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El crucero de los Ángeles de la guarda

Fecha: 20/08/2007 0:00 Daniel MADRIGAL ico favoritos Añadir a favoritos
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Era un viaje de placer, pero se convirtió en una operación de salvamento. El crucero español ‘Jules Verne’, con base en Alicante, rescató junto a las costas de Malta a 12 inmigrantes cuyo bote naufragó ante la mirada de los 450 pasajeros del barco.

Hombre al agua. El anuncio sonó por la megafonía del crucero español Jules Verne sobre las diez de la mañana en un perfecto inglés: “Man over board”. El mensaje puso la banda sonora a una extraña mañana de vacaciones. En aquel momento, el barco de lujo, cargado con más de 450 turistas, dejó de ser una embarcación de recreo para convertirse en una unidad de salvamento. Y ante la atenta mirada de todos sus viajeros. A lo lejos, varias siluetas chapoteaban en mitad del Mediterráneo. Inmigrantes lanzados a la aventura de alcanzar con una embarcación precaria las costas de Malta. No lo consiguieron, y el barco español se convirtió en su única oportunidad de salvar la vida. Doce personas pudieron alcanzar el Jules Verne. El resto de sus compañeros, una veintena según los testigos, no tuvo tanta suerte.

El 10 de agosto de 2007 se recordará de por vida en el crucero Jules Verne. Un día que comenzó torcido. En sus primeras horas, la tripulación avistó en mitad del mar una patera cargada de inmigrantes. Estaban a escasas 80 millas de la costa de Malta. El barco español varió su trayectoria durante la noche para escoltar a la embarcación y garantizar la seguridad de sus 200 ocupantes hasta la llegada de una embarcación de salvamento. En cumplimiento de la legalidad internacional, el crucero veló por la integridad de la pequeña embarcación hasta la llegada de los servicios marítimos italianos. Al final, los inmigrantes llegaron al puerto de Lampedusa, en el sur de Italia. Durante el desayuno, corría el rumor de que los inmigrantes de aquella patera llegaron incluso aporrear desde el cayuco las ventanas del segundo piso, en busca de una entrada a los camarotes del crucero. La maniobra era el tema de conversación de todos los clientes, hasta que sonó de nuevo la voz de alarma.

“Lo primero que pensamos era que alguno de los pasajeros se había caído al agua”, narra uno de los pasajeros del crucero español, con base en Alicante. Al minuto, varios miembros de la tripulación se presentaron en la cubierta con transmisores. Su misión era indicar desde arriba la posición de los inmigrantes a la lancha de salvamento fletada desde el buque. Según testigos presenciales, los operarios se mezclaron en aquel momento con casi todo el pasaje, que divisó la maniobra desde los recovecos del barco. Cámara en mano, se dedicaron a inmortalizar el suceso como espectadores y protagonistas del rescate.

En el horizonte, varios puntos de vivos colores indicaban la posición de los inmigrantes. Su patera, con una treintena de personas a bordo, hacía agua. Incluso terminó de hundirse ante los ojos de los turistas españoles. Ya en el mar, los náufragos pataleaban asidos a improvisados flotadores: garrafas de combustible atadas con una cuerda servían de salvavidas a varios de los rescatados. Algunos llevaban incluso un chaleco de salvamento marítimo, que les sirvió para mantenerse a flote hasta la llegada de la lancha de salvamento, fletada por el crucero español.

Dos cadáveres

En aquel momento, la cubierta del barco se encontraba completamente repleta de pasajeros. De lado a lado, contemplaban la maniobra con una mezcla de estupor, curiosidad y preocupación. Y sobre todo, a golpe de cámara. Al momento, un ruido de motor levantó todas las miradas hacia el cielo. Varios helicópteros de salvamento malteses participaron también en última instancia en las labores de rescate. Pero no hubo suerte. En las tareas de auxilio fueron encontrados también los cadáveres de dos personas: una mujer eritrea y un bebé de nueve meses. Desde el barco, los testigos del rescate recuerdan los gritos de una “mujer de blanco”, que pedía ayuda para localizar a su bebé, perdido tras el naufragio. Tras el rescate, los miembros de la tripulación informaron al pasaje, compuesto en su mayoría por turistas españoles, de que los inmigrantes se encontraban en perfecto estado, alojados en la zona del barco acotada para los trabajadores del buque. Según fuentes de la naviera responsable del crucero, los inmigrantes llegaron a bordo con claros síntomas de cansancio y deshidratación, y fueron atendidos por los médicos del buque en una zona acotada. Algunos llevaban el cuerpo impregnado en petróleo para repeler las medusas. Al final, nueve hombres y tres mujeres, una de ellas embarazada, lograron pisar el Jules Verne.

“La verdad es que el comportamiento de la tripulación fue ejemplar en todo momento. Y también el de los clientes. Todos entendimos que era una cuestión necesaria en aquel momento y no hubo absolutamente ninguna queja”, asegura Rafael, otro de los españoles presentes en el barco. El nerviosismo llegó después. El pasaje temió que se repitiera en sus carnes el periplo del remolcador español Moltfalcó, que a principios de junio erró de puerto en puerto con 26 inmigrantes recogidos en mitad del Mediterráneo. En un primer momento, los gobiernos de Malta y Libia se negaron a que el remolcador español, con una tripulación de seis personas, atracara en sus puertos. Los seis marineros españoles tuvieron que atender durante cinco días a los 26 náufragos recogidos en alta mar. Sin ayuda de nadie. Finalmente, un barco fletado por el Ministerio de Fomento tuvo que zarpar desde Tarragona para recoger a los inmigrantes cerca de las aguas de Sicilia y llevarlos a territorio español.

Pero esta vez no hubo problemas. Escarmentado ante las quejas internacionales por su actuación anterior, el Gobierno de Malta permitió al crucero Jules Verne desembarcar a los náufragos en la isla. Cinco días antes, España presentó una queja formal en la Unión Europea contra la actuación del Gobierno maltés por su denegación de ayuda en el rescate del remolcador Montfalcó.

El regreso

Tras el desembarco de los inmigrantes, el crucero zarpó rumbo a España. Y los turistas perdieron parte de su viaje, ya que el barco tenía prevista una parada en Cerdeña. “Eso no nos importa, ya que es una cosa entendible”, comenta Lucía, otra de las pasajeras. Pero no todo fueron buenas palabras. Algunos viajeros se sintieron agraviados por el trato de la compañía. “No por el rescate o el tiempo perdido, sino por su falta de tacto en algunas ocasiones –puntualiza uno de los pasajeros–. Y no me refiero ni mucho menos a la tripulación, sino a la gente que tomaba las decisiones”. Al final, el barco llegó a España con un retraso de varias horas sobre lo previsto. Y muchas personas perdieron sus billetes de tren o avión para regresar a casa. Para algunos fue un problema. Para la mayoría, un mal menor después de vivir el drama de la lucha entre la vida y la muerte.

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