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El gueto que Marruecos oculta a Zapatero

Fecha: 21/07/2008 Daniel MONTERO ico favoritos Añadir a favoritos
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Oujda es una parada obligada para los inmigrantes subsaharianos que quieren alcanzar España.

¿Son ustedes periodistas? ¿Españoles? Pues les tengo que pedir que me acompañen”. El interlocutor era el decano de la Facultad de Leyes de la Universidad de Oujda, Mehuimi Mohamed. A sus espaldas, varios agentes de la policía política marroquí daban carácter de arresto a sus palabras. La red de chivatos en el gueto de Oujda delató la presencia de dos periodistas españoles entre los inmigrantes ocultos en la universidad. Desde hace meses, el rector de la Universidad de Oujda cobija a los inmigrantes en su viaje hasta España. En las instalaciones públicas aguardan su oportunidad para cruzar en barca o intentar el salto a la valla de Melilla. El decano ha prohibido el acceso de la policía al campus por cuestiones humanitarias. El recinto estaba poblado por más de 200 subsaharianos. Es el gran secreto de Marruecos en sus conversaciones con España. Los inmigrantes se ocultan a escasa distancia del palacio donde José Luis Rodríguez Zapatero se reunió hace dos semanas con el monarca Mohamed VI para reforzar lazos de cooperación. La voluntad de Marruecos de ocultar lo que allí sucede se tradujo para los dos periodistas españoles en más de seis horas de retención e interrogatorios y la pretensión de eliminar todas las pruebas gráficas del reportaje, que fueron rescatadas posteriormente gracias a la informática.

Los inmigrantes subsaharianos, sin embargo, se alegran de ver periodistas españoles. “¿Tienes una grabadora. Enciéndela. Quiero que en España sepan lo que pasó”. Varios subsaharianos arropan a su compañero, tras confirmar que los visitantes son periodistas españoles, y no agentes encubiertos de la policía. Momentos antes, saltaban la valla de la Universidad de Oujda con una escalera improvisada de piedras. “Mi nombre es Abrahim. Y he intentado cruzar a España cuatro veces. Hace un mes iba en una zodiac con otras 40 personas cuando llegó una patrullera marroquí. Y en mitad del mar, pincharon la lancha. Nos dijeron: «A ver si llegáis a España ahora». Y se marcharon”. A su lado, varios compañeros asienten con la cabeza mientras otros vigilan con recelo. Las visitas no son bienvenidas en el gueto de Oujda. Siempre traen problemas. “Decidimos seguir con la barca medio rota. Y al poco tiempo volvieron de nuevo. En vez de ayudarnos pincharon el otro lado. Y se fueron. La lancha se hundió y murieron 24 personas. Cuatro de ellos eran niños. Otro barco rescató a los que flotábamos. Nadie ha dicho nada”. Testimonios de este tipo son los que Marruecos quiere evitar a toda costa. A la misma hora que Abrahim relataba su historia, el ministro del Interior español, Alfredo Pérez Rubalcaba, negociaba en Rabat la creación de una comisaría conjunta hispano-marroquí sobre inmigración. Nadie habló allí sobre el gueto.

“¿Os han contado que no podemos entrar en la universidad? No, claro, eso no”, espeta un responsable policial marroquí al ser preguntado por la bolsa de inmigrantes que se cobija bajo aquellos muros. “Si pudiéramos pasar, se acababa el problema”, asevera lapidario, recostado en un vetusto despacho policial. “¿Quién os informó de que los inmigrantes estaban en la universidad?”. A la pregunta atienden expectantes cuatro agentes marroquíes. Dos toman notas en un papel de estraza amarillento mientras otro traduce al árabe. La respuesta no les gustó. “Una asociación de España”. Un nombre ficticio quedó incluido en el expediente. La pregunta se repitió varias veces a lo largo de varias horas en comisaría. “¿Y con quién habéis hablado?”. “Con nadie. Sólo con el decano de la facultad”. Incluso el contenido de esta conversación es interesante para los policías. “¿Y qué os ha contado?”. Su obsesión es comprobar que en la cámara no quedan fotos. No quieren ni una sola prueba de la visita.

