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Desastre ecológico

Fecha: 20/04/2009 0:00 ico favoritos Añadir a favoritos
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Los expertos ya lo advirtieron: el veneno usado contra la plaga de topillos que invadió Castilla y León en 2007 iba a ser nefasto. La Junta no les hizo caso. Ahora un estudio científico certifica que el veneno no fue necesario para acabar con los topillos, pero ha matado a animales de otras especies.

Mientras esta semana Villalar de los Comuneros (Valladolid) conmemora con comidas y bailes regionales la histórica derrota de la rebelión de Castilla en 1521, los cazadores de Valladolid y de Palencia lamentan su propia derrota: “Este año no ha habido caza, ¡ni una liebre se ha visto por Tierra de Campos! –se queja contundente Miguel López, agricultor y cazador –. El veneno para los topillos ha acabado con todas nuestras liebres. No creo que mi generación vuelva a ver repobladas mis tierras con liebres”.

Genéricamente lo llaman rodenticida. Las dos fórmulas más conocidas en Castilla son la clorofacinona y la bromadiolona.

Su efecto a dosis suficiente es letal: cuando se ingiere, impide la coagulación de la sangre; el animal envenenado muere desangrado por hemorragias internas. Toneladas de ese veneno repartidas por el Gobierno regional fueron esparcidas por campos y cunetas de la Castilla cerealista en la primavera y el verano de 2007, durante una plaga de topillo campesino, un voraz comedor de grano.

De la importancia del daño que causaron los dos rodenticidas se ha hecho eco hace tres semanas un grupo de ocho investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y de la IE Universidad de Segovia, la Universidad de León y la Autónoma de Madrid. Los resultados del estudio, que publicó la revista científica norteamericana Enviromental Conservation, llevan a la conclusión de que “la aplicación del rodenticida fue innecesaria por algo que ya se sabe hace décadas en otros países: el veneno no acaba con la plaga, ésta se colapsa de forma natural”. Lo afirma el investigador Javier Viñuela, del Instituto de Investigación en Recursos Cinegéticos (IREC), dependiente del CSIC, la Universidad de Castilla-La Mancha y el Gobierno de esa comunidad. El estudio señala que, además de los topillos, técnicamente la “especie diana” del envenenamiento masivo, otras especies han sido afectadas.

Cuando el veneno se repartía, se encendió la polémica en Castilla, tanto que la Consejería de Agricultura y Ganadería constituyó una Comisión de Plagas en agosto de 2007. Según sus datos, de 178 cadáveres de animales no diana que analizaron, se detectó la presencia de rodenticida en un 18 por ciento y no en dosis letales. La Junta de Castilla y León ha impuesto un compromiso de confidencialidad a los autores de esos análisis.

Según los científicos del CSIC, la incidencia del veneno es mucho mayor. Rafael Mateo, del Grupo de Toxicología de Fauna Silvestre del IREC, cuenta que “las necropsias de los ejemplares encontrados muertos en el campo muestran restos de clorofacinona en el hígado del 98 por ciento de las palomas analizadas y en el 38 por ciento de las liebres”. Y hay otras especies: “Detectamos clorofacinona en 3 de 3 ánades azulones, 2 de 7 calandrias, 1 de 3 ratoneros y 1 de 6 topillos. Los niveles del veneno eran indicativos de una intoxicación aguda y letal en la mayoría de los casos”. Las especies analizadas en el estudio son el busardo ratonero (ave rapaz), la paloma, el ratón de campo, la liebre, la calandria y el ánade azulón. Ecologistas, campesinos y cazadores también han hallado perdices, urracas, conejos y otros animales muertos.

El 25 de marzo pasado, la Consejería de Agricultura de Castilla y León emitió una nota de prensa en la que consideraba “absolutamente falsa la conclusión del informe elaborado por un grupo de personas”. Javier Viñuela replica: “Es una forma de desacreditarnos y desprestigiarnos. Es una falta de todo no dignarse a llamarnos científicos, que es lo que somos”, y añade: “Nadie sabe qué científico avala los resultados de la Junta; nuestros resultados están publicados en una revista científica después de pasar rigurosos filtros y revisiones. Aún no he visto ningún informe científico de la comisión de la Junta –asegura–. Además, los cadáveres que recogimos pasaron todos por el Servicio de Protección de la Naturaleza de la Guardia Civil [Seprona]. La Junta retiró cadáveres con su propio protocolo, sin pasar por el Seprona”.

