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De Tetuán al cielo de los mártires

Fecha: 12/02/2007 Joaquín VIDAL ico favoritos Añadir a favoritos
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Una cara del barrio de Jamaal Kebir muestra calles plenas de olores de toda condición, abigarradas de pobreza, palacios y mezquitas. Otra cara, la cruz más bien, muestra la docena de hijos de la medina de Tetuán que han alcanzado el paraíso prometido a los mártires de la ‘yihad’.

Ramón MOURELLE

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Lo han estropeado todo y ahora son los matones del barrio.

–¿Quiénes?

–Los barbudos. No tienen otra cosa que hacer que vigilarnos, sobre todo a las mujeres. Hay una calle muy estrecha. Un barrio abigarrado de casas blancas, en una montaña. En las calles inmundas se abren puertas de casas miserables, los portalones de sólida madera traída de Ceuta de los riads (palacetes) están cerrados. Un arco multicolor en el que predominan los azulejos verdes está abierto. La gran mezquita Jamaa Lekbir, donde se imparten enseñanzas coránicas. De este barrio, el depauperado barrio viejo de Tetuán, a sólo 40 kilómetros de la frontera con Ceuta, salió la facción de Jamal Ahmidan, El Chino, que se suicidó con explosivos pocos días después del 11-M. Dos de los miembros de la banda aún viven y esperan juicio esta semana en la Audiencia Nacional por los atentados de Atocha. Nueve más, de acuerdo con los informes de la policía, han sido identificados en Irak como terroristas de la llamada insurgencia. Cadáveres. Ese es el barrio de Jamaa Lekbir, la vieja medina de Tetuán, una de las más peligrosas canteras del yihadismo en Marruecos. Donde se produjo el desgraciado milagro que convirtió a los rateros en terroristas.

Quien hablaba antes es Ahmed Karmoun –“llámame Jaime, que es más fácil”–. Tiene la cara y la cabeza totalmente afeitadas. No reza cinco veces al día como deben hacerlo los buenos musulmanes. Y ellos, los buenos musulmanes, lo saben y lo tienen anotado. “Me da igual, son unos matones, pero este es mi barrio”, dice. Es uno de los pocos que se exponen a hablar abiertamente hoy en esta ciudad. Está convencido de que le expulsaron de España porque a raíz del 11-M la policía decidió desprenderse de extranjeros incómodos. Y no se le puede reprochar que piense que la policía es tan arbitraria en vista de cómo son las cosas en Tetuán.

La antigua ciudad española está de obras. No como las de la M-30 de Madrid, sino otras más premiosas, manuales por la falta de maquinaria. Mustafá, un paisano del lugar, explica que es porque se espera este verano al rey Mohamed VI, que quiere la ciudad cambiada. La ciudad real es objeto de vigilancia policial intensiva. No porque sea uno de los focos del contrabando de hachís a España, que eso es ya tradición, sino en busca de concentraciones de barbudos; extremistas islámicos. La última redada, el 1 de enero de este año, metió en prisión a 26 de estos partidarios de la yihad, detenidos en las proximidades de la ciudad. “Esos son los que se ven –explica Karmoun–; en mi propia casa hace unas semanas se llevaron a diez barbudos. En cuanto se reúnen, la policía se les viene encima”. Es tal la presión policial, que las fuerzas de seguridad españolas han detectado que los voluntarios que han combatido en Irak no están volviendo a Marruecos, sino que toman España como base de descanso en retaguardia. Allí son contratados para carnicerías, panaderías o empleos de este cariz por empresarios leales a la lucha islamista.

Punto de encuentro

En ese laberíntico barrio personajes tan dispares como Jamal Ahmidan, El Chino, Ahmed Sufri, Jassine Atanji y otros barbudos de esa laya tienen un ideario común: el de Adaâwa Wa Tabligh, un movimiento islamista de origen paquistaní cuya doctrina se impartía en la mezquita Mezouak, donde enseñaba el clérigo Fatalá Abdelila, detenido en la última redada. Las puertas de la mezquita de Mezouak, en Jamaa Kebir, Tetuán, están abiertas a todos los buenos musulmanes que quieran dejarse crecer la barba y el fundamentalismo.

