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Los cuentos eróticos de Millás

Amores caníbales

Fecha: 14/08/2014 Texto: Juan José Millás. Ilustración: Fernando Vicente ico favoritos Añadir a favoritos
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Locos por sus huesos. La gran ‘devoración’ que narra Millás va precedida por orgasmos óseos: un entrechocar placentero y medular de todas las piezas de dos esqueletos, hasta las innominadas. | Descarga la revista en PDF.

Jorge y Laura, antes de acostarse, se quitaban el cuerpo en vez de quitarse la ropa y se metían en la cama con sus esqueletos. Les gustaba jugar a que habían coincidido entre las mismas sábanas sin conocerse, pero tras las primeras palabras sus falanges, sus cúbitos y sus radios entraban en contacto provocando, al golpearse, unos ritmos muy excitantes para sus respectivas estructuras óseas. Cuando el ardor alcanzaba determinado límite, él introducía los huesos de sus manos por los espacios intercostales de ella y revolvía a ciegas por el interior de la caja torácica, como si buscara un secreto. Laura respondía a estas manipulaciones con un conjunto de gemidos extraños, pues salían de una boca sin labios, sin lengua, sin encías: sin filtros, cabría decir. Las carencias otorgaban a sus lamentaciones sexuales un matiz enormemente turbador.

Las falanges de las manos de ella tampoco permanecían quietas. Tras descender de forma delicada por las vértebras desnudas de Jorge, provocando un tintineo siniestro semejante al que producen las teclas de un xilófono, se detenían en el coxis, esa suerte de vestigio de una cola perdida, y se aplicaban a acariciarlo como si tuviera entre sus manos un pene diminuto. Tanto el orgasmo de Laura como el de Jorge se producían en el interior de cada uno de los huesos, implicando al tuétano de toda la estructura, que se expandía con gran violencia, provocando pequeñas pérdidas de médula a través de los poros. Tales pérdidas se reponían tras unos minutos de descanso: lo que tardaban en fumarse el cigarrillo clásico posterior al polvo. Por lo general, compartían ese cigarrillo, observando cada uno en el otro cómo el humo atravesaba el interior del edificio óseo diluyéndose a la altura del vacío provocado por la ausencia del estómago.
Tras el reposo, lo hacían un par de veces más, en distintas posturas que producían también diferentes músicas, y luego se quedaban dormidos con sus huesos entrelazados desordenadamente, como un conjunto de lápices arrojados de cualquier manera sobre una caja.

Un día, al despertar, Laura le propuso a Jorge intercambiar los cuerpos. Así, él se colocó sobre su esqueleto el de ella y ella el de él. Aunque tenían tamaños parecidos, las pequeñas diferencias entre un soporte y otro provocaron cambios notables en su anatomía. Así, los pechos de ella adquirieron en el tórax de él una morbidez atractiva. Estaban, en efecto, más flácidos sobre el esqueleto de Jorge que sobre el de Laura, pero se trataba de una flacidez que provocaba ternura. A Laura le gustó verlos fuera de sí, sobre el armazón de él. Sintió, como si dijéramos, ternura por sí misma y no pudo evitar la tentación de acariciarlos con las yemas de los dedos de Jorge, que ahora cubrían los huesos de sus manos.
Dado que la región anatómica del pubis es algo diferente en los esqueletos de la mujer y el hombre, el pene de él y sus testículos quedaron algo elevados sobre la estructura de ella debido sobre todo a la prominencia del monte de Venus. También las manos de Laura, colocadas ahora sobre el esqueleto de Jorge, se acercaron con curiosidad a esos genitales, como cuando uno observa fuera lo que le es propio.

Bueno, a medida que se observaban iban descubriendo diferencias que les hacían gracia. La boca de ella, por ejemplo, resultaba pequeña para la calavera de él, lo que provocaba en el rostro resultante una expresión de sufrimiento enormemente turbadora. Por su parte, los ojos de Jorge, muy pequeños, se perdían casi en el interior de las cuencas oculares del esqueleto de Laura, dando la impresión de que miraban desde la prehistoria.
Ninguno de aquellos cambios, sin embargo, provocó rechazo de naturaleza alguna entre los cónyuges. Por el contrario, tras observarse mutuamente y palparse con la minuciosidad de dos ciegos, acostumbrados como estaban a quererse solo con los huesos, alcanzaron una excitación desconocida: aquella que provoca la propia piel extendida sobre un bastidor ajeno. Follaron, pues, con una brutalidad inédita, mordiéndose, arrancándose la piel, como si cada uno follara consigo mismo, canibalizando cada uno su propio cuerpo desde el esqueleto del otro. Tardaron tres años en hallar sus cadáveres.

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