Una de cada siete mujeres estadounidenses sufre desórdenes alimentarios, como anorexia nerviosa o bulimia. La autora realizó un documental que competirá en el próximo festival de Sundance (EE UU). El trabajo se acompaña de un libro que recoge las historias de algunas pacientes contadas en primera persona.
30/10/06
Desde que la anorexia nerviosa fue diagnosticada como enfermedad, en 1870, miles de mujeres y, en menor medida, hombres han sufrido en el mundo desarrollado esta enfermedad. La anorexia y la bulimia han estado siempre ligadas al desarrollo industrial y han afectado sobre todo a la sociedad estadounidense a partir de la Segunda Guerra Mundial. El Renfrew Center, ubicado en Coconut Creek, en el Estado de Florida, es uno de los centros médicos pioneros en el tratamiento de estas enfermedades. Las internas tienen prohibido fumar, recibir visitas y salir del hospital sin permiso. Asimismo, comen todas juntas y son constantemente vigiladas por un grupo de médicos, psicólogos y psiquiatras.
Shelly. 25 años, de SALT Lake City (Utah)
Todo el mundo quiere ser delgado. Estoy aquí desde hace tres semanas y he ganado peso muy rápido. Cuando estaba delgada, tenía el control; pero ahora reconozco que eso no es saludable. Durante cinco años tuve un tubo en la nariz, era muy embarazoso porque no podía ir a la escuela, ni ver películas, ni trabajar. Con ésta llevo diez hospitalizaciones. Una vez manipulé el tubo de alimentación en el hospital hasta que los médicos descubrieron que no engordaba; cada foto que tengo de los últimos cinco años es siempre con un tubo en la nariz. Una noche me durmieron, y cuando me desperté al día siguiente, tenía el tubo en mi estómago, implantado con cirugía. Mi padre había dado la autorización. Intenté sacarme el líquido con una jeringuilla y me trasladaron a Renfrew: aquí me he purgado en un par de ocasiones el tubo. Una chica me ha dicho que hasta que no te ponen un tubo en el estómago no eres realmente una anoréxica”.
Kathy. 48 años, de Syracuse (Nueva York)
“Tengo el cuerpo destrozado, no tengo dientes, no tengo bien las piernas. Llevo el pelo teñido y no hay nada bueno en mí. Cuando tenía 15 años, fui violada por un vecino y quedé embarazada, pero aborté. Mi madre se aseguró de que así fuera. Cuando tenía 18 años, fui violada de nuevo, quedé otra vez embarazada y volví a abortar. En la escuela elemental siempre me sentí una paria. Conocí a mi marido hace 21 años. Él tenía dos hijos de una anterior relación; ahora tiene nietos y bisnietos. Cuando lo conocí, no quería tener más hijos y yo no podía tenerlos; fue una pena, porque sé que hubiera sido una gran madre. Pero mi relación con mi marido fue deteriorándose porque dejó de ser mi esposo y se convirtió en mi guardián. Desde hace dos años duermo en una silla del salón con una sonda que me alimenta en el brazo durante 12 horas por la noche. Somos muy buenos amigos, pero no intimamos. Ahora he tenido problemas por comer con otra gente y que haya alguien continuamente vigilando. Tengo que esconder la dentadura debajo de las servilletas y dar explicaciones al monitor de que no puedo comer más deprisa porque tengo los dientes postizos. Es muy embarazoso. He necesitado extraños rituales a la hora de comer, como usar una cuchara especial, tenedor especial o cuchillo especial. Pienso que hay diez millones de razones por las que no comía. Tengo este desorden desde los 33 años, he visto cómo es el infierno. Cuando tenía 15 años, quería tener 48 y que todo hubiera pasado, y ahora no hubiera querido cumplir todavía los 20”.
Ata. 28 años, de Nueva York (Nueva York)
El mejor anoréxico es el que está dos metros bajo tierra. Yo no creo que sea buena en nada, pero sí que soy una buena anoréxica. He llegado a pesar 32 kilos. Los médicos dijeron que si me hubieran cogido una semana más tarde, habría muerto.
De joven fui gimnasta, me entrenaba para los campeonatos nacionales. En verano perdí 14 kilos en dos meses. Seis meses después mi padrastro murió en un accidente de coche. En Nueva York yo era muy activa, era actriz, bailarina y pintora. Hacía muchas cosas para evitar reconocer que estaba con depresión. Cuando ingresé aquí, en el 2001, me rendí a la enfermedad; he regresado en siete ocasiones.
