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La localidad vizcaína de Orduña mantiene ocultos los restos de las víctimas de un campo de concentración franquista

El colegio de los horrores

Fecha: 11/03/2013 9:55 Danilo Albin ico favoritos Añadir a favoritos
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Por sus aulas pasaron personajes como Sabino Arana, fundador del PNV, o José Antonio Aguirre, el primer lehendakari. Algunos años después, Franco eligió el colegio de los Jesuitas de Orduña (Vizcaya) para instalar un campo de concentración por el que pasaron hasta 50.000 prisioneros. Algunos fueron asesinados a golpes. Otros murieron de hambre. Más de 70 años después, sus cuerpos siguen ocultos bajo tierra.

Suena el timbre del recreo. A pesar de la nieve y el frío, los niños corren hacia el frontón del colegio Nuestra Señora de la Antigua, en la localidad vizcaína de Orduña. Ninguno de ellos sabe que, en pleno siglo XX, este mismo patio estuvo repleto de prisioneros. La diversión, entonces, era otra. “Marcábamos una línea en el suelo de tierra y jugábamos carreras con los piojos que nos sacábamos de la cabeza”, recuerda el republicano catalán Tàrio Rubio. Para él, Orduña y su colegio católico son sinónimos de hambre, mugre y sufrimiento. Mucho sufrimiento.

Al igual que otros tantos centros religiosos de España, este colegio se convirtió en uno de los campos de concentración del franquismo. Más allá de sus similitudes con otros centros, este lugar tenía algunas características que lo hacían único: levantado por la congregación de los Jesuitas a finales del siglo XVII, se trataba de la institución educativa más antigua de Euskadi. No en vano, allí habían estudiado algunas de las personalidades más significativas del País Vasco. Desde los hermanos Sabino y Luis Arana, fundadores del PNV e ideólogos del nacionalismo vasco, hasta José Antonio Aguirre, quien varios años más tarde se convertiría en el primer lehendakari, este colegio fue durante años el preferido de la burguesía local.

La II República ordenó su cierre en 1932, una medida que estuvo acompañada por la disolución de la Compañía de Jesús en Orduña. Franco volvió a abrir sus puertas en 1937, pero no con finalidades educativas: a partir de entonces, allí fueron recluidos miles de prisioneros. Prácticamente todos provenían de los frentes de Vizcaya, Levante, Aragón y Cataluña. Habían perdido la guerra y ahora estaban en manos del enemigo. “Fueron apresados y desvalijados en el campo de batalla, donde les quitaban todo. Nada más llegar a Orduña, les tomaban sus datos de filiación e investigaban cuál había sido su pasado, tanto durante como antes de la guerra”, comenta el periodista Joseba Egiguren, autor del libro ‘Prisioneros en el campo de concentración de Orduña’ (Ed. Ttarttalo).

Reportaje completo en la revista interviú y en la Edición Digital: http://pdf.interviu.es 

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Comentarios recientes

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