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Los castigos y penalidades que sufrían las mujeres recluidas en el internado de Peñagrande. Hablan las víctimas.

Así trataba el franquismo a las madres solteras

Fecha: 20/11/2017 • Ana María Pascual ico favoritos Añadir a favoritos

Oculto durante décadas, un informe hallado por interviú en los archivos del Patronato de Protección a la Mujer desvela datos clave de adopciones ilegales de bebés y de las miserables condiciones de vida de las madres solteras y sus hijos en el internado madrileño de Peñagrande, regido por monjas y dependiente del Ministerio de Justicia, desde los 50 hasta 1984: castigos corporales, hambre, carencias, presión para que las jóvenes renunciaran a sus niños, explotación laboral... Cinco de aquellas mujeres lo reviven.  | Sigue leyendo. 

Casi cincuenta años ha permanecido escondido el informe cuyo contenido publica interviú en estas páginas; un documento que expone, una a una, las crueldades a las que fueron sometidas las mujeres que estuvieron internadas en el centro Nuestra Señora de la Almudena, en el barrio madrileño de Peñagrande –funcionó entre 1955 y 1984–. Fue un internado para madres solteras, gestionado por el Patronato de Protección de la Mujer, dependiente del Ministerio de Justicia. Hace unos meses, esta revista encontró los fondos del patronato, así como los de la Obra de Protección de Menores, en los sótanos del Ministerio de Empleo. Unos archivos, hasta entonces en paradero desconocido, cuya existencia había sido negada por las autoridades y que contienen información crucial sobre el origen de miles de niños entregados en adopción ilegalmente, desde los años 50 hasta los 80.  

Tras la denuncia de esta revista, el Ministerio de Empleo culminó la catalogación de la documentación, almacenada en 1.500 cajas y depositadas en sus sótanos desde hacía 30 años. En ese tiempo, otras 1.500 cajas acabaron destruidas por la acción de una inundación, según el responsable del archivo. 

Entre los documentos del Patronato de Protección de la Mujer –creado en 1941 por Carmen Polo, esposa del dictador Francisco Franco, para velar por la moralidad femenina–, a los que ha podido acceder esta revista, destaca un estudio muy completo del centro Nuestra Señora de la Almudena, más conocido como la institución de Peñagrande, encargado por el propio patronato en 1968. Varias visitadoras o asistentes sociales indagaron en el internado y consignaron las pésimas condiciones de vida de las internas, todas ellas madres y embarazadas solteras, incluidas menores de edad.

En aquel momento, el centro albergaba a 250 mujeres, con edades comprendidas entre los 12 y los 24 años, y a 200 niños, de hasta cuatro años de edad. Estaba gestionado por 36 religiosas Esclavas de la Virgen Dolorosa. Dos años después, serían las Cruzadas Evangélicas las que se encargarían del centro hasta su clausura, a principios de 1984. 

“Las internas pasan mucho tiempo dedicándose a la limpieza del centro en detrimento de tareas educativas (...) Se dedican a la limpieza de suelos y cristales, cocinan, friegan, lavan, planchan, repasan la ropa, son niñeras, cuidan de los animales de la granja, y tienen que hacer guardias por la noche”, dice el estudio. En definitiva, denunciaba “trabajo excesivo sin remuneración por parte de mujeres embarazadas”. 

 

cuatro categorías 

Icíar del Salto (Madrid,1951) se hartó de fregar y encerar el suelo de rodillas. Además, en Peñagrande trabajó sin percibir salario cosiendo etiquetas en chaquetas para unos grandes almacenes y elaborando bolsitas para el té. Esta madrileña llegó a Peñagrande con 19 años recién cumplidos, en mayo de 1970. Estaba embarazada y su novio le propuso abortar. Su madre le plantó la maleta en la puerta. En los grandes almacenes donde Icíar trabajaba, contactaron con el Patronato de Protección a la Mujer. “Fue por ayudarme; yo estaba completamente sola –cuenta–. Vino a buscarme una tal señora De Becerril y me llevó a Peñagrande. Me clasificaron en la segunda categoría de chicas, que no estaba mal”.

La primera categoría correspondía a jóvenes cuyas familias pagaban por tenerlas allí durante el embarazo; sus habitaciones estaban en la primera planta del edificio. Había cuatro categorías. La última era la peor considerada, las chicas que habían ejercido la prostitución o que procedían de malos ambientes familiares. Estas se alojaban en la cuarta planta, la última. “Las chicas de la cuarta eran las que arreglaban los jardines. Las monjas no hacían nada, solo vigilarnos”, cuenta Icíar del Salto.

