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Congo: el país de las niñas violadas

Fecha: 05/05/2008 2:00 Karin CABRERA ico favoritos Añadir a favoritos
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Treinta y dos años de sanguinaria dictadura, diez años de guerras… y más de 13.000 mujeres violadas en la República Democrática del Congo en lo que llevamos de año. La mayoría de las víctimas, de entre 13 y 20 años. Mientras los hombres guerreaban, las mujeres sacaban las familias adelante.

Kinja, de 14 años, volvió a casa tras un agotador día de trabajo en los arrozales cercanos a la ciudad de Bukavu, capital de la provincia de Kivu del Sur, al este de la República Democrática del Congo. Compaginaba esta dura tarea con los estudios de sexto de primaria, algo en lo que ponía mucho interés porque sabía que su futuro dependía de ello. Pero esa noche unos salvajes le robaron su sueño. Y su infancia. “Unos militares entraron en nuestra casa y nos pidieron dinero. Mi padre les dio tres conejos y todo el dinero que teníamos. Me cogieron de donde estaba escondida y le dijeron a mi padre: «Nos llevamos a ésta, ella será nuestra mujer»”. Kinja relata impasible a interviú el calvario que truncó su vida para siempre. “Me ataron las manos con el pañuelo de mi madre para llevarme hacia Cikundushi [una aldea del municipio de Nindja, a unos 30 kilómetros de Bukavu]. Esa misma noche sangré por aquí abajo...”.

Kinja es una de las once chicas que han sido rescatadas por África Tumaini, una ONG española enfocada a la protección social para las víctimas de la explotación sexual de la ciudad congoleña de Bukavu, enclavada en una zona montañosa de 1.450 metros de altitud bordeando el lago Kivu, que baña los estados de Ruanda y de la República Democrática del Congo. El objetivo del proyecto es crear un centro de acogida, apoyo y formación que dará cabida al menos a 30 mujeres. Los resultados que se esperan son, entre otros, establecer en algunos casos y restablecer en otros los procesos formativos y educativos de las menores residentes para llegar a una reinserción social y laboral. Para Cándida Leal, una de los tres promotores de la asociación África Tumaini, “este proyecto tiene riesgos: la reaparición del conflicto bélico y la posible oposición al proyecto de los proxenetas, pero confiamos en que nada se interponga en nuestro camino”.

Española altruista

Esta madrileña de 54 años licenciada en Psicología Social, y en su día una ejecutiva agresiva, comenzó su andadura humanitaria en el Comité de Solidaridad con África Negra, que forman un grupo de personas sensibilizadas por la situación de injusticia, pobreza y miseria de los pueblos de ese continente. En el comité, Cándida conoció al padre Donato, un cura javeriano (de la orden de San Francisco Javier) natural de Bukavu. Fue él quien descubrió, al regresar a su ciudad, en 2006, que las violaciones a niñas y mujeres y la prostitución forzada se habían convertido en un método cotidiano de humillación hacia la mujeres. “Algunas niñas son violadas por guerrilleros de la Federación Democrática de la Liberación de Ruanda [los llamados hutus ruandeses, eterno rival del grupo étnico de los tutsis, que llevaron a Ruanda a las más denigrantes purgas raciales], pero también rebeldes inclasificables e incluso el actual Ejército Nacional han sido acusados de cometer estas barbaridades –aclara el padre Donato–. Pero lo más importante no es quién viola, que también, sino el hecho de violar a mujeres y niñas que no han hecho más que sobrevivir a constantes guerras y luchar por sacar adelante a sus familias. Se ha convertido en algo cotidiano; ya incluso hay violaciones en plena calle y a la luz del día. Nadie castiga y la situación se está volviendo incontrolable”.