Daños posteriores

Pablo Villar es, a sus 23 años, el alcalde más joven de España. Desde 2007 gobierna por el PSOE en Villalar de los Comuneros (Valladolid). Desde que comenzó el uso de veneno, Pablo empezó a preocuparse por lo que ha resultado ser un desenlace fatal. “Estaba claro que no sólo iban a morir los topillos –dice Villar–. Ahora tenemos que lamentar que este año no tengamos liebres. Eso, para mi pueblo, supone menos ingresos, porque, en época de caza, de jueves a domingo Villalar tenía vida. Entre 14 y 16 cazadores venían todas las semanas”.

Su vecino Miguel Ángel Hernández es uno de los pastores de Villalar que maldicen las medidas de la Junta: “A mis ovejas ese año les tuve que dar pienso, porque una de las medidas que tomaron fue quemar rastrojos antes de tiempo, y eso nos dejó sin comida para los animales”.

Los expertos del CSIC vaticinan que el año que viene los topillos volverán, probablemente con otra plaga cíclica. Villar se ha adelantado al aviso: “Hemos pensado en criar lechuzas, que son los mayores depredadores de topillos”, apunta el alcalde. Para ello están colocando 120 cajas en las tierras aledañas. Son nidos que habitarán parejas de lechuzas. “Es una medida mucho más favorable para el medio ambiente que el veneno que se usó sin ton ni son”. Felipe Díez, presidente de la Cámara Agraria de Villalar, confía en la iniciativa. “Además de haber sufrido las consecuencias de los topillos y el veneno en mis tierras, también me he quedado sin poder cazar este año”, se queja.

En la Federación de Cazadores de Castilla y León comparten las críticas. Su presidente, Santiago Iturmendi, dice: “La forma de actuar de la Junta contra la plaga no fue la más adecuada para una sociedad civilizada, pero yo prefiero centrarme ahora más en cómo recuperar las liebres y otras especies afectadas, como el zorro, en las que ha habido una disminución notable. En los conejos es menos problemático: se reproducen más”.

Salud pública

El ecologista Fernando Jubete, de la asociación Global Nature, fue uno de los primeros en dar una voz de alarma que ahora confirman los científicos. En 2007, al poco de llenarse de veneno los sembrados y las veredas, Jubete y sus compañeros comenzaron a ver animales muertos. “Pusimos en marcha un protocolo de localización de cadáveres”, cuenta. Los cuerpos empezaban a menudear esparcidos por las anchos campos de Castilla y, de repente, dejaron de verlos. Jubete sospecha que personal de la Junta recogió los cadáveres. “Entonces nos preguntamos quién come el grano y empezamos a seguir el rastro de animales granívoros”. El hallazgo fue estremecedor cuando llegaron a un palomar de Castromocho (Palencia): “Al abrir la puerta habría unas 500 palomas muertas”. Los atestados de la Guardia Civil, levantados por avisos de ecologistas, cazadores y dueños de palomares, describen escenas parecidas por la provincia: 20 palomas muertas en los campanarios de la iglesia de Guaza, 108 en un palomar de Torremormojón, 118 en Autillo de Campos... El atestado de este caso relata cómo se recogieron los cuerpos, se precintaron las bolsas y se enviaron a analizar. Una anotación de la Guardia Civil en el documento da una nueva dimensión al caso: “Se interesa para la investigación penal en relación a posible delito contra la salud pública”.

“Estamos ante el mayor envenenamiento de animales que ha sufrido España”, afirma Jubete. Aún no hay datos definitivos de la incidencia del veneno; puede que no los haya nunca. “Nosotros sospechamos que la mortandad alcanzó a 20 o 30 especies, hasta a gatos y perros, miles y miles de animales”. La viceconsejera de Desarrollo Rural de la Junta de Castilla y León, María Jesús Pascual, lo discute: “Por encima de todo hemos intentado preservar el medio ambiente. Ninguna especie no diana ha fallecido por uso del veneno. Nadie me ha demostrado que se haya superado la dosis letal”.

Una paradoja siembra aún más incertidumbre. Las autoridades consideraron que la plaga de topillos amenazaba la cosecha de cereal de ese año. Por eso, supuestamente, decidieron esparcir el veneno. En 2006, según estadísticas oficiales, Castilla y León produjo 5,53 millones de toneladas de cereal. En 2007, en plena plaga de topillos, la cosecha fue casi del doble: 8,94 millones de toneladas, la mejor cosecha de los últimos diez años.

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