Dolores Gómez (Cantabria, 1966) permaneció dos años en el internado. Recuerda que trabajó en un taller de costura en el que las religiosas castigaban a las mujeres. “Teníamos que coser trapos verdes para los quirófanos. Cincuenta trapos. Si a las doce de la mañana no los habíamos acabado, no podíamos ir a dar el pecho a nuestros hijos. Les oíamos llorar de hambre, pero no nos permitían levantarnos. Era una presión tremenda”, dice Dolores. 

La alimentación en el internado era deficiente. “Comida insuficiente, abundancia de pan y escasez de carne y pescado”, se indica en el informe. “Al mediodía,judías estofadas, sin chorizo ni tocino. (...) Para cenar,  figura chorizo con pan frito (...) que no fue del gusto de las jóvenes”.  

Mercedes Moya (Huelva, 1958) ingresó en Peñagrande en diciembre de 1975. Tenía 17 años y llevaba consigo a su bebé de un mes. Se acuerda de la comida. “Era muy desagradable. A los guisos, una vez terminados, les echaban agua para que cundieran. La alimentación no  tenía vitaminas. Mi hijo enfermó por eso y porque no le daba el sol nunca”. El hijo de Mercedes sufrió raquitismo. “Me daba mucho miedo que se lo llevaran al botiquín –relata Mercedes–. Nada más llegar a Peñagrande, te contaban las compañeras que los niños enfermos que subían al botiquín, no salían más porque se los robaban a las madres diciéndoles que habían muerto”. El suyo afortunadamente se curó. 

A las visitadoras les llamó la atención el poco gasto que hacían las religiosas en medicamentos. “Considerando que se producen unos 30 partos mensuales y es preciso añadir la medicación de gestantes, madres y niños, ese gasto es muy reducido”. En el capítulo económico, la congregación religiosa no salía bien parada. “Los datos que nos proporcionó la reverenda madre sobre subvención por acogida y día, dotación de ropa para los niños, etc. no concordaron con los que teníamos del patronato”.

El centro funcionó como un auténtico reformatorio para madres solteras, aunque sus principios, sobre el papel, no parecieran coercitivos. “El objetivo de acoger a la joven soltera que va a tener un hijo es proporcionarle un ambiente discreto, hogareño, seguro, donde pueda prepararse para ser madre (...) Además prestarle una ayuda que le permita quedarse con el niño si así lo desea”. 

 

”Organizar adopciones” 

A Dolores Gómez no le permitieron quedarse con sus dos hijos. Esta cántabra llegó a Peñagrande, en marzo de 1982, siendo una niña de 15 años a la que su padre había violado y dejado embarazada. 

Tuvo a su hija asistida por La Bisturí, una de las dos matronas de Peñagrande. “La llamaban así por su afición a rajar por donde pillaba, sin anestesia. Mi parto fue terrible, toda la noche sola con dolores, y ella durmiendo”. Pese a la insistencia de las monjas, Dolores no entregó a su hija en un principio. 

Al poco, su padre fue a visitarla y se la llevó un fin de semana. Nadie se lo impidió, a pesar de que él había perdido la tutela de su hija. “Cuando llegabas a Peñagrande, nadie te preguntaba qué te había pasado. Tú eras la puta, todas lo éramos. Había una niña de 12 años violada por el hermano; nadie le preguntó nada”, cuenta Dolores con rabia.

El padre volvió a violarla y de nuevo la dejó encinta. “Nadie se cuestionó qué había pasado”. Tuvo a su hijo en el hospital de La Paz, porque en 1983 cerró el servicio de maternidad en Peñagrande. Pero antes del parto, una matrona del centro intentó persuadirla para que entregara a su segundo hijo. “Se llamaba Genara. Me dijo que conocía una familia que me iba a dar una gran cantidad de dinero por el niño. Y que cuando llegara el momento, que la avisara a ella, que no me llevaran al hospital. Me negué”, explica Dolores.  

A Icíar del Salto también la presionaron. “Cuando me puse de parto, enseguida llegó la hermana Mónica con los papeles para la adopción, pero no los firmé”.  | Sigue leyendo. 

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