurrió con los pechos de la chica lo que ya había sucedido antes con la verga de Julio, que pese a estar hechos de la carne que tanto detestaban, parecían construidos con versos de Neruda. A continuación, Ramona se quitó el sujetador, abandonando los senos al poder de la gravedad, siendo así que la dulce carne descendió al tiempo que los pezones apuntaban hacia arriba en un instinto de elevación espiritual que evocaba las pasiones de la arquitectura gótica. 

El clima intelectual de castidad creció de tal modo que la excitación venérea, paradójicamente, alcanzó enseguida el grado de fusión. Y eso es lo que ocurrió, que los cuerpos comenzaron a fusionarse, al principio con timidez, con desenfreno luego. Cuando acabó todo, nadie sabía dónde estaba su ropa, de igual manera que durante la orgía no habían sabido dónde se encontraban sus lenguas ni sus dedos, ni sus vientres ni siquiera sus piernas. No quedaron pollas sin blandir ni vaginas sin acariciar ni pezones sin lamer. No hubo cintura sin abrazar ni boca sin hollar ni culo sin inspeccionar. Una vez vestidos de nuevo y sentados en círculo, como en una terapia de grupo, el director espiritual dijo con la voz entrecortada:

—Es preciso que continuemos profundizando en los valores de la castidad. 

Una chica empezó entonces a mencionar las partes de su cuerpo, nombrando aquellas que procuraba no tocarse debajo de la ducha, a lo que otro chico respondió que él jamás se acariciaba los bajos de la bolsa prostática.

—¿La bolsa prostática? –preguntó, anhelante la joven anterior.

Y volvieron a empezar convencidos de que hacían anatomía cuando se ejercitaban en el amor.

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