La zona se ha convertido desde hace años en una jaula para los subsaharianos en su camino a Europa. Y en un problema para el gobierno marroquí, que trata de evitar a toda costa que la situación se conozca. Es un pulso constante entre la política represiva de Marruecos y la voluntad de ayuda humanitaria del rector de la universidad. “Ahora somos pocos. Mucha policía, muchos problemas. Algunos se han ido al monte”, advierte otro de los moradores del gueto. El interlocutor señala entonces una zona boscosa de las laderas que rodean Oujda. A simple vista se pueden ver las improvisadas chabolas de los inmigrantes que han decidido ocultarse allí ante la presión policial. A su lado, varios compañeros tienden su ropa frente a la cancha de baloncesto del centro, plagada de mantas y otros enseres. Cartones en el suelo hacen de camas improvisadas y el hollín de las hogueras tiñe el suelo de negro. “¿Sabes por qué ganó España la Eurocopa? Porque nosotros rezamos para que ganara y así poder cruzar”. Desde aquí partió el grupo que intentó tomar la frontera de Melilla en avalancha mientras la selección española jugaba la final de la Eurocopa contra Alemania. Salieron a pie varios días antes. Y cruzaron los 150 kilómetros que separan Oujda de Melilla. Al parecer, algunos consiguieron pisar suelo español: “Yo estuve en Melilla. Estuve en Melilla y la Guardia Civil me devolvió a Marruecos. ¿Por qué? ¿Ellos pueden hacer eso?”, se duele un ciudadano de Mali.

En comisaría, la policía repite hasta la saciedad los datos personales de los periodistas. Los pasaportes pasan de despacho en despacho. Y suenan los teléfonos. Cada cierto tiempo, un nuevo agente entraba a escena y la ronda de preguntas empezaba de nuevo. Nombre. Dirección. “¿A qué edad empezaste el bachillerato?”. “¿Estudios?”. “¿En qué fecha comenzaste a trabajar?”. “¿Quién os ha dicho que los estaban en la universidad?”. “¿Cuál es tu filiación política?”. Paso a paso, los agentes realizan una ficha completa de cada uno. Comienza entonces la presión. Miradas fijas y cortantes. Preguntas secas. Mientras el más delgado se muestra tosco: “Lo que habéis hecho es muy grave. Esto es ilegal”. A su lado, otro agente habla en voz baja: “Tranquilos. No os va a pasar nada”. El tercero, que hace de traductor, incluso recita trabalenguas en castellano aprendidos en el colegio: “El cirujano Jorge del ejército rojo jugaba al ajedrez en Guadalajara”.

La relación entre la policía marroquí y los subsaharianos tampoco pasa por un buen momento. En las últimas semanas se ha vuelto más tensa. Los inmigrantes han creado su pequeña sociedad en el gueto de Oujda. Una sociedad que las mafias pretender pudrir. “Nosotros intentamos echarlas. No queremos gente mala aquí. Pero ya sabes. Si viajamos en patera, no pagamos a mafias. Compramos una lancha entre muchos. Cuarenta o cincuenta. Y salimos”, relata Mohamed, que ha llegado a Oujda desde Ghana, tras cruzar Mauritania. La pregunta es obligada: “¿Sabéis navegar?”. La respuesta: “Claro, todo recto”.

Los documentos oficiales son el bien más cotizado entre los inmigrantes de la Universidad de Oujda. Incluso comercian con carnés de estudiante. Todo vale para estar un paso más cerca de España. Rabius regresó a Mali desde la Península para visitar a su familia tras conseguir un permiso de residencia en España. A su vuelta, paró en Oujda para traer ayuda a varios de sus familiares, que llevan meses cobijados en las instalaciones. Fue entonces cuando las mafias –en su mayoría nigerianas– le robaron su pasaporte y su permiso de residencia español. Esquiva hablar en público sobre el tema. “Es complicado –alerta en un primitivo español–. Ahora he ido al consulado y me han dicho que no pueden hacer nada. Que si no tengo pasaporte no me pueden dar un duplicado. Que no pueden identificarme. Y tampoco puedo volver a mi país. He estado rezando mucho tiempo, esperando que alguien venga a ayudarme”, explica. Para probar su historia, Rabius se separa varios metros del resto del grupo. Y enseña un carné de la Seguridad Social española emitido a su nombre. “Por favor, no digáis a nadie que lo tengo. Si las mafias lo saben, volverán a venir y me lo quitarán. Es lo único que me queda”.

