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El escritor Juan José Millás inicia esta semana sus cuentos eróticos para el suplemento de Verano

El orgasmo budista

Fecha: 07/07/2014 Juan José Millás / Ilustración: Gabriel Moreno ico favoritos Añadir a favoritos
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"A veces, ella llevaba también hasta la boca de él sus pezones humedecidos con los jugos lubricantes que producían sus cuerpos", ¿quieres leer más? Pasa y entra en calor con el relato erótico de Juan José Millás. | Descarga la revista en PDF.

Se habían quitado la ropa el uno al otro igual que el que desgarra con impaciencia el papel de seda de un regalo. Una vez desnudos, con el regalo de sus cuerpos a la vista, se dejaron caer en la cama dispuestos ahora a arrancarse la piel, como si el verdadero obsequio se encontrara más adentro, protegido por la musculatura.
—Cuidado –musitó ella tras los primeros arañazos.
—Mmmm, brrrrr –respondió él intentando controlarse.
Se encontraban en la habitación de un hotel barato que había reservado ella el día anterior al comprobar que él no daba señales de tomar la iniciativa. Ahora se había puesto encima del hombre, al que cabalgaba sin agobios.
—Vete despacio –le dijo.
¿Cómo frenar en seco?, se preguntó él, después del ímpetu anterior. Era como reducir a diez quilómetros por hora, en cuestión de segundos, la velocidad de un convoy que corría a doscientos. Gimió con los ojos cerrados primero y luego, reteniendo a duras penas la explosión, los abrió y vio cómo ella, con el torso erguido sobre sus ingles, se acariciaba los pechos y sacaba la lengua fuera de la boca. Una lengua que terminaba en punta, con cierta calidad de reptil, y que se movía de un lado a otro como si olfateara el aire.
—Me voy a ir –dijo él.
—Aguanta un poco o te doy una hostia –dijo ella.
—Si me das una hostia –dijo él–, me voy antes.
Ella no respondió. Acababa de tomar con los dedos una muestra de los jugos de su vagina que utilizó, mezclados con los que ya venían desprendiéndose de la polla de él, para untar sus pezones, que en seguida elevó a la altura de su lengua inquieta.
Él movió la cabeza desesperadamente hacia la mesilla de noche y descubrió que el mando a distancia de la tele permanecía sujeto al mueble por una cadena, para que no lo robaran, supuso. Sintió una piedad enorme por el mando, como si se tratara de un animal cautivo. De inmediato, la lástima cambió de lugar y notó que sentía una pena enorme por sí mismo, por haber caído en un hotel donde los mandos a distancia vivían en cautividad. Todo esto, sin anular el proceso, lo desaceleró. Su polla continuaba enarbolada en el interior del cuerpo de ella, pero ahora, por fortuna, parecía anestesiada.
—Así –le dijo ella–, aguanta como un tío y muévete como un potrillo.
Él movió sus caderas sin el pánico de antes a correrse y comenzó a observarla con la curiosidad del que estudia un experimento científico. Jamás se había acostado con una mujer poseedora de tal sabiduría. El torso de ella se inclinaba en ocasiones sobre el de él, para buscarle la boca con la lengua, pero también para que evaluara la solidez de sus pechos, que, abandonados de ese modo a la fuerza de la gravedad, parecían poseer una vida secreta, independiente del cuerpo de ella. A veces, ella llevaba también hasta la boca de él sus pezones humedecidos con los jugos lubricantes que producían sus cuerpos. Sus cuerpos, que habían devenido prácticamente en uno, pues la penetración, tras los sucesivos movimientos de acople, había alcanzado unas profundidades insólitas.
—Me llega hasta la garganta –susurró ella como si no pudiera respirar.
La idea de haber logrado alcanzar, desde la vagina, la garganta de ella volvió a excitarle a él de tal manera que en apenas unos segundos recuperó la velocidad anterior. Pero al volver la cabeza susurrando con desesperación entre gemidos un “no puedo más” vio en el suelo las bragas de encaje –casi de espuma– de ella, y sobre ellas, recorriéndolas de forma errática, un moscardón. El proceso volvió a detenerse en seco y justo en esos instantes, coincidiendo con el frenazo de él, ella empezó a correrse con gran aparato eléctrico. Como si, más que un orgasmo, estuviera produciendo una tormenta. Él permanecía anestesiado, aunque con su miembro, si eso fuera posible, más erecto que antes de la mosca. Era como si se lo estuviera haciendo con un árbol, pensó sin dejar de observarla con una curiosidad desapasionada. Cuando ella, después de caer agotada sobre él, le preguntó cómo le había ido, dijo:
—Muy bien, me he corrido hacia dentro, como los budistas.

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