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El padre de Carod Rovira

Fecha: 08/05/2006 0:00 José Luis León ico favoritos Añadir a favoritos

El guardia civil Apeles Carod, padre del líder catalán Josep Lluís Carod Rovira, trabajó al término de la Guerra Civil para las tropas vencedoras, según documentos de la época.

08/05/06

“Estuve prestando servicio en esta Centuria de Falange, desde el 1º de abril pasado hasta el día diecisiete del mismo mes, fecha en que fui pasaportado para presentarme en esta Comandancia de Tarragona”. El texto, firmado “en Tarragona a dieciocho de mayo de 1939. Año de la Victoria”, es de una de las miles de declaraciones juradas que se hicieron al final de la Guerra Civil. Los destinatarios de este escrito fueron los mandos militares franquistas recién instalados. Una tosca rúbrica acompaña al nombre del declarante: Apeles Carod Sancho, un atribulado cabo carabinero de 27 años de edad que, en la primavera del 39, buscaba avales con los que evitar la pérdida de su trabajo, o, quizá, su reclusión o su fusilamiento. Prebostes de la Falange triunfante hablaron a su favor. Apeles Carod Sancho pudo continuar con su vida y tener varios hijos. Uno de ellos es hoy una de las referencias de la política española. Se llama Josep Lluís Carod Rovira y es el dirigente de Esquerra Republicana de Catalunya.

A las 11 de la noche del domingo 16 de noviembre de 2003, el líder de ERC apareció ante una exultante concurrencia de militantes. Acababa de terminar el recuento de las elecciones catalanas. CiU había sido derrotada. Al aparecer Carod, el público cantó Els segadors, agitando banderas catalanas estrelladas y con gritos de “¡Carod president!” e “¡Inde pendència!”. El líder, emocionado, dijo: “Dedico esta victoria a la memoria de mi padre, Apeles Carod Sancho, un aragonés castellanoparlante inmigrante que creía en Cataluña”.

Carod Rovira, siempre, desde que se suscitó la discusión pública, ha negado que su padre llegara a formar parte de la Guardia Civil. En una entrevista concedida a El País en agosto de 2004, Carod Rovira define a su progenitor como “un aragonés de tradición anarquista”. Esa afirmación sería más cierta para el caso de su tío Saturnino Carod, que dio nombre a una columna de la CNT en la guerra y se tragó 17 años de cárcel en el franquismo, que para su padre. Documentos históricos a los que ha tenido acceso interviú indican que el carabinero Apeles Carod Sancho colaboró con los vencedores de la guerra mientras miles de sus compañeros republicanos eran fusilados, perseguidos o encerrados.

Avales falangistas

El cabo Apeles declaró en tres ocasiones ante otros tantos jueces militares nombrados en Tarragona al término de la contienda. Le instruían la “información gubernativa 2868”, un expediente de depuración para resolver si procedía o no que continuara prestando servicio como guardia civil, pues el Cuerpo de Carabineros ya había sido disuelto e integrados sus efectivos en el instituto armado. Apeles Carod intentó aseverar que era un hombre de derechas y para ello buscó el respaldo, entre otros, de Vicente Ramón Casañ, militante de Falange con carné número 597 y “ex cautivo por Dios y por España”. Desde Valencia, Casañ certificó el 1 de julio de 1940 que “Apeles Caroz (sic) Sancho, natural de Zaragoza, y domiciliado en el cuartel de Carabineros de Cambrils [Tarragona], observó durante el tiempo que juntos convivimos una conducta intachable, demostrando en cuantas conversaciones y ocasiones le fueron dadas su incondicionable adhesión al Glorioso Movimiento Nacional. Así mismo durante este periodo de tiempo, noviembre de 1936 hasta la liberación de esta Plaza, cooperó y ayudó en cuanto le fue posible a elementos de derecha. Al ser liberada esta Plaza por los Gloriosos ejércitos de nuestro invicto Caudillo, fue comisionado por la Centuria Sancho-Tello [de Falange] para hacerse cargo del armamento de las fuerzas de Carabineros”.

Se deduce de esta afirmación que el cabo Apeles ayudó a los vencedores a desarmar a los que habían sido sus compañeros. Muchos de ellos fueron recluidos en campos de concentración franquistas. No consta que Carod sufriera la misma suerte. Desde el entorno de Carod Rovira le restan importancia a estos documentos: “La interpretación de los documentos emitidos en los procesos de represión y depuración franquistas es muy delicada... ¿qué significa realmente ‘hacerse cargo del armamento’? La veracidad de esos documentos depende mucho del momento en que fueron redactados”.

Otro falangista, el jefe del partido en Salou, aseveró que “por los datos que se han podido obtener en esta jefatura, al individuo antedicho, el poco tiempo que permaneció en este puesto, no se le puede imputar hecho alguno en contra del Glorioso Movimiento Nacional, siendo por tanto su actuación completamente buena, al margen de toda actuación política”. Más frío fue el delegado del Servicio de Información e Investigación de la Falange de Orihuela (Alicante), que el 17 de octubre de 1939 escribió al juez instructor de la comandancia de Carabineros de Tarragona: “...del Cabo de Carabineros Apeles Carod Sancho, he de manifestarle que por tratarse de un individuo poco sociable con las gentes del pueblo y no existir en esta la documentación de la Comandancia de Carabineros roja, me veo en la imposibilidad de poderle contestar. Por Dios, España y nuestra Revolución Nacional- Sindicalista”.