A sólo veinte metros de la puerta hay un café sin nombre al que se debe entrar también sin escrúpulos. El té se prepara artesano porque el dueño no tiene máquina. Carencias de todo tipo que no evitan ser punto de encuentro de muchos de los personajes que han poblado las páginas del terror desde que, en 2003, las bombas colocadas en Casablanca –entre otros lugares en la Casa de España– sacaran de la inopia a quien estuviera despistado sobre lo que pasa en algunas mezquitas del Magreb. Un informe de la Comisaría General de Información de la policía española, aportado al sumario del 11-M, transcribe una grabación en la que se identifica al imán Mohamed Fezazi, que vive en Tánger. El religioso marroquí “justifica la yihad defensiva, dada la situación de sometimiento del pueblo musulmán por parte de Estados Unidos e Israel”, según escribe la policía. En el mismo informe se cuenta cómo en los años 90 veteranos de la guerra de Afganistán (aquella contra los rusos) crearon una corriente llamada Salafía Jihadía, liderada por doce personas entre las que estaba Fezazi, “inspirada en la práctica del salafismo puro y que ha servido de referente doctrinal para las organizaciones terroristas que operan en Marruecos”. El informe policial señala también que esta corriente “se desplegó en los barrios más depauperados a nivel socioeconómico de Marruecos, donde existía un excelente caldo de cultivo para ejercer labores de captación y reclutamiento de jóvenes adeptos a su doctrina extremista, siendo incentivados a la comisión de atentados terroristas”.

El más tremendo fue el de Casablanca. Consecuencia del mismo, el clérigo Mohamed Fezazi está en una prisión marroquí con una condena de 30 años. Pero todo se renueva. El veterano de Afganistán empezó a reclutar para un nuevo conflicto, Irak, más llamativo para los jóvenes que se aburren por el barrio y van a rezar y a oír a sus imanes. También el clérigo ha tenido sustituto: Fatalah Abdelilah.

Voluntarios a Irak

La detención en Líbano de Adil Alhyanne, a finales de diciembre de 2006, que con su camarada Baâdi Otmane intentaba llegar a Irak para luchar como voluntario, muestra los extraños y sinuosos caminos de estos jóvenes yihadistas: tras ser estafados por un contacto egipcio, que les sacó 1.000 euros, estos jóvenes barbudos insistieron. Desde Túnez viajaron en minibús hasta Trípoli, la capital de Libia. Allí los recogió un contacto llamado Alí, que los llevó a Líbano, donde les debía proporcionar pasaportes e impedimenta para llegar a Bagdad. Adil Alhyanne no es un yihadista cualquiera. Había enviado amenazas de muerte a un profesor de universidad francés que había escrito un artículo sobre el islam en la prensa francesa.

Mucho dinero y mucho movimiento para proceder de barrios como este de Jamaa Kebir. Ahmed explica que “estos tíos están controlando el barrio porque no tienen nada que hacer, tienen mucho dinero”. Así como las fotos de un triunfante Sadam Husein son fáciles de ver en las tiendas del barrio, bajo las omnipresentes del rey Mohamed VI y de su padre, los barbudos fundamentalistas son más complicados de encontrar. Con chilaba, barbas desmedidamente crecidas en la zona de la papada, el pelo muy corto y aura intelectual, pasean por la kasbah tetuaní con suficiencia y aire de superioridad, escrutando cómo se porta el vecindario. Así fue como se hicieron fuertes en Casablanca, antes de envalentonarse y colocar las bombas aquel 16 de mayo de 2003. Pegaban a quien bebía alcohol, a las mujeres que se ponían el velo y a los barberos que afeitaban las caras de los paisanos, una especie de policía religiosa.

“Realmente aquí todos somos policía”, dice con cierta sorna Mustafá, que se gana la vida engañando a los turistas. En la medina de Tetuán no hay agentes uniformados; nadie duda de que las callejuelas están infestadas de policías de paisano, escrutando el nivel de operatividad y captación de los barbudos. En la mezquita han ganado adeptos el movimiento Adaâwa Wa Tabligh y el que supone un paso más en la lucha: Taffik Wal Hijra (anatema y exilio). Tras recibir las enseñanzas de Fezazi y luego de Fatalah Abdelilah, los terroristas Jamaal Ahmidan, Ashi Rifat y los hermanos Mohamed y Rashid Orlar (autores del 11-M inmolados en Leganés) engrosaron las filas de Taffik Wal Hijra. Presumiblemente al mismo movimiento pertenecen los otros dos hijos de Tetuán imputados por el atentado de Madrid, Hamid Ahmidan (primo de Jamaal, El Chino) y Abdelilah El Fadoual El Akil.

Todos ellos eran raterillos que vivían de la picaresca y el tráfico minorista de hachís en la kasbah de Tetuán. Con cuatro de los seis se obró el milagro de convertirlos, en mártires de la yihad contra judíos y cristianos. Unos frentes están en Madrid, otros en Irak o Afganistán. De Tetuán hasta el cielo de la guerra santa hay unos cuantos pasos que el dinero abundante de los barbudos ayuda a allanar. Concretamente, de la blanca aglomeración de casas de la medina de esta ciudad a Ceuta, sólo 40 kilómetros. Casi se puede oír al mismo muecín de un lado al otro de la frontera. En Ceuta cayó en diciembre un comando presuntamente yihadista, de hecho discípulo de Adaâwa Wa Tabligh. Ceuta es para ellos tierra prisionera de los cristianos. Tetuán lo fue hasta hace poco más o menos 50 años. Una cantera excepcional de casas blancas, calles abigarradas y miseria.

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