El hombre que fue... Ferrán Adriá, Joaquín Sabina, Manuel Pimentel...
Fecha: 13/04/2009Se llama Juan Moreno, pero durante meses este documentalista fue el cocinero Ferran Adrià, el cantante Joaquín Sabina, el ex ministro Manuel Pimentel, el periodista Jesús Quintero y setenta personas más. Descifró sus contraseñas, leyó su correo y, en algunos casos, los acosó y amenazó.
No puedo ayudarle, sargento. Todo eso que ustedes me cuentan lo hizo mi otro yo”. Juan Moreno, un licenciado jerezano en Lingüística, Ciencias de la Documentación y Comunicación y diplomado en Biblioteconomía, de 41 años y soltero, dejó atónitos a los guardias civiles de Huelva que le detuvieron en la operación Yacimiento. Unas horas después, en la misma sala de interrogatorios, Moreno habló con la voz de su parte mala y confesó todo lo que había hecho y por lo que está acusado de suplantación de identidad y estado civil, amenazas, coacciones, revelación de secretos y delitos contra el honor.
Durante meses, y según se revela en las diligencias abiertas en un juzgado de Valverde del Camino (Huelva), el cracker (pirata informático que busca hacer daño emocional) descifró la contraseña de al menos setenta personas, algunas de ellas tan famosas como el cantante Joaquín Sabina, el periodista Jesús Quintero –El Loco de la Colina–, el cocinero Ferran Adrià –dueño del restaurante El Bulli– y el que fue ministro de Trabajo y Asuntos Sociales con el PP, luego reconvertido en escritor, Manuel Pimentel. La mayoría de sus víctimas –la Guardia Civil todavía está identificando a algunas de ellas para ofrecerles la posibilidad de emprender acciones legales contra el cracker, son profesionales liberales: médicos, psicólogos, abogados, periodistas... Los investigadores creen que Moreno pudo entrar en la vida electrónica de unas mil personas.
En el caso de sus víctimas más famosas, Moreno utilizó sus vastos conocimientos para entrar en su correspondencia por internet y leer sus correos privados. A veces, se hizo pasar por ellos y mandó correos en su nombre aprovechando la información privilegiada e íntima que había conocido gracias al espionaje al que sometía a sus víctimas. En el caso de otros perjudicados, el cracker se volvía mucho más agresivo: se hizo pasar por algunos de ellos y les dio de baja en sus compañías de luz y teléfono, de forma que les dejó sin esos servicios. También acosó a la hija, menor de edad, de una conocida periodista. Pero la mayor crueldad la aplicó con una mujer con la que mantuvo relaciones íntimas después de seducirla por internet. La mujer sufrió una brutal campaña de acoso, que incluyó maltrato psicológico. Denunció el caso y logró que el juez dictara una orden de alejamiento, que el cracker quebrantó. Desesperada, intentó suicidarse. A otros de sus objetivos, sobre todo a los médicos, el cracker les insultaba y amenazaba. Varias de sus víctimas están en tratamiento psicológico, tras las amenazas y los ataques del ahora detenido.
Fue la alcaldesa de Minas de Riotinto (Huelva), Nuria Hernández Clavijo, la primera persona que denunció que alguien había entrado en los correos de varios concejales del ayuntamiento, había adivinado sus contraseñas y se había hecho pasar por ellos para enviar correos electrónicos y mensajes. La investigación de la Guardia Civil descubrió que esos correos electrónicos de los políticos locales se habían enviado realmente desde un ordenador de la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Cádiz. Pero ninguno de los profesores tenía nada que ver con los ataques. Las pesquisas permitieron averiguar que el agresor –que se conectaba desde cibercafés usando las claves que había aprendido en la universidad– era Juan Moreno, que fue alumno de doctorado en el departamento de Filología. “Fue uno de los alumnos que colaboran con nosotros. Participó incluso en un tribunal para seleccionar otros alumnos colaboradores en 2006”, recuerdan fuentes de la universidad gaditana. Como cualquier alumno colaborador, Moreno se benefició de descuentos en la matrícula y tuvo acceso a información del departamento, incluidas contraseñas y claves de ordenador que luego utilizó para invadir las cuentas y correos de sus víctimas.
Durante los interrogatorios, Moreno –realmente, su otro yo– admitió los hechos y los narró con minuciosidad, con todo detalle. Tras una primera sesión de cinco horas, los agentes decidieron dejarle descansar. Al día siguiente, cuando volvieron al calabozo, el hombre los recibió con aire cansado: “Pero ¿otra vez me van a preguntar?”. Y empezó a repetir con fidelidad asombrosa, como una oración, cada pregunta y cada respuesta que le habían hecho durante cinco horas la tarde anterior.
La Guardia Civil encontró además en su casa varios cuadernos con numerosas anotaciones sobre sus víctimas, casi ilegibles y con extrañas claves en algunos casos, y sus datos personales: nombres de contraseña, claves, números de cuenta bancaria, código pin de sus tarjetas de crédito… Pero, pese a ello, Moreno nunca intentó robarles dinero. Lo hacía, él o su parte mala, por el puro placer de hacer daño.
El juez dejó en libertad al cracker después de que un informe médico revelara que sufre realmente un trastorno mental llamado síndrome de personalidad múltiple. Pese a todo, el magistrado le obliga a comparecer los días 1 y 15 de cada mes en el juzgado. Según las primeras pesquisas, el cracker dice tener “simplemente dos personalidades”, una buena y otra mala. Y ésta sería la única razón de su comportamiento.
Lo cierto es que lo que se sabe de la vida anterior de Moreno contiene episodios bastante insólitos. El hombre ha contado que hace “veintidós o veintitrés años” viajó a Argentina y trató de cumplir su sueño: convertirse en escritor. Con sus habilidades, el entonces joven aprendiz de escritor habría sido capaz de seducir al prestigioso Ernesto Sábato, novelista autor entre otros de El túnel y Sobre héroes y tumbas. Según fuentes de la investigación, Moreno presume de que Sábato le acogió, por otra parte, como a otros jóvenes artistas, en su casa de los Santos Lugares, al norte de Buenos Aires (Argentina). Sin embargo, la relación terminó mal, al parecer porque Sábato le dio su opinión sincera al joven gaditano sobre un manuscrito literario que le había dado a leer y que no debió colmar las expectativas del escritor.
En esa faceta de su vida, Moreno utilizaba un seudónimo: Rolando Gavioto, inspirado en uno de los discípulos de Juan Salvador Gaviota, personaje de ficción creado por Richard Bach en dos novelas en las que narraba la fábula de la gaviota Salvador y sus discípulos, capaces de volar libres y lejos de la bandada. El hombre presume de haber escrito varios originales con ese seudónimo y que incluso uno de ellos llegó a ser finalista de un famoso premio literario nacional. Según su propia confesión, Rolando Gavioto rechazó ofendido ese premio de “consolación”.
Tras su fracaso como escritor, Moreno se adaptó bien al ambiente universitario. Obtuvo una sólida formación y era, según quienes han trabajado con él, un gran profesional. No en vano, su último trabajo conocido fue como documentalista en una prestigiosa biblioteca de Gran Bretaña.
Su enfermedad, un trastorno disociativo que hace que sufra cambios de personalidad sin ser consciente de ellos, le ha hecho quedar en libertad. La pasada semana, uno de los correos electrónicos de uno de los guardias civiles de la comandancia de Huelva estuvo estropeado durante días. Los agentes se miraron sin querer mentar la bicha. Dos días después volvió a funcionar.
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