Reportajes / Artículos

Cazamos al espía Paesa

Fecha: 05/12/2005 Manuel Cerdán ico favoritos Añadir a favoritos
  • Valoración
  • Actualmente 0 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • Tú valoración
  • Actualmente 0 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
¡Gracias!

Desde hace siete años, en que preparó el montaje de su fingida muerte en Bangkok, ningún periodista había logrado dar caza a Paesa. Tras seguirle los pasos durante meses en Londres, Luxemburgo y Argentina, interviú ha localizado su guarida en París, en donde se escondía desde hacía un año.

05/12/05 “Eres la última persona que pensaba ver”. Reacciona Francisco Paesa cuando lo abordo por la espalda y me presento a él: “Buenos días, señor Paesa. ¿Cómo está, Paco?”. Al principio, se hace el despistado y me contesta en francés, como si no me conociera.

—¿Quién es usted? ¿Qué quiere de mí?

—Quiero hablar con usted. ¿Me reconoce ya?

—Sé quién es pero no me acuerdo de su nombre. No quiero hablar con usted. Déjenme en paz.

Por fin, tengo ante mí al mismísimo Francisco Paesa Sánchez, el hombre más buscado de España. El sagaz espía Paesa que vendió misiles a ETA, presionó a una testigo de los GAL, engañó a Belloch y a Roldán juntos, fabricó los ya populares papeles de Laos y organizó su muerte en Tailandia en julio de 1998. Desde entonces nadie había podido hablar con él ni dar con su paradero. Siempre se ha zafado como una escurridiza anguila. Pero interviú le ha dado caza. Ha valido la pena la larga e intensa investigación que esta revista emprendió hace ahora un año cuando la agencia británica CIS, en colaboración con la española Método 3, logró situar a Paesa en Luxemburgo. Entonces los detectives británicos consiguieron fotografiar al agente secreto español conversando con un detective en la terraza L'Avenue, una conocida cafetería parisina ubicada en el número 41 de la Av. Montaigne, entre los Campos Elíseos y la Torre Eiffel. Pero Paesa logró escapar del cerco de los detectives que representaban a una sociedad a la que había estafado 20 millones de dólares.

Tirando del hilo del entramado societario del ex espía del Ministerio del Interior esta revista ha podido acceder hasta su guarida parisina. La tarea no ha sido fácil ya que ha supuesto un seguimiento a las sociedades que el espía posee en Londres, Argentina, Uruguay, Nueva Zelanda, Luxemburgo y, finalmente, París. En la capital francesa había sido visto por última vez, en junio de 1998, cuando abandonó su ático en la Rue Matignon. Semanas después, María Paesa publicó una esquela en El País anunciando el fallecimiento de su hermano en Bangkok el 2 de julio de ese año. Resulta claro, por las imágenes que publica esta revista, que Paesa no murió en la capital tailandesa. interviú lo ha resucitado.

Martes, 28 de noviembre.

Doce y veinticinco, midi, en París. Mañana fría y desapacible. Mucho más en el barrio de Montparnase por la proximidad del Sena. Un hombre de unos 70 años camina por la acera de la Rue Cassendi. Cuando llega a la Rue Liancourt gira a la derecha. Presenta un aspecto impecable y viste elegantemente: un abrigo color gris, un sombrero del mismo color y una bufanda a juego. En ese momento me encuentro en el restaurante hindú Coffee India, sentado en una mesita junto a una ventana que da a la calle. Me fijo en su figura y digo: “Pero si es él”. Salgo corriendo, sin tiempo de colocarme el abrigo, y me lanzo hacia él. Lo dejo caminar unos pasos hasta que Daniel Montero y Luis Iturriaga preparan y accionan sus cámaras de vídeo. Paesa se percata de la presencia de los reporteros y hace un movimiento brusco como pretendiendo entrar en el portal de uno de los inmuebles. Me acerco a él cuando se dispone a pulsar al azar uno de los botones del telefonillo. No se fija en que yo estoy a sus espaldas. Me dirijo a él por su propio nombre: “Buenos días, señor Paesa…”.

Su reacción ante la presencia de las cámaras es violenta. Da un manotazo a la cámara de Luis y me dice que no está dispuesto a hablar conmigo si no se retiran antes “esos paparazzis de mierda”.

