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Los relatos eróticos de Juan José Millás

Calambre y orgasmo

Fecha: 25/08/2014 Juan José Millás / Ilustración: Fernando Vicente ico favoritos Añadir a favoritos
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"Al estirar y abrir las piernas, los músculos enviaron al cerebro mensajes de placer y la tira delantera del tanga se introdujo en su…" ¿En su qué? Los relatos eróticos de Millás se suben a un avión esta semana. ¡Disfruten! | Descarga la revista en PDF.

La mujer preferente ocupó su asiento de clase madura en el vuelo Madrid-París. Enseguida se dio cuenta de que la frase estaba mal construida. Lo correcto habría sido decir: La mujer madura ocupó su asiento de clase preferente en el vuelo Madrid-París. Tenía la costumbre de hablar constantemente de sí misma en tercera persona, de narrarse, como si estuviera dentro de una novela en la que ella era a la vez la narradora y el personaje principal. Aunque le gustaba referirse a sí misma como madura, conservaba aún muchos de los atributos de la juventud. Incluso las partes de su cuerpo que se había derrumbado lo habían hecho con gran sabiduría. Las ligeras bolsas de debajo de los ojos, por ejemplo, le daban un aire interesante, como si fueran el resultado de una actividad interna singular.

A la mujer madura le ofrecieron una copa de champán cuyo color dorado le recordó al de la ropa interior que llevaba ese día. La asociación entre una cosa y otra le produjo una excitación venérea que se tradujo en un endurecimiento súbito de sus pezones, cuyo relieve vino a manifestarse sobre la superficie del suéter de pico que llevaba debajo de la chaqueta del traje. El primer sorbo de champán le produjo un leve mareo (era mediodía, aún no había comido) que la ayudó a relajar su cuerpo en el amplio asiento. Al estirar y abrir las piernas, los músculos enviaron al cerebro mensajes de placer y la tira delantera del tanga se introdujo en su…
¿Qué debería decir aquí, se preguntó la mujer madura?, ¿en su coño, en su vagina, en su concha…? A la mujer madura no le gustaba ninguna de las palabras con las que se nombraba esa parte recóndita del cuerpo al que ella, por influencia de su madre, solía referirse como “el costurero”. Decidió que lo diría así, pues: Al estirar y abrir las piernas, los músculos enviaron al cerebro mensajes de placer y la tira delantera del tanga se introdujo en su costurero de tal manera que el clítoris, que había crecido desmesuradamente, quedó atrapado en el tejido suave y dorado del tanga como un pececillo plateado en la red.

La comparación entre el clítoris excitado y el pececillo inquieto le gustó mucho, por lo que, al paladearla, interrumpió brevemente su relato, al que regresó enseguida: La mujer preferente movió las caderas en el asiento de clase madura… Perdón, se corrigió de nuevo, la mujer madura movió las caderas en el asiento de clase preferente, de forma que se produjeran los últimos ajustes entre los órganos de su costurero y las partes de su tanga, que habían empezado a excitar también el perímetro anal. Al llevarse la copa de champán a los labios, el roce de la base del cristal sobre su pezón derecho produjo un calambre que le recorrió todo el cuerpo, como si fuera dueña de un circuito interior que conectaba todas y cada una de las partes de su organismo. Lo llamó calambre porque tampoco le gustaba la palabra orgasmo, pero había sido un orgasmo ligero, suave, un orgasmo manso y manejable, un orgasmo portátil, añadió con una sonrisa.

En esto, ocupó el asiento de al lado un tipo algo más joven que ella, como de unos cuatro o cinco años menos, con muy buen aspecto, aunque quizá un poco fatigado. Un hombre guapo que la saludó con educación, aunque con indiferencia también. El hombre se acomodó, se puso el cinturón de seguridad y rechazó la copa de champán que le ofreció la azafata. Luego,  al poco de que el avión despegara, se quedó profundamente dormido exhalando unos ronquidos suaves, como si ronroneara en vez de roncar. La mujer madura sintió piedad por él. No era capaz de ver nada de lo que sucedía a su alrededor. Ni siquiera le había llamado la atención la paz de ella, consecuente al calambre.

La mujer madura, que tenía el tanga completamente empapado, se lo quitó sin problemas subiéndose ligeramente la falda y lo introdujo con cuidado en el bolsillo de la chaqueta de él al tiempo que se decía a sí misma: Hoy ya he hecho mi buena acción. Luego cerró los ojos, se pasó la lengua por los labios, para dejarlos tan húmedos como los de su costurero, y continuó narrándose a sí misma.

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