Durante todo este tiempo he seguido mis propias reglas: a las 10.40 horas tomaba un melocotón de dieta Snapple. A las 2.13 tomaba un té y la mitad de un yogur de vainilla. A las 5.13, un vaso de vino, y después, a las 6.17, comía algo de lechuga. Ésa fue mi dieta durante años; no dormía, me pasaba la noche entera escuchando el tictac del reloj. Cuando tenía el día realmente malo, comía tres gominolas de ositos.
La anorexia es tu mejor amiga y tu peor pesadilla. Es una persona con la que vives, dentro de ti. Yo nunca era la responsable, siempre era la otra. Los desórdenes alimentarios son adictivos, es incontrolable, creo que es más adictivo que las drogas, no hay pastillas que lo curen, no hay insulina; sólo tu corazón, tu mente y tu coraje pueden curarte.
El otro día fui a la playa por primera vez en siete años. Ha sido extraño; mi corazón latía fuerte, las palmas de las manos sudaban. Al principio tenía miedo, pero después he saltado entre la rocas y he sentido, por fin, una liberación”.
Cheryl. 35 años, de Kansas City (Misuri)
“He sido un ama de casa con anorexia: cocinaba, limpiaba la casa, jugaba con los niños, pero tuve una depresión. Ahora, cuando hablo con ellos por teléfono, me siento culpable porque sé que no tienen una madre. Fui una niña perfecta para mi madre, buenas notas en la escuela, no daba problemas ni nunca regresaba tarde a casa. Cuando tenía 12 años, me intentaron agredir y me asustaron, sólo me confortaba que llegara el momento de cenar. Una noche la hija del novio de mi madre me dijo: «Cheryl , ¿quieres perder peso? Ven conmigo». Y me enseñó cómo meter los dedos en la boca para vomitar toda la cena. Yo quería ser invisible.
Me casé a los 18 años; mi padre murió cuando yo tenía cinco y quizá siempre busqué una figura paterna. Cuando estaba embarazada, no vomitaba; lo hacía quince días después de haber nacido mis hijos. Cuando tenía 27 años, fui diagnosticada de anorexia y mi marido me ingresó en un hospital. Allí me dijeron que era bulimia, una enfermedad muy frecuente entre afroamericanos; de hecho, estando en el hospital, muchos amigos me decían: «Yo lo he tenido». Me gustaba ver a las mujeres delgadas en televisión. Mi heroína era Karen Carpenter (cantante pop que murió a los 32 años en 1983, víctima de la anorexia). Creía que mis desórdenes alimenticios estaban a salvo conmigo. Yo quería ser una ‘superwoman’ y soy la mujer invisible”.
Stephanie. 14 años, de Boswell (Texas)
“Me odio mucho a mí misma. He llegado a pesar 40 kilos y ahora estoy en 42. Llevo aquí sólo dos semanas y no me vale ninguno de mis pantalones. Cuando llegué aquí estaba flaca y ahora veo una enorme ballena. Como demasiado y memorizo cada caloría que tomo: una tostada son 100 calorías, la crema de queso son 200 calorías; los cereales, 140 calorías, y la leche supone 90 calorías. Me odio, ¿es lo que ellos desean?
Mi infancia fue rara; mi instructor de ballet decía cosas como: «Stephanie, estamos haciendo un traje especial porque no cabes en ninguno, tienes que adelgazar de estómago». Recuerdo que había un chico enamorado de mí, pero dijo que no quería tener nada conmigo porque estaba demasiado gorda. Todo el mundo hablaba sobre mi peso. Hice una apuesta con mi amiga Jessica a que yo podía pesar 45 kilos al final del verano. Siempre había comido lo que cocinaba mi madre, unas 400 calorías diarias, algunos días nada y otros sólo fruta. Jessica se convirtió en mi mejor amiga, me llamaba y me decía que había corrido diez millas ese día. Estaba obsesionada con adelgazar. El día de mi cumpleaños me dijo: «Hoy he ayunado». Cuando me ofrecieron un trozo de pastel, estuve a punto de decir que no.
Mi meta ahora es ser feliz, y sólo seré feliz cuando esté flaca, como Gisele Bündchen o Nicole Richie; ellas están realmente delgadas. No quiero estar en un lugar donde me obligan a comer 3.500 calorías al día, no quiero ganar peso”.