Nunca había visto a un Paesa tan encolerizado. Le recrimino su acción y me contesta: “¡Qué quieres, que además me alegre de que me hayas localizado. Estoy harto de los periodistas. Sois la ruina de mi vida!”.

Por primera vez, el espía se dirige a mí tuteándome.

Mis colaboradores se retiran mientras el espía comienza a caminar hacía la Avenida Maine. Yo me pongo a su lado y camino junto a él, insistiéndole en que tenemos que hablar. Avanzamos juntos unos cien metros y consiente en que nos tomemos un café. Entramos en la primera cafetería decente que nos topamos, en Les Cascades, ubicada en el número 95 de la avenida. Curiosamente, se encuentra justo enfrente de la Comisaría de Policía del distrito XIV, en la que unos agentes hacen guardia en la puerta principal. Una vez sentados, un Paesa excitado –sus ojos están enrojecidos– y nervioso toma la palabra:

—Muchacho, si publicas estas fotos me hundes. Me revientas los cuatro o cinco negocios que tengo abiertos. Son mi única salida porque no tengo un duro. Como puedes tú mismo apreciar voy solo, sin escoltas, y no tengo a nadie conmigo. No tengo coche y viajo, como los demás ciudadanos, en metro y autobús. Mi vida ha tocado fondo y esta es mi última oportunidad.

—¿Qué ha pasado con los 1.500 millones de pesetas que nunca devolvió a Roldán?

—Mira, muchacho. Eso es mentira. Yo le he devuelto todo el dinero a Roldán, en metálico y en maletas, y guardo los recibos, aunque él diga lo contrario. Sólo es cuestión de buscarlos. Ahora bien, no tengo la culpa de que, mientras él estaba en la cárcel, sus abogados e intermediarios no le hayan dicho nada de la entrega del dinero. Ese es su problema. Conservo los recibos y puedo demostrarlo.

Es la segunda vez que se dirige a mí como “muchacho” –posibles reminiscencias de sus estancias en Suramérica–, pero no me preocupa su tono displicente. No estoy dispuesto a polemizar con Paesa como en su día lo hiciera Palomo Linares –entonces un joven diestro– cuando Paco Camino lo llamó “muchacho” en un programa de televisión que presentaba José María Iñigo. Es algo accesorio. Estoy mucho más interesado en preguntarle sobre el paradero del botín del ex director de la Guardia Civil que Paesa, a través de sus testaferros y una red de sociedades registradas en paraísos fiscales, logró salvarle después de transferirlo desde una cuenta del Aresbank de Madrid a otra del Overseas Union Bank (OUB) de Singapur. En la operación participaron los hermanos Goerens de Luxemburgo y su sobrina, Beatriz García Paesa. Prefiero entrar fuerte en la entrevista por si decide interrumpir la conversación.

—Pues Roldán sigue manteniendo que usted no sólo lo engañó en Bangkok sino que además se quedó con su dinero.

—Mira, muchacho, Roldán podrá decir lo que quiera, pero no sabe lo que dice. Todo salió mal por su culpa. Es una persona inestable y sin resistencia psíquica. Es un trapo. Cuando decidió desaparecer en París, tras la entrevista contigo y tu compañero, le dije que si se fugaba tenía que marcharse con su mujer y su hijo. Es decir, quitarse de en medio de por vida. No me hizo caso. Asumió hacerlo solo, pero no tuvo resistencia para aguantar. Nos hizo la vida imposible. Después, durante el juicio, sus abogados me señalaron con el dedo y el tribunal decidió abrir una pieza separada contra mí, que me causó demasiados problemas. ¡Valiente canallada! Esa fue una de las causas de mi desaparición en 1998. ¿Crees que yo puedo tener algún remordimiento de conciencia por mi comportamiento con Roldán?

—¿Pero qué pasó con el dinero? No me ha contestado la pregunta.

—Muchacho. ¡Cuántas veces te lo tengo que decir! El dinero se lo he devuelto. ¿Entiendes? Además, mucho dinero quedó por el camino, y él lo sabe. Tuve que pagar muchas comisiones y los gastos del tiempo que estuvo protegido. Además, créete si te digo que yo he tenido que abonar las pérdidas del cambio de moneda. El dinero se fue quedando por el camino. Si Roldán quiere saber dónde está el dinero, que pregunte a su mujer y a alguno de sus abogados. Queda un remanente en una cuenta de un banco, que sólo conozco yo, pero no sé a cuánto asciende la cantidad. Si siguen mintiendo, me queda una salida: presentarme al fiscal general de España y facilitarle todos los datos. Estoy harto. A mí Roldán nunca me pagó un duro.