Kinja ha decidido ser una de las primeras en contarle al mundo, aunque entre el dolor y la impotencia, las vejaciones a las que sus compatriotas someten a las niñas en su país. “Después de violarme la misma noche del rapto, me llevaron junto a otras nueve chicas a la selva. Allí me violaban día y noche. Había un señor que nos ‘guardaba’, pero durante el día, cuando los demás no estaban, también nos violaba”. Su astucia, mezclada con la inconsciencia de la edad, la ayudó a recuperar la libertad. “Una vez nos mandaron a recoger leña –cuenta desde sus ojos tristes y negros– y aprovechamos para escapar y desaparecer en la selva toda la noche”. Al día siguiente se refugiaron en una iglesia de Kaniola, una de las ciudades que están en el punto de mira de los guerrilleros, a la espera de que sus padres las recogieran. Sin embargo, ellos nunca acudieron a su rescate: “Nuestros padres tenían miedo a que los militares volvieran a por nosotras; por eso ahora estoy aquí, en la casa de acogida de África Tumaini”.

El padre Donato afirma que esta reacción es la más frecuente entre los familiares de las mujeres que han sufrido violaciones. “El rechazo de la familia hacia la persona violada se produce por dos motivos: el primero, por el miedo que tienen de poner en peligro a la familia si los guerrilleros vuelven a sus hogares a secuestrar de nuevo a la mujer. Y el segundo, por la vergüenza que sienten los hombres de no poder haber protegido a sus mujeres. Eso, por no hablar de la marginación que sufren las mujeres que se quedan embarazadas de sus violadores, que suele ser la mayoría”.

Un poder envidiado

Los africanos suelen decir que quien educa a una mujer educa a todo un pueblo. Pero este pensamiento parece haber perdido peso a lo largo de los años, por lo menos en la República Democrática del Congo. La guerra es el ejemplo más ilustrativo de las relaciones de dominación de la mujer por el varón, donde tanto las tropas regulares como los rebeldes se creen con derecho a que las mujeres les presten servicios sexuales. A los hombres les corroe la impotencia observar cómo, mientras ellos hacían la guerra, sus mujeres tomaron el mando en una sociedad aparentemente patriarcal. La única manera de frenar su liderazgo es humillándolas, y en este país eso se traduce en violación y prostitución forzada. “Conozco cerca de 90 menores víctimas de redes de prostitución –cuenta el padre Donato, cuya asociación ha investigado los casos–. Las niñas son trasladadas a casas de la tolerancia, como llaman ellos a los prostíbulos, y cobran un dólar por el servicio, dinero que entregan a los explotadores”. Donato visitó una de estas casas: “Expliqué a las niñas nuestro proyecto y las animé a escapar de esa situación ofreciéndoles una alternativa”.

A esta alternativa se han acogido hasta el momento once mujeres. Es el caso de Francine Mukuzo, de 23 años: “Estaba casada con un militar congoleño que no se ocupaba de mí. Tuvimos una hija que ya tiene cuatro años. Lo destinaron a no sé qué lugar y fue entonces cuando una noche los hutus del antiguo ejército ruandés invadieron nuestro pueblo y me secuestraron junto a otras 16 chicas. Nos violaron en la selva, día y noche, cada uno como quería... No teníamos la posibilidad de defendernos. Perdí la noción del tiempo. El dolor era insoportable y sangraba mucho. No nos daban comida, sólo lo justo para aguantar. Nos habíamos convertido en sus esclavas sexuales”. Francine consiguió escapar y ahora se refugia con su hija y su hijo, nacido de las vejaciones que sufrió en la selva, en la casa de acogida que la ONG española les ha preparado.

Muchas de las mujeres que se encuentran en el refugio de Bukavu han perdido el contacto con sus familias. Algunas, porque no saben si los suyos sobrevivieron a los ataques de los rebeldes, y otras, porque han sido rechazadas. “No sé si mis padres viven –dice Furaha Bahana, a punto de dar a luz, otra de las chicas acogidas por África Tumaini–. Sólo sé que me rechazaron una vez, porque estaba embarazada después de que los guerrilleros hutu entraran de noche en nuestro pueblo, nos secuestraran y nos llevaran a la selva para violarnos sin descanso. Fue horrible…”.

Ahora, la única familia de Furaha son sus compañeras y, pronto, su bebé. Es el futuro que ha decidido junto a otras diez mujeres que confían en que un día sus hijos les agradezcan la valentía de haber escapado de aquellos que durante un tiempo se creyeron con derecho a aniquilarlas.

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