Shantell. 28 años, de Delrey (Florida)
“Nací con una deformación congénita en el corazón. Fui operada cuando tenía cinco años, recuerdo mi infancia constantemente desnuda delante de médicos que me estudiaban con atención. Estaba expuesta sobre una mesa.
Al final de octavo curso un vecino me violó. Aquel verano estuve dentro de mi apartamento sin atreverme a salir a la calle, hasta que decidí ser modelo porque quería hacer teatro y cine. El agente me ofreció hacer pasarela y fotografía. Con 14 años hacía pases de lencería y con 17 años me vestía con ropa ‘junior’, me sentía como una muñeca. Comencé yendo al baño para vomitar porque necesitaba seguir siendo pequeña. Empecé a hacerme cortes cuando tenía 13 años, tengo cortes alrededor del estómago, de mi sexo, de mis piernas, mis pies y mi frente. Me los hacía en la ducha y me gustaba ver la sangre mezclada con el agua. Me los hacía porque quería llorar, ya que dejé de llorar cuando tenía seis años. A veces, cuando miro los cortes tengo miedo de que eso pueda interferir en mis relaciones personales, tengo miedo de ir a la piscina y de que los niños me miren. Reconozco que no estoy bien al cien por cien, pero al menos he sobrevivido”.
Laura. 19 años, de Boca Ratón (Florida) “Alguien me llamó gorda cuando estaba en sexto curso. Mi padre tenía diabetes y mis padres siempre estaban cuidando de mi alimentación; comencé a perder peso. Me pesaba y medía cada tres días, porque las chicas delgadas tenían más éxito que las otras. En el instituto era una atleta y todos mis entrenadores fueron una mala influencia para mí, era demasiado delgada para el equipo de remo, pero eso no ha tenido demasiada importancia en mi familia porque todos han hecho dieta habitualmente, y viendo el éxito que han tenido me he motivado.
Después fui a la Universidad Metodista del Sureste y fui muy competitiva en los deportes. Mi menú en el desayuno era nada; la comida, una manzana o un plátano, y la cena, un sándwich. Entre marzo y diciembre del primer año adelgacé de 99 a 54 kilos. Ahora no puedo ser una atleta, estoy condicionada por la anorexia, estoy tan huesuda... La última vez que hice deporte fui a esquiar a Austria y Suiza y me cogí una pulmonía".
Cara. 31 años, de Chicago (Illinois)
“Los pensamientos empezaron en quinto curso. Recuerdo haber rezado a Dios cada noche para que mi estómago se fuese de mí. Odiaba mi cuerpo. Mi hermano era dos años mayor que yo, tomaba esteroides y siempre estaba rabioso. Me pegaba y acosaba constantemente, no me dejaba en paz. Mis padres nunca estaban en casa y yo me sentía una niña muy desprotegida. Cuando fui a la escuela superior, un chico quiso tener relaciones conmigo, pero yo me negué porque me disgustaba mi cuerpo. En dos meses pesaba 40 kilos. Poco después fui admitida en un programa para gente con desórdenes alimentarios. Básicamente yo me negaba porque no admitía tener alguna enfermedad. Aquí, en Renfrew, hay muchas pandillas; a la hora de comer hay gente que se siente cómoda, e incluso otros se quieren sentar alrededor. Para mí, ese momento es muy duro. Me han enseñado a conocerme a mí misma y es terrible reconocer con 31 años que eres repulsiva para un hombre y que necesito convertir mi cuerpo en el de un adulto. Me encuentro a esta edad sin dinero, sin trabajo, sin conexión con la gente, porque a través de los años mi enfermedad me ha ido alejando de todo el mundo. Necesito además encontrar un lugar donde vivir, porque mi hermano está envuelto en las drogas y el alcohol. Ahora está en la cárcel y mi madre cree que ha sido ingresado allí por beber. A mi madre siempre le han parecido más importantes los problemas de mi hermano que los míos. Con los años he querido cambiar, he llegado al extremo de querer morir, no he tenido un plan para suicidarme, pero he rezado a Dios para no despertarme; aunque si hubiera muerto, sólo habrían ido al funeral mi madre y mis abuelos. Voy a dedicar mi vida entera a cambiar mi cuerpo”.
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