Paesa miente. En la investigación judicial, desarrollada en Ginebra y Madrid, quedó acreditado que el ex director de la Guardia Civil le transfirió un millón de dólares (al cambio, unos 150 millones de pesetas) a la cuenta de una de sus sociedades en un banco helvético. El pago se efectuó en enero de 1994 tras comprometerse Paesa a salvarle el dinero que tenía en la cuenta del CBI-TDB de Ginebra.

—Jamás me pagó un duro. El millón de dólares se lo ingresó a Julián Sancristóbal, con quien tenía los negocios, no conmigo.

El espía se refiere al director de la Seguridad del Estado en la época del ministro José Barrionuevo, con quien emprendió la operación Sokoa, por la que Paesa negoció con ETA la venta de armas. Sancristóbal fue quien lo presentó a Roldán, a finales de 1993, tras estallar el caso Roldán.

Paesa se muestra tenso durante la conversación. Fuma como un carretero. Llevamos diez minutos hablando y ha encendido siete cigarrillos rubios. No suelta la cajetilla de Benson and Hedges, su marca de tabaco preferida. Me dice que fuma un par de cajetillas al día, a ese ritmo, las va a superar. El espía todavía no ha asimilado que interviú lo ha cazado en su guarida.

—Muchacho. Esto es muy serio y delicado. Si publicas mis fotos, me hundes. Sólo me queda la solución de pegarme un tiro. Si sale algo, me fastidias los cuatro o cinco negocios que tengo en marcha. Vivo en una situación de huida permanente y la culpa la tenéis los periodistas. Hay un grupo mafiosos ruso que me persigue y no perdona. Me siguen en motos, me vigilan en la puerta de mi casa… Es una situación asfixiante. Ahora que estaba tranquilo, vienes tú y me fastidias.

—Bueno, no me traslade esa responsabilidad. Aquí el único que se hizo el muerto fue usted en 1998 y dejó tirada a toda su gente.

Paesa se excita y, tras pegar una honda calada, me espeta:

—Mira, muchacho, no tengo que dar explicaciones acerca de lo que yo decida sobre mi vida, tanto si quiero estar vivo como si quiero estar muerto. Me llamaron maricón en un libro y eso me afectó muchísimo. Además, lo de mi muerte en Bangkok surgió tras una confusión de lo que tú llamas mi gente. Mandaron un certificado de defunción a la Embajada española porque creían que estaba muerto. Me habían cosido a balazos en una encerrona en la capital tailandesa y me daban por desahuciado. Me vi metido en un tiroteo en el que murieron tres personas y resultaron heridas otras cuatro. Yo estaba moribundo en un hospital y, si quieres, te puedo enseñar las cicatrices de mi cuerpo.

Paesa hace un gesto como si se fuera a desabotonar la camisa, pero lo piensa mejor y se detiene. Enciende otro cigarrillo y continúa su explicación.

—Me daban por muerto y alguien se precipitó y montó el follón. Cuando yo me recuperé ya era tarde y no tuve otra salida que asumir la situación.

—Paesa, no se lo tome mal, pero yo seguí el caso y no recuerdo ninguna información en la prensa de Bangkok sobre ese tiroteo con tantos muertos.

—Mira, muchacho. No fue en Bangkok, fue en la frontera de Camboya. Murieron siete personas y yo quedé malherido. Tuvieron que trasladarme tumbado en un camión hasta un hospital de Bangkok, en donde me recuperé tras varias semanas de tratamiento.

La versión de Paesa me suena un tanto rocambolesca y así se lo hago saber. Él me contesta:

—Era una operación secreta en la que estaban implicados varios servicios de información. No te puedo contar nada más.

Cuando le vuelvo a recordar que, tras su ficticia muerte en Bangkok el 2 de julio de 1998 y su anuncio en una esquela publicada por su hermana en un diario, dejó tirados a sus colaboradores más estrechos, el espía se retuerce en la silla del café parisino. Pero Paesa se sincera.

