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El diario erótico de Olvido Hormigos

El desconocido

Fecha: 28/08/2017 Olvido Hormigos / Foto: Joan Crisol ico favoritos Añadir a favoritos
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Ella solo quería ir al cine y descansar, pero al apagarse las luces de la sala todo se trastocó. Un madurito en buena forma apareció en el patio de butacas. Al final, todo acabó en un callejón... como en las mejores películas. ¿Realidad o ficción? | Sigue leyendo

Había salido sola a comer con el único pensamiento de meterme más tarde en el cine y pasar el día sin hacer nada después de una semana bastante larga. Al ir a pagar la cuenta, el camarero me dijo que un caballero ya lo había hecho por mí. Se giró y me señaló a un hombre maduro, con el pelo canoso, de unos cincuenta años muy bien llevados, en forma, delgado pero fuerte, cuidado, traje caro, elegante y atractivo. No es que me disgustara en absoluto que lo hiciera, pero decidí no decirle nada, tan solo un gesto de agradecimiento que él correspondió con una sonrisa.

Mientras caminaba hacia el ascensor no pude evitar fantasear con aquel guapísimo hombre. Ya dentro del elevador fue mucha mayor mi sorpresa cuando alguien, de repente, metió una mano entre las puertas para evitar que se cerraran. Me dio un vuelco el corazón: era él, mucho más atractivo en la distancia corta. Las puertas se cerraron y nos quedamos allí, a solas. El aire me faltaba y el ambiente se volvió irrespirable, cargado por la tensión sexual que, indudablemente, existía entre nosotros. Cuando sentí que no podía más, que si él no decía nada, lo haría yo, el ascensor se detuvo. Entró una señora. Él y yo nos mantuvimos en silencio, sin decirnos una sola palabra. Al bajarnos no me atreví a mirar hacia atrás para ver si él venía, pero pude ver su reflejo en una puerta de cristal. Llegué a la taquilla del cine con el corazón bailando en la garganta y con un deseo naciente en lo más hondo de mi sexo. El cine era una de esas típicas salas antiguas reformadas, el patio de butacas era inmensamente grande. Me senté en una de las últimas filas, excitada y nerviosa como una adolescente en su primera cita. Una vez apagadas las luces, alguien se sentó a mi lado. Lo sabía, mis deseos se habían cumplido. Allí estaba él. Sin previo aviso me puso la mano en la rodilla y empezó a acariciarme. Conteniendo el aliento, supe de pronto que nunca había experimentado una sensación tan fuerte, toda mi piel erizada, el vello de punta y mi concentración en un único punto de mi cuerpo, con un contacto físico tan leve, tan ligero. Siguió acariciándome, ahora por debajo de mi falda, rozando mis braguitas de encaje que apenas podían aguantar mi humedad. Mi vulva se hinchó expectante y, al momento, un profundo gemido. 

 PARÓ DE PRONTO y salió de la sala. No pudo dejarme más cachonda, así que supuse que quería que le siguiera. Salimos a la calle y acabamos en un callejón oscuro. Me quitó la blusa y me agarró los pechos, apretando mis pezones para después metérselos en la boca. Al mismo tiempo, introdujo sus dedos en mi sexo. Estaba húmedo y dispuesto. Le desabroché el pantalón, deseosa de tener su polla en la boca, y me la metí hasta dentro. Sus fuertes gemidos hacían aumentar mi ritmo. Me puso contra la pared, aprisionándome con sus caderas y su erección. Volvió a meter sus dedos dentro de mí, provocándome un placer que me invadía en oleadas. Hacía mover mis caderas en torno a sus dedos cada vez con más pasión. Los sacó y me los acercó a la boca, quería que los chupara y probara mi propio sabor. Eso me enardeció más todavía y le pedí que me follara. No me hizo esperar, sentí que me penetraba, haciendo que me tambaleara y enloqueciese de placer. | Sigue leyendo

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