Expulsado de la Guardia Civil

El historial militar de Apeles Carod es corto. Lo truncaron la guerra y la depuración franquista. En diciembre de 1934, con 22 años, era un soldado del Parque Central de Automovilismo del Ejército en Carabanchel (Madrid) que pedía una plaza de carabinero al Ministerio de Hacienda de la República, del que dependía esa unidad policial. El teniente coronel jefe de Automovilismo lo recomendó, “en vista de la buena conducta del recurrente”.

Cuando estalló la guerra, era carabinero en Salou (Tarragona) y, según él mismo declararía a las autoridades franquistas, fue destinado el 5 de agosto de 1936 al frente de Aragón para controlar carreteras, “no tomando parte en ningún hecho de armas”. El 30 de octubre de 1936 ascendió a cabo y pasó a las oficinas de una compañía en Orihuela (Alicante), lejos de cualquier frente. En enero de 1937 consiguió plaza en el Parque Móvil de Carabineros de Valencia, en el que estuvo destinado hasta el fin de la contienda. En la transcripción de un interrogatorio a la que ha tenido acceso interviú, el carabinero Carod explicó al instructor que había pedido cambio de destino “debido a que era muy conocido y se sabía que había sido estudiante de cura y el temor a que tomaran represalias contra él”. “Sabían sus ideas derechistas”, añade el instructor en un informe posterior.

Como chófer sirvió al mayor de Infantería Demetrio Ortega Ferrer, jefe de la X División del Ejército del Centro, que a su vez mandaba el general Miaja, el único jefe militar invicto del bando republicano. Prestando ese servicio, Carod pasó un tiempo en Torrelodones durante la batalla por Madrid y antes de que el asedio de la capital se estancara. En ese pueblo madrileño tenía Miaja su estado mayor, con sede en el palacio del Canto del Pico, que luego sería residencia veraniega de Franco. En una finca del mismo pueblo llamada Panarras tuvo su puesto de mando el jefe de Carod. Según declararía Apeles a los inquisidores franquistas, él echó una mano a los dueños de la finca, derechistas madrileños propietarios de un centro comercial, para que pusieran a buen recaudo sus bienes y evitaran requisas republicanas: “Durante la dominación roja, en mayo de 1938, época en que prestaba mis servicios como conductor con el jefe de Estado Mayor de la décima División del Ejército Rojo, y requerido por los propietarios de la finca llamada Panarras, situada en Torrelodones (Madrid), y en convinación (sic) con la ama de llaves de dicha finca, llevé ocultamente a casa de sus propietarios que vivían en Madrid varios enseres de la casa de ropas, vajillas, cuadros, etc. (...) los que pueden afirmar tal rasgo son los interesados propietarios de los Almacenes Salmateo de Madrid”.

En este relato, que Carod hizo a sus nuevos jefes en 1939, el cabo se refería a los almacenes San Mateo, que abrieron muchos años más en la madrileña calle de Fuencarral haciendo popular su eslogan: “¡Si no lo veo no lo creo, pero qué barato vende almacenes San Mateo!”.

Los instructores de la “información gubernativa 2868” resolvieron que, “a pesar de los buenos informes que en la misma figuran”, debían recomendar su “separación” de las filas de la Guardia Civil, pues en 1936 se había presentado voluntario para ir al frente de Aragón, aunque luego no entrara en combate. En agosto de 1940, el coronel jefe de la 1ª zona de Carabineros de Barcelona propuso “la expulsión de este individuo de las filas del Instituto sin opción a nuevo ingreso” porque “se deducen motivos suficientes para considerar al encartado desafecto hacia el Glorioso Movimiento Nacional”.

De nada le sirvieron a Apeles Carod los testimonios que solicitó de varios ex compañeros suyos para que aseveraran que él era en realidad un hombre de derechas y que tuvo intención de cambiar de bando en la guerra y pasarse al lado franquista, aunque no pudo por encontrarse lejos de sus líneas. Los carabineros a los que citó confirmaron estos extremos, pero eran prisioneros de guerra y sus declaraciones no tuvieron mucho peso en el expediente.

Cuarenta y un años después, en 1981, el Gobierno de la UCD revisó la situación de los militares republicanos represaliados, y Apeles Carod reingresó en la Guardia Civil. Fue, claro, un reingreso simbólico, pues, de haber continuado en el instituto armado, se hubiera jubilado en 1962. El Gobierno le concedió una paga de 11.000 pesetas mensuales y acreditación como guardia 2º, aunque nunca le reconociera el empleo de cabo que tuvo con la República. En 1990, como guardia civil retirado, Apeles Carod solicitó que se le concediera la consideración de suboficial, a él y a favor de sus familiares. Esta situación les permitiría disfrutar de hoteles, clubes y residencias veraniegas destinadas al personal militar con grado a partir de sargento. No hay constancia oficial de que la Guardia Civil accediera.

El líder independentista y republicano Josep Lluís Carod Rovira no ha reconocido la condición de guardia civil de su padre, ni que cobrara pensión como guardia segundo. No ha querido tampoco hacer comentarios para este reportaje. En invierno, en una entrevista del Magazine de El Mundo, contestó así de escuetamente a una pregunta sobre su padre: “Mi padre era carabinero de la República y cuando ese cuerpo se unificó con la Guardia Civil, le salió trabajo en las oficinas de construcción del puerto de Cambrils, donde estuvo hasta que se jubiló”.

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