—Mira, muchacho. No he tenido amigos en la vida. Por mis propias circunstancias jamás he tenido amigos. Ahora, tampoco me queda nadie en Madrid.

—Me refería a amigos íntimos como Jesús Guimerá, quien le ayudó en sus peores momentos.

—Jesús fue un colaborador, no un amigo. Mientras estuvo cobrando se mantuvo callado. Dejó de trabajar conmigo unos meses antes de mi desaparición. Después, se presentó en el despacho de Garzón y me traicionó.

Paesa se muestra despiadado con su hombre de confianza, a quien conoce desde hace 30 años. Jesús Guimerá, piloto de Iberia, lo ayudó en la operación Laos y colaboró con él en operaciones internacionales de tráfico de armas.

—Jamás hice una operación de venta de armas con él, eso es mentira. Es un gran fabulador y un chapucero. Mira si es chapuzas que una vez le pedí que me sacara urgentemente de España y me llevó en su coche hasta la frontera francesa. En el camino nos paró la Guardia Civil por exceso de velocidad y no llevaba la documentación encima. Tuve que enseñar yo la mía, y eso que era una salida clandestina.

Era tal el grado de confianza que tenía con Jesús Guimerá que llegó a falsificar un pasaporte con una fotografía de él y le confió a Roldán para que lo entregara al fantasmagórico capitán Khan en el aeropuerto de Bangkok.

—Mira, muchacho. Han transcurrido siete años desde mi desaparición y no recuerdo a nadie. Lo mismo que limpio y destruyo documentos, mi memoria borra a la gente.

Paesa no puede hablar con más claridad. Para él no existe el concepto de la amistad.

Siempre he tenido la convicción de que el capitán Khan es un emigrante vietnamita que vive en París y que Paesa lo contrató para el montaje de los papeles de Laos. Le pregunto dónde vive el mítico capitán.

—No es para tomárselo en broma –me dice–. El capitán Khan y el karateka que lo acompañó en la entrega de Roldán viven en Bangkok y son muy peligrosos.

Paesa recibe varias llamadas telefónicas mientras conversamos en el café parisino. Utiliza dos móviles y, según él, los números los suele cambiar muy a menudo por medidas de seguridad. Continuamente se queja de los ataques que ha recibido en la prensa.

—Ya en los setenta, Dewi Sukarno me echó encima a los periodistas de la prensa del corazón cuando la dejé. Desde entonces me habéis machacado. Muchas de mis desgracias se deben a esos ataques.

El espía se molesta cuando le recuerdo una operación inmobiliaria que hizo en 2000 por medio de una sociedad llamada Rozas Intvestment 2000 para recuperar su chalé de Las Rozas. La compra la realizó cuando estaba teóricamente muerto y para ella usó un pasaporte falso. Paesa levanta la voz.

—Muchacho, con quién te crees que hablas. ¿Piensas que soy un gilipollas y que puedo participar en esa chapuza? Esa compra la hicieron a mis espaldas. ¿Quién? No te lo puedo decir.

El ex agente del Ministerio del Interior comenta que él no vive en la calle donde lo he encontrado. Según él, sólo utiliza un piso “para recibir correspondencia”.

—Estoy solo y vivo solo. Pero te puedo asegurar que los servicios secretos franceses están al corriente de que me muevo libremente por París. No me escondo de nadie.

A la hora de pagar los dos cafés, Paesa saca del bolsillo una cartera vieja de color negro. Es lo único que desentona con su imagen de ejecutivo. Lo abre y saca de su interior un billete de 20 euros. Me fijo y me doy cuenta de que es el único billete que contiene el billetero. Tampoco lleva tarjetas de crédito. Mientras lo abre, me adelanto y pongo los cuatro euros de la consumición sobre la mesa. Detecta un gesto de extrañeza por mi parte y sentencia:

—Muchacho, ya te he dicho que no tengo un duro. Si no lo crees, es tu problema.

  • ¡Compartelo!
  • twitter
  • delicious
  • facebook
  • compartir por mail

Comentarios recientes

No hay comentarios

Añade tus comentarios
  • Los campos marcados con "*" son obligatorios

Publicidad

Making of

Concurso Nevir

NIÑOS ROBADOS

Cumplimos 35 años

ÁREA MAX

Publicidad