“Vosotros venís aquí a criticar a Marruecos, y no sabéis que somos nosotros quienes controlamos a los que quieren atentar allí, a los que quieren hacer daño a España”, reprocha un policía a los periodistas. Ha pasado el mayor aprieto. El momento en el que la policía se mostraba más inquisitiva para conocer la fuente del reportaje y cualquier detalle sobre el contenido: nombres, fechas, datos… Todo es importante. “Vosotros sois bienvenidos en Marruecos. Con autorización podéis hacer lo que queráis. Pero sin ella, nada”, dicen. “Nosotros somos periodistas y vamos a contar lo que vemos. Sólo hacemos nuestro trabajo”. La réplica les enfada más. “Y nosotros el nuestro. Así que dame la tarjeta de la cámara”. Entonces, los policías se interesan también por los objetivos del fotógrafo y todo su material de trabajo. “¿No lleváis ninguna cámara más?”. Llega el momento de vaciarse los bolsillos.

Haciendo su trabajo, la policía de Oujda ha constatado el tráfico de drogas e incluso la falsificación de dinero entre algunos integrantes de la comunidad refugiada allí. La tensión a la que se ven sometidos hace que cada poco tiempo estallen las peleas. En las épocas de mayor población, la universidad se convierte en una olla a presión. Es una parada obligada en el camino a España. Un lugar donde fluyen ilusiones exportadas por televisión. “Yo quiero ir a España para jugar al fútbol. Soy muy bueno. De verdad. Como Diarra o Marcos Senna. Y quiero llevar mi nombre en la espalda”, relata Douglas, mientras sostiene con su mano una pequeña cruz dorada que cuelga del cuello. A su lado, otro compañero duerme entre cartones. Y una música española suena en la radio de varios obreros marroquíes. Están acondicionando una mezquita dentro del campus. “Aquí es donde vamos a pasar el invierno”, asegura uno. Algunos ya han reservado su sitio en el edificio, y duermen entre el barro y los cascotes de obra. “Y di también que yo cobro sólo 50 dirhams al mes” (unos cinco euros al cambio), espeta un albañil marroquí que remoza el techo del edificio con yeso. Todo el mundo aprovecha para contar sus problemas.

Al salir del edificio, los inmigrantes se retiran. Y la gente que esperaba fuera, ya no está. A la derecha aparece una comitiva de hombres marroquíes. “Tengo que pedirles que me acompañen”.

La retención policial duró casi siete horas. Sin esposas de por medio, pero también sin derecho alguno a defensa letrada. Nadie avisó al consulado español, a la embajada o a institución alguna. Los policías presionaron a los periodistas hasta cansarlos y revisaron todo el material de trabajo. Requisaron lo que quisieron. Y después los soltaron con la promesa de recuperar la tarjeta fotográfica. Desde aquel momento, policías de paisano controlaron todos sus movimientos. No eran discretos. Ni había necesidad. El objetivo era evitar cualquier nuevo contacto con los inmigrantes. A la hora prometida, uno de los policías del interrogatorio acudió a la cita. “¿Y la tarjeta?”. “¿Qué tarjeta?”. Siguió hablando. “Te he preguntado por la tarjeta”. “Cómo se llama en castellano… ¿Mechero?”. Hace un gesto de humo con las manos. “No me lo creo. Dámela”. El agente recula. Ante la insistencia, saca la tarjeta de un bolsillo. “Toma, que no vean que la tienes”. Señala a otros dos agentes de paisano que esperan en la recepción del hotel. Por supuesto, las fotos del reportaje ya no están. “Y ahora… ¿podemos seguir trabajando?”. “Sin autorización, no. Podéis estar en Marruecos, pero no podéis hacer fotos de nada. Usad vuestra memoria. Ésa no os la podemos borrar”.

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