Es peligroso sufrir una enfermedad mental en Marruecos. La familia del loco puede creer que se curará peregrinando hasta la tumba de un santón en el centro del país y dejándolo encadenado y encerrado con una dieta de pan y té. Un millonario y sus guardianes hacen su agosto con esta superstición.
Rafael Marchante
Guantánamo. Con esta palabra describen los lugareños Buya Omar, un santuario en el centro de Marruecos, lugar de peregrinaje para enfermos mentales y toxicómanos de todo el país. Por las calles deambulan personas con la mirada perdida y las manos o los pies con cadenas. Tras las rejas de las casas “hay hasta treinta personas por habitación. Les dan de comer dos trozos de pan y un té al día y los dominan a palos; algunos están encadenados a la pared o a la cama, se mean encima” , relata Abdelatif Fauzi, un comerciante de la zona. Cree que hay 1.200 pacientes, entre ellos menores de edad y muchas mujeres. “Si son guapas, los vigilantes las violan” , asegura Fauzi, y continúa: “Los dementes que mueren en los barracones son enterrados en un campo cercano si la familia no se hace cargo” . Liberar a un paciente puede ser difícil: “Tras años de encierro, las llaves de los candados se pierden y hay que partir los grilletes a martillazos” , explica Fauzi.
El pueblo-manicomio de Buya Omar tiene sus raíces en la ancestral veneración en Marruecos a las tumbas de los maestros sufíes. A muchas peregrinan los dementes para liberarse del yin (demonio) por el que se creen poseídos. Pero Buya Omar alimenta un suculento negocio: el enfermo queda al cuidado de guardianes que intentarán exorcizar al yin en sesiones de trance; cada paso exige una ofrenda monetaria y el proceso puede durar semanas, meses, años. Los yin exigen sacrificios de gallinas o cabras que se venden caras. Las familias entregan entre 60 y 150 euros al mes para la manutención de sus enfermos pero, según Fauzi, los guardianes gastan poco en sus pacientes. Tener una casa con 40 locos puede dar beneficios de 3.000 euros mensuales.
El hombre que controla esta riqueza se llama Tahar Tausi, Uld Duwaia. Se niega a hablar con la prensa. Según el periodista marroquí Najib Chaouki, tiene 50 años y posee aceiteras e intereses inmobiliarios en la provincia. “Llegó pobre a Buya Omar en 1986; hoy es millonario” , resume Fauzi. Tausi se hizo fuerte entre los inversores locales que pujaban cada año por hacerse con el negocio del santuario. “Hoy esas subastas ya no se celebran –asegura la periodista Zineb El Rhasoui– porque nadie puede competir con Tausi, que lleva dieciocho años controlando la caja” . Paga anualmente 800.000 dirhams (70.000 euros), por gestionar el mausoleo; el dinero se distribuye entre las familias que se reclaman descendientes del santo Buya Omar. Los ingresos pueden rondar los 3,2 millones de dirhams anuales (casi 300.000 euros).
No todos los pacientes van encadenados. Ni todos están locos. “Si alguien se quiere deshacer de un familiar por una herencia o para evitar un divorcio costoso, lo interna en Buya Omar. Pudimos comprobar que los sicarios del santuario van a cualquier punto para recoger al supuesto enfermo; no piden certificado médico” , asegura El Rhasoui, de la productora Connexion Media, autora de un reportaje con cámara oculta que emitió en octubre la televisión pública. “Nos hicimos pasar por un matrimonio con un hermano loco y llamamos a Buya Omar. Enviaron a tres personas para llevarse al enfermo por la fuerza” , relata. Las alternativas a Buya Omar son escasas. “En todo Marruecos hay quince hospitales psiquiátricos con 1.950 camas y no más de 350 especialistas” para unos 600.000 enfermos, asegura Driss Moussaui, psiquiatra del hospital Ibn Rochd de Casablanca. “Rechazamos pacientes cada día porque no hay espacio” , añade Moussaui. La atención privada puede costar 150 euros al día. “Hay familias que no pueden pagar las medicinas del enfermo, y, si es agresivo, prefieren deshacerse de él en Buya Omar. Lo que ocurre allí es un crimen, pero se le pondrá fin pronto” . Cuando llegan los periodistas españoles, las autoridades locales exigen una autorización “especial” . Al día siguiente se complica la situación: empujones, zarandeos y ca- rreras para recuperar una cámara robada. No era un enfado espontáneo: “El ‘caid’ (jefe) del pueblo dio orden de agredir a todo periodista que se acerque a Buya Omar” , asegura Fauzi. Desde que apareció como testigo en televisión, este comerciante teme por su vida: “En 1986 ya asesinaron a un vecino, lo golpearon y lo tiraron al canal; la policía lo consideró un accidente”.
Ningún gesto violento, en cambio, entre los pacientes. Muchos son toxicómanos sometidos a terapia radical. Como Mohamed, tangerino que vino desde Girona para curar su adicción y que cuenta que pasó el mono encadenado en un barracón. O como Hassan, de Barcelona, que vino unos meses “para descansar” , dice: “Las cadenas me las pusieron sólo unos días; es algo simbólico” (inicialmente, las cadenas sólo tenían la finalidad de atar al yin, según la socióloga Khadija Naamouni). Le interrumpe un gesto de Omar Hamed, guardián del mausoleo. Pide que no se fotografíe la basura que se acumula tras los barracones.
Tras el reportaje de televisión, el revuelo permitió a unas 80 familias recuperar a sus enfermos y a la policía descubrir fusiles de caza en manos de los loqueros, casi todos antiguos dementes. “Tenían los permisos en regla, pero es raro que un ex enfermo psiquiátrico tenga licencia de armas” , observa El Rhasoui. Nadie tomó medidas después. El asunto fue planteado en el Parlamento por el partido islamista, opuesto a los cultos de los santuarios marroquíes, pero El Rhasoui desconfía. “Hay que combatir los abusos, pero no los ritos ancestrales que son nuestra forma de religiosidad propia, distinta del islam integrista que se importa de Arabia Saudí” , remacha.
El mausoleo de Buya Omar, un santo del siglo XVII, adquirió fama hace apenas 50 años. La creencia de que sólo se podía dejar el lugar cuando el santo lo autorizara en un sueño retenía incluso a personas que llevaban tiempo sin síntomas. Hasta hoy. “¡Cuarenta años de humillaciones! ¡Me voy a morir aquí! –grita un anciano que no lleva cadenas–. “Quiero irme. ¡Estoy harto! ¡harto!”.
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