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Eduardo Puelles fue la última víctima de ETA en suelo vasco

El coraje de la viuda Paqui

Fecha: 16/06/2017 Juan José Fernández / Fotos: Manu Fernández ico favoritos Añadir a favoritos
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ETA hizo coincidir el asesinato de Eduardo Puelles con la efeméride de su peor atrocidad, la de Hipercor. Desde Bilbao, a 612 kilómetros de Barcelona, Paqui Hernández pide a las víctimas de la matanza “que no callen nunca, y que no dejen que la gente que les hizo daño se vaya de rositas”. En los mismos días en que se habla de excarcelaciones de terroristas, esta viuda conserva intacto su dolor. | Sigue leyendo. 

En la sede bilbaína de la Jefatura Superior de Policía, en unas grandes placas de granito negro, caen en cascada los nombres de 113 agentes asesinados por ETA. Son dos listas abrumadoramente largas para Vizcaya y Guipúzcoa, y una más corta para Álava. Con cada nombre, la fecha del óbito. Los muertos se agolpan en el terrible 1980, y gotean placa abajo. En la última línea de Vizcaya está el nombre de Eduardo Antonio Puelles García y los números 19-6-09.

Francisca Hernández Sotelo, para su gente Paqui Hernández, y para muchos policías Paqui Puelles, acaricia las letras grabadas en la piedra. Eduardo, su marido, fue la última víctima de ETA en suelo vasco. Era el inspector de un grupo de seguimientos clave para desarticular comandos. Lo mataron volando su coche. Tenía 49 años.

Si la viuda Paqui puede visitar esa placa de piedra es porque decidió permanecer en el piso de la periferia de Bilbao que compartió con su marido. Esta mujer de 53 años es al fin y al cabo vasca. En los ochenta, las viudas de policías y guardias asesinados en Euskadi volvían, tras el féretro de sus hombres, a sus pueblos de Andalucía, Extremadura o Galicia. Francisca, de orígenes orensanos, se crió desde los seis meses de edad en Amorebieta.

Ocho años después del peor día de su vida, sigue en el barrio de La Peña de Arrigorriaga, donde vivió y murió Eduardo Puelles. Por allí deambula ella con su inseparable amiga Isabel, o con otra vecina, madre de un bebé que proporciona excusas para salir a la calle. Si necesita respirar, se va con la familia a Ourense, o, en fin, saca a pasear a Willy, un pinscher enano empeñado en protegerla como un dóberman. 

No quedan muy lejos del escenario de sus paseos las escaleras del noble edificio del Ayuntamiento de Bilbao, desde donde, el 20 de junio de 2009, se dirigió con rabia a la multitud que la acompañaba en una fúnebre y silenciosa manifestación. Su discurso arrancó lágrimas a la concurrencia. “¡Soy la mujer de Eduardo, y estoy muy orgullosa! (…) ¡Lo único que han conseguido ha sido dejar dos huérfanos y una viuda; no van a conseguir na-da-más!”, gritó. Fue una intervención espontánea, cuenta: “Estaba oyendo hablar a Patxi López –entonces lendakari– y cuando terminó, le dije: ‘¿Yo puedo hablar?’ Me dijo que sí. Y me salió lo que me salió. A la gente que estaba allí le tenía que agradecer que me apoyase”

Ocho años después Paqui describe la esterilidad de los asesinatos de ETA –“Han matado a hombres, niños, mujeres embarazadas, y ¿defendiendo a quién? A nadie: simplemente han regado todo de sangre”–, pero se plantea si de verdad la banda no ha conseguido nada: “Han logrado entrar en las instituciones. Yo de política no entiendo, pero creo que, para tener contentos a cuatro, no puedes negociar con las vidas de los demás”.

El derecho del muerto

Flanqueada por sus hijos, Paqui gritó: “¡No son presos políticos, son asesinos!”. Viene al caso ocho años después entre rumores de acercamiento de presos, con Idoia López Riaño, la Tigresa, recién excarcelada, y con Javier García Gaztelu, Txapote, exonerado de condena porque un atentado suyo, cometido en 1995, ha prescrito. “Es vergonzoso. Me siento humillada –comenta–. Y también mis hijos –los dos son hoy policías–, y toda la gente que tiene muertos. Se premia a asesinos; y los muertos no tienen ningún derecho. Se considera que las familias de los asesinos son pobres familias que tienen que hacer un montón de kilómetros para verlos. Pero ojalá pudiera yo ver a mi marido. Si me dijeran hoy: ‘Para verle te tienes que ir a 5.000 kilómetros’, me iba aunque tuviera que comer patatas secas un año. Un muerto no tiene derechos, porque ya no come, ya no consume, ya no genera riqueza. Mi marido no tiene ningún derecho, aunque evitó muchas muertes, lo sé bien: muchos están respirando hoy gracias a él y los que trabajaban con él”

Paqui reclama como derecho de un muerto que quienes le quitaron la vida “no vuelvan a ver el sol de la calle”. Y aprieta los labios cuando se le plantea la posibilidad de que, algún día, los asesinos de su marido –Íñigo Zapirain, Beatriz Etxebarria y Daniel Pastor– salgan de la cárcel y se los cruce en una calle. “Lo he pensado muchas veces... Prefiero no decir qué pienso. A Eduardo lo mataron, no por un golpe de locura, sino planificándolo bien. Me han dejado seca, muerta en vida; a mis hijos les han dejado sin padre… No les perdonaré jamás. Espero que la vida no me los ponga delante. Que no me entere yo nunca de que salen…”

A la viuda Paqui no le da la gana perdonar. “No se me va a quitar la rabia que tengo, porque me han jodido la vida”, dice. No entiende a las víctimas que han accedido a verse con sus victimarios, pese a que sabe que eso no significa que perdonen. | Sigue leyendo. 

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Comentarios recientes

  • Anónimo 23/06/2017 14:28

    Es comprensible el odio que tiene dentro esta mujer, al fin y al cabo, somos humanos. Pero como sociedad tenemos que avanzar, y eso implica que no puede darse tanto valor a lo que opinen estas personas que, debido a la desgracia que sufrieron, sólo tienen odio en su interior. El odio no nos lleva a